Domingo tamalero

El día en que la familia se cocinaba a fuego lento
Hacer tamales en casa de mi abuela no era cosa de un domingo. Era cosa de todo el día. De esos días que empezaban cuando todavía no terminaba de desperezarse la mañana y la casa ya estaba despierta, oliendo a maíz, a chile, a café recién hecho y a leña.
Lo primero era la masa. Nada de batidoras ni de aparatos que nos ahorraran el esfuerzo. La masa pasaba por varios brazos, de uno a otro, como si cada quien tuviera que ponerle algo suyo para que quedara buena. Alguien batía, otro revisaba la consistencia, alguien más opinaba que le faltaba manteca o caldo. Y así, entre vueltas y vueltas, la masa iba tomando cuerpo mientras nosotros empezábamos a tomarle el pulso al día.
En la cocina se preparaban los guisados y, alrededor de ellos, se cocinaba también otra cosa: el chisme. Porque no había tamalera que se respetara sin una buena conversación de por medio. Se hablaba de la vecina, de la comadre, del que se había ido, de la que había regresado, de los novios, de los pleitos y de las pequeñas tragedias del barrio, que en boca de la familia podían durar más que la cocción de los tamales. Siempre había alguien que sabía un poquito más que los demás y alguien que juraba no meterse en la vida ajena, aunque conociera hasta el último detalle.
Mientras tanto, el fogón ardía durante horas. La leña tronaba, el humo se enredaba en el aire y el calor se pegaba a la piel. Hacer tamales era también aprender a tener paciencia. No había prisas que valieran. El fuego tenía sus tiempos y había que respetarlos. Además, los tamales hechos con leña saben distinto, saben a casa, a campo, a esas cosas que no necesitan explicación porque el cuerpo las reconoce antes que la memoria.
Después venía el trabajo de las manos. Las hojas de maíz, remojadas y suaves, esperaban sobre la mesa. Había que embarrarlas con la masa, poner el guisado en el centro, calcular la cantidad justa para que el relleno no se escapara por los bordes, doblar, envolver y acomodar. Cada quien tenía su técnica, su maña, su manera de cerrar las puntas. Los tamales nunca salían idénticos, aunque todos llevaran los mismos ingredientes. Como nosotros, supongo.
La vaporera se iba llenando poco a poco. Uno tras otro, los tamales encontraban su lugar, apretaditos, esperando su turno para convertirse en comida. Y entonces empezaba la espera. El vapor se levantaba como una cortina que empañaba los vidrios y nos borraba por momentos el contorno de las cosas. La cocina entera parecía respirar. Afuera, el domingo seguía su curso; adentro, el tiempo se medía en el chisporroteo de la leña, en las conversaciones que iban y venían y en las veces que alguien preguntaba si ya estaban listos.
Pero aquellos domingos no eran solamente para hacer tamales. Eran para estar juntos sin necesidad de buscar un pretexto. Para aprender mirando, para trabajar al lado de los mayores, para escuchar historias que ya habíamos oído mil veces y que, sin embargo, volvíamos a escuchar como si fueran nuevas. Para entender que la familia también se construye así, compartiendo el cansancio, las risas, los secretos y hasta la tarea de lavar los trastes cuando todo terminaba.
A veces pienso que la infancia está hecha de esas pequeñas ceremonias que entonces nos parecían normales. No sabíamos que algún día extrañaríamos el ruido de tantas voces hablando al mismo tiempo, las manos de mi abuela dirigiendo la operación sin necesidad de dar demasiadas órdenes, el humo pegado a la ropa o el vapor que nos impedía ver con claridad quién entraba y quién salía de la cocina.
Mucho después entendí que no eran solamente tamales lo que preparábamos. Estábamos amasando recuerdos, envolviendo historias en hojas de maíz y poniendo a cocinar, a fuego lento, esa forma de querernos que no necesitaba decirse en voz alta.
Porque hay sabores que se quedan en la lengua y otros que se quedan en el corazón.
Y los tamales de mi abuela, esos que se hacían entre todos, con leña, chismes y paciencia, todavía me saben a familia.
---
P. D. Los tamales se preparan en México desde la época prehispánica, mucho antes de la llegada de los españoles. Elaborados a base de maíz, alimento sagrado para numerosas culturas mesoamericanas, se utilizaban en ceremonias y celebraciones, además de formar parte de la alimentación cotidiana. Con el tiempo, cada región creó sus propias versiones: desde los tamales verdes, rojos y de mole, hasta los oaxaqueños envueltos en hoja de plátano, las corundas michoacanas, los zacahuiles huastecos y los dulces con pasas. Hay cientos de variedades, y cada una cuenta algo de la tierra, las costumbres y las manos que la preparan. Porque en México, envolver un tamal también es envolver un pedacito de historia.


















Comentarios