Más que una elección, un pulso por el futuro de Brasil
Actualizado: hace 1 hora
Lula ganó su cuarta elección presidencial, por más de 4 millones de votos en la segunda vuelta.
Cómo y por qué Lula le ganó a Bolsonaro
Desde 1989, ningún candidato presidencial en Brasil había logrado remontar una desventaja en la primera vuelta y ganar en la segunda. En todas las elecciones presidenciales brasileñas que necesitaron dos rondas hasta 2022, el candidato que quedó en primer lugar en la votación inicial terminó ganando la Presidencia. Lula rompió esa racha el 25 de octubre de 2026: después de quedar detrás de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, obtuvo el 51.76% de los votos válidos, frente al 48.24% de su rival, y ganó por más de cuatro millones de votos. Una remontada inédita en la historia democrática reciente de Brasil.
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El "ejército digital" de 10 millones de personas en WhatsApp que ayudó a Lula a lograr una victoria histórica
La historia de Lula tiene una paradoja que vale la pena contar: ganó la Presidencia por más de cuatro millones de votos, pero los mercados reaccionaron con fuertes pérdidas y el Congreso que lo espera será un terreno complicado. Para entender la remontada no basta con mirar las urnas: hay que mirar las redes sociales, la movilización callejera, las preocupaciones cotidianas de los brasileños y los intereses económicos que también entraron en juego.
Lula frena al clan Bolsonaro: una remontada histórica entre WhatsApp, la Amazonía y el poder de los mercados
Hay victorias que se entienden mirando las urnas y otras que exigen mirar todo lo que ocurrió antes de llegar a ellas. La de Luiz Inácio Lula da Silva pertenece a la segunda categoría. El domingo 25 de octubre, Brasil volvió a elegir al hombre que ya gobernó el país entre 2003 y 2010 y que regresó a la Presidencia en 2023. Esta vez obtuvo el 51.79% de los votos válidos, frente al 48.21% del senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. La diferencia fue de 4,430,191 votos. Una remontada extraordinaria para un candidato que había quedado en segundo lugar en la primera vuelta y que enfrentaba a una derecha convencida de que el apellido Bolsonaro bastaría para recuperar el Palacio de Planalto.
El ejército de WhatsApp que salió a dar la batalla
Uno de los protagonistas menos visibles de esta elección fue un canal de WhatsApp llamado *Ejército de Lula*. Según un reportaje de BBC News, llegó a reunir 10.8 millones de seguidores y fue coordinado por el diputado André Janones. Su estrategia era sencilla, pero ambiciosa: convertir a cada simpatizante en un multiplicador de mensajes. Videos, etiquetas, invitaciones para familiares y amigos y tareas concretas para mantener al candidato presente en las conversaciones cotidianas. Janones incluso organizó una transmisión en directo de 24 horas para intentar darle la vuelta a una contienda que parecía inclinarse hacia Bolsonaro.
Durante años, la derecha brasileña había aprovechado las redes sociales para organizar a sus simpatizantes, difundir sus mensajes y establecer una relación directa con sus bases. Esta vez, la izquierda consiguió competir en ese terreno. Pero sería simplista atribuirle la victoria a un ejército digital. La politóloga Denilde Holzhacker y la socióloga Mayra Goulart, citadas por la BBC, destacaron la combinación de redes sociales y movilización presencial. Los mensajes digitales ayudaron a organizar, persuadir y mantener el entusiasmo; el trabajo en las calles permitió acercarse a indecisos y movilizar a personas que podían haberse quedado en casa. No sabemos cuántos votos produjo directamente WhatsApp, pero sí sabemos que la campaña entendió algo esencial: en una elección tan cerrada, no basta con tener razón, hay que conseguir que la gente salga a votar. [BBC News: la operación digital de Lula](https://www.bbc.com/news).
El bolsillo, los derechos y el rechazo al bolsonarismo
La remontada también se explica por una combinación de preocupaciones económicas y políticas. Lula defendió sus programas sociales y su compromiso con reducir la pobreza y la desigualdad, mientras intentaba convencer a los electores de que una victoria de Bolsonaro podía poner en riesgo algunas de esas políticas y derechos. La seguridad pública y el costo de vida, sin embargo, siguieron siendo preocupaciones centrales para una parte importante del electorado. Flávio consiguió heredar una base conservadora considerable, pero no logró convertir ese respaldo en una mayoría nacional.
Aquí hay una distinción importante: votar por Lula no significa necesariamente aprobar cada decisión de su gobierno, así como votar por Flávio no implica compartir todas las posiciones de su padre. En una segunda vuelta, el voto también puede expresar rechazo, temor o la decisión de impedir que gane el adversario. Lula consiguió reunir a sectores populares, simpatizantes de la izquierda y electores moderados preocupados por la democracia y la continuidad de determinados programas sociales. Su triunfo fue, al mismo tiempo, una victoria propia y un freno al intento de convertir el apellido Bolsonaro en una dinastía política.
La Amazonía también estaba en juego
El futuro de la selva amazónica fue otro de los asuntos que trascendieron la campaña. Flávio Bolsonaro representaba una orientación favorable a flexibilizar regulaciones ambientales y facilitar actividades económicas como la minería y la explotación de recursos en zonas sensibles, una línea asociada con las políticas de su padre. Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, la deforestación y el debilitamiento de la fiscalización ambiental generaron fuertes críticas dentro y fuera de Brasil.
La Amazonía no es un asunto decorativo para discursos internacionales ni un paisaje que pueda reducirse a una postal turística. Es un territorio fundamental para la biodiversidad, el almacenamiento de carbono y la regulación del clima, además del hogar de pueblos indígenas y numerosas comunidades. La elección enfrentaba dos orientaciones políticas distintas sobre la protección ambiental, aunque no puede afirmarse que ese tema, por sí solo, haya decidido el resultado.
El respaldo internacional a Lula contribuyó a colocar esa discusión en el centro de la conversación. Madonna compartió un mensaje en favor del presidente que mencionaba expresamente la democracia, los pueblos indígenas, la Amazonía, la educación, la ciencia y la cultura. The Strokes publicó contenido favorable a su candidatura y Tom Morello pidió el voto por Lula. En el cine, figuras como Mark Ruffalo, Tilda Swinton, Javier Bardem, Pedro Almodóvar y Guillermo del Toro participaron en manifestaciones de apoyo difundidas durante la campaña. Del lado brasileño también hubo respaldos de artistas como Caetano Veloso y Wagner Moura. Flávio, por su parte, recibió el apoyo de figuras de la música sertaneja, entre ellas Zezé Di Camargo y Gusttavo Lima.
¿Movilizaron votos esas celebridades? No hay datos que permitan medirlo con precisión. Su importancia fue también simbólica: ayudaron a presentar la elección como una disputa relacionada con la democracia, los derechos indígenas, la cultura y el futuro ambiental de Brasil.
La paradoja: Lula gana y los mercados se desploman
El lunes, la reacción de los mercados financieros fue contundente. El índice bursátil brasileño Ibovespa llegó a caer más de 15% durante la jornada, mientras el real perdió más de 10% frente al dólar en las primeras operaciones. La bolsa activó un mecanismo de suspensión temporal de operaciones después de alcanzar una caída de 10%. Las cifras corresponden a los movimientos reportados durante la sesión y pueden variar a medida que avanza la jornada.
¿Por qué semejante reacción? Porque una parte de los inversionistas había apostado por la victoria de Flávio Bolsonaro. Después de que el senador quedara en primer lugar en la primera vuelta, los activos brasileños subieron ante la expectativa de una política económica más favorable a los negocios, con mayor disciplina fiscal, desregulación y un acercamiento político a Estados Unidos. La victoria de Lula obligó a revisar esas apuestas.
La caída refleja incertidumbre sobre el rumbo fiscal, el gasto público, la deuda y las futuras decisiones económicas del gobierno. No demuestra, por sí misma, que Lula vaya a conducir a Brasil a una crisis ni que las políticas de Bolsonaro hubieran producido mejores resultados para toda la población. Los mercados expresan expectativas e intereses financieros; no son un referéndum sobre la justicia social, la democracia o la protección de la naturaleza. Pero tampoco conviene ignorar sus señales: el gobierno tendrá que explicar cómo financiará sus compromisos sociales y cómo mantendrá la confianza económica.
En otras palabras, las urnas decidieron quién gobernará, pero no eliminaron las dudas sobre cómo lo hará.
Ganó la Presidencia, pero no el Congreso
El problema más serio para Lula podría estar dentro de Brasilia. La nueva composición del Congreso quedó inclinada hacia la derecha, con mayorías conservadoras en ambas cámaras, de acuerdo con los resultados legislativos. Eso significa que el presidente tendrá que negociar para aprobar leyes, sostener su presupuesto, impulsar reformas y conseguir respaldo para sus nombramientos.
El Senado será especialmente importante por sus facultades para evaluar nombramientos judiciales y tramitar procesos de destitución de magistrados del Supremo Tribunal Federal. Una oposición con fuerza suficiente puede bloquear iniciativas, modificar proyectos y aumentar la presión sobre el Poder Judicial. En la Cámara de Diputados, la fragmentación de partidos y el peso de las fuerzas de centro también obligarán al gobierno a construir acuerdos, no simplemente a contar con los votos de su propia coalición.
La paradoja es evidente: Lula logró una mayoría electoral, pero no una mayoría legislativa que le permita gobernar sin obstáculos. Tendrá que demostrar que puede conciliar sus promesas sociales con las restricciones fiscales y las exigencias de una oposición fortalecida. También tendrá que decidir hasta dónde negociar sin diluir los compromisos que le permitieron ganar.
Una victoria que no termina en las urnas
Lula ganó porque consiguió remontar, reorganizar su campaña y reunir a votantes distintos alrededor de una alternativa al bolsonarismo. El ejército digital de WhatsApp, la movilización callejera, la defensa de los programas sociales y los respaldos del mundo cultural fueron piezas de una operación mucho más amplia. Ninguna explica por sí sola el resultado; juntas ayudan a entender cómo un candidato que comenzó la segunda vuelta en desventaja logró cambiar el desenlace.
Pero Brasil no amaneció reconciliado. Casi la mitad de quienes votaron eligió a Flávio Bolsonaro, la derecha tendrá una presencia determinante en el Congreso y los mercados han dejado claro que esperan señales económicas concretas. La victoria tampoco resuelve automáticamente los problemas de seguridad, desigualdad, deuda pública o protección ambiental.
Lula inicia así un cuarto mandato presidencial con una legitimidad electoral clara y una tarea política compleja. Tendrá que gobernar para quienes lo eligieron y para quienes no lo hicieron, sin confundir una victoria en las urnas con un cheque en blanco. Porque la democracia no consiste únicamente en ganar elecciones: consiste en respetar sus resultados, escuchar a una sociedad dividida y demostrar, con decisiones y resultados, que el poder puede servir a algo más que a sí mismo.


















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