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EZLN, el partido que nunca terminó

  • hace 24 horas
  • 3 min de lectura

Maradona como árbitro y Benedetti de cronista



Los zapatistas nunca quisieron ganar el mundo. Querían, apenas, caber en él.


Por eso aquella tarde del 15 de marzo de 1999, cuando once hombres con pasamontañas y uniformes demasiado grandes entraron al estadio Jesús Martínez Palillo, en el corazón de la Ciudad de México, parecía que el fútbol había olvidado por un instante sus propias reglas. Se escuchó un grito que bajó de las gradas como una ola: “¡E-Zeta-Ele-Ene! ¡E-Zeta-Ele-Ene!”. Seis mil personas observaban a un equipo improbable: campesinos indígenas de Chiapas enfrentándose a veteranos del Mundial de 1986 encabezados por Javier Aguirre.


Los zapatistas ni siquiera habían calentado. Algunos estaban a punto de jugar con botas militares hasta que aficionados anónimos les prestaron tenis. Eran bajos, flacos, morenos. Venían de las montañas del sureste, pero también de décadas de exclusión. Habían viajado a la capital bajo rumores de detención y persecución. En aquellos años, el miedo caminaba junto a ellos.


El Subcomandante Marcos explicaría después que la estrategia del equipo era sencilla: el sistema 1-1-1-1-1-1-1-1-1-1-1. Todos detrás del balón. Como los niños cuando juegan por primera vez. Como los pueblos cuando aún creen que otro mundo es posible.


Perdieron 5-3.


Aunque quizá "perder" nunca fue la palabra correcta.


Porque el zapatismo sospechaba del triunfo cuando este significaba aplastar al otro. Su utopía era distinta: participar. Estar. Ser vistos. Tener un lugar en el juego de la política, de la economía y de la vida. Aquel partido servía para decir algo sencillo y enorme: aquí estamos.


En medio de una campaña que los presentaba como terroristas, ellos respondían con fútbol, bailes y teatro. No ponían bombas: organizaban consultas populares. No secuestraban: construían escuelas y clínicas en la selva.


Al terminar el encuentro, uno de los jugadores zapatistas confesó que sintió ganas de seguir luchando. Quizá ese era el verdadero marcador.


Los fondos del partido sirvieron para comprar un transmisor de radio que ingenieros alemanes introdujeron a México pieza por pieza para evitar a las autoridades. La revolución también podía viajar escondida dentro de una caja de herramientas.


Pero el fútbol zapatista nunca se conformó con la realidad.


En 2004, el Inter de Milán llegó a Chiapas con balones, medicinas, una ambulancia y el dinero reunido a partir de multas a jugadores impuntuales. Entre los regalos venía una camiseta de Javier Zanetti. A cambio, el Subcomandante Marcos lanzó una invitación imposible: jugar un partido contra el club italiano.


Prometió, con humor, no golearlos demasiado.


El Inter aceptó.


El partido jamás ocurrió.


O quizá sí.


Porque Marcos lo imaginó con tanto detalle que casi parece un recuerdo. El árbitro sería Maradona. Narrarían Eduardo Galeano y Mario Benedetti. Habría encuentros en México, Italia y frente a Guantánamo. El trofeo se llamaría Pozol de Barro. Las ganancias irían a indígenas desplazados, migrantes y presos políticos. Hasta el Bofo Bautista se ofreció a jugar con pasamontañas.


Era una locura.


Y precisamente por eso era zapatista.


Años después, en 2021, una delegación del EZLN cruzó el Atlántico en barco para llegar a Europa. Querían invertir la historia: no ser descubiertos, sino descubrir. El equipo femenil Ixchel Ramona soñó con jugar contra el St. Pauli alemán. Tampoco ocurrió.


Los zapatistas acumulan partidos que nunca se juegan.


Pero las utopías funcionan así: no siempre llegan a la meta, pero obligan a caminar.


Tal vez por eso la imagen más poderosa del zapatismo futbolero no es un gol, sino una escena imaginada por Marcos: el balón colocado en el centro de la cancha, la lluvia comenzando a caer y un equipo pequeño mirando al frente mientras todo el sistema parece estar en su contra.


El reloj marca casi las seis.


Nadie cree que puedan ganar.


Y, sin embargo, el partido continúa.


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El año de 1994 irrumpió abruptamente en la Historia del mundo, aunque, con mayor énfasis, en países latinoamericanos como México. Con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el 1 de enero, un grupo de comunidades originarias en el estado sureño se levantó en armas con la bandera autonómica de por medio, así como la defensa de sus tierras y un notable acto de presencia en un contexto de globalización.

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