David Hockney; El último cazador de la luz
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David Hockney (Bradford, 9 de julio de 1937-Londres, 11 de junio de 2026)
Si David Hockney hubiera sido un personaje de novela, habría entrado en escena con una chamarra colorida, unas gafas redondas imposibles de ignorar y la mirada curiosa de quien todavía encuentra motivos para asombrarse. No sería el héroe trágico ni el artista atormentado que tantas veces ha poblado la literatura, sino un hombre obstinado en perseguir la luz. La luz de los jardines ingleses, la de las carreteras interminables de California, la que se refleja en el agua de una piscina y transforma una escena cotidiana en algo extraordinario. Durante más de seis décadas, David Hockney convirtió esa búsqueda en el centro de su obra y de su vida.

Nacido en 1937 en Bradford, en una ciudad marcada por el humo de las fábricas textiles, Hockney parecía destinado a otro paisaje. Sin embargo, desde muy joven comprendió que el arte podía ser una puerta hacia mundos más luminosos. Formado en el Royal College of Art, fue una de las figuras clave del arte británico de los años sesenta y pronto se convirtió en uno de los nombres más reconocibles del movimiento pop. Pero, a diferencia de otros artistas fascinados por el consumo y la cultura de masas, Hockney siempre pareció más interesado en las personas, en los espacios íntimos y en la manera en que el tiempo modifica nuestra forma de mirar.
Su traslado a Los Ángeles cambió para siempre su imaginario. Allí encontró un escenario que parecía inventado para él: cielos despejados, palmeras, casas modernas y piscinas que terminarían convirtiéndose en algunas de las imágenes más emblemáticas del arte del siglo XX. Sin embargo, detrás de esos colores vibrantes había una observación minuciosa de la vida cotidiana. Hockney pintaba amigos, amantes, habitaciones, caminos y paisajes con la misma atención con la que un novelista construye a sus personajes.

A lo largo de su carrera nunca dejó de experimentar. Cuando muchos artistas de su generación defendían únicamente las técnicas tradicionales, él exploró la fotografía, el fax, los programas digitales y, más recientemente, el dibujo en iPad. Parecía convencido de que cualquier herramienta era válida si servía para seguir observando el mundo. Su obra, lejos de quedarse anclada en la nostalgia, mantuvo siempre una conversación con el presente.
Quizá por eso Hockney resulta tan atractivo como personaje literario. Porque en una época marcada por el desencanto, eligió la curiosidad. Porque mientras otros artistas construían su leyenda alrededor del sufrimiento, él defendió la alegría como una forma de resistencia. Sus cuadros están llenos de color, pero también de una profunda reflexión sobre la memoria, la percepción y el paso del tiempo. Mirarlos es descubrir que la belleza puede encontrarse en una carretera vacía, en la sombra de un árbol o en el reflejo del agua de una piscina.
Y cuando llegue el momento de escribir el último capítulo de su historia, será imposible resumirlo únicamente como pintor. Hockney será recordado como uno de los artistas más influyentes de los siglos XX y XXI, un hombre que dedicó su vida a enseñarnos a mirar. Cabe señalar que, hasta la fecha, David Hockney continúa con vida; sin embargo, cuando ocurra su muerte, desaparecerá una figura fundamental del arte contemporáneo, aunque permanecerá intacta la luz que dejó atrapada en cada una de sus obras.
Anitzel Díaz


















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