Cuernavaca y los fantasmas que Carlos Lavín se negó a olvidar
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Entre túneles, leyendas, casonas y recuerdos de infancia, el cronista morelense pasó más de quince años reconstruyendo la historia oculta de una ciudad que parece vivir atrapada entre la memoria y el olvido.
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En Cuernavaca las historias nunca desaparecen. Se quedan atrapadas en las paredes húmedas de las casonas, debajo de las banquetas rotas, en los patios donde todavía huele a tierra mojada después de la lluvia. Hay ciudades que avanzan hacia adelante; Cuernavaca, en cambio, parece caminar mirando hacia atrás. Tal vez por eso Carlos Lavín Figueroa pasó más de quince años persiguiendo fantasmas.
Todo empezó cuando era niño y abría los libros sobre Cuernavaca que guardaba su padre. Los leía con fascinación, pero también con una especie de desconfianza temprana. Algo no terminaba de encajarle. Las historias parecían demasiado ordenadas, demasiado repetidas. Años después recordaría esa sensación con una frase sencilla que explica el origen entero de su trabajo: “Siempre tenía dudas de lo que se decía en ellos”.
La duda terminó convirtiéndose en oficio.
Con el tiempo Lavín entendió que investigar la historia de una ciudad se parecía mucho a entrar en una casa antigua. “Cada investigación era como haber entrado en una vieja casa y antes de recorrerla saber cómo había sido construida”, escribió alguna vez. Y Cuernavaca, más que una ciudad, parece justamente eso: una casa vieja llena de habitaciones cerradas, túneles, corredores y recuerdos que sobreviven debajo de nuevas capas de concreto.
Por eso Rescatando la historia de Cuernavaca no se siente como un libro académico. Se parece más a alguien guiándote por una ciudad secreta. En sus páginas aparecen túneles ocultos bajo el centro, conventos olvidados, estaciones de ferrocarril, mesones que terminaron convertidos en hoteles y leyendas que todavía sobreviven porque alguien las sigue contando en voz baja. Está “La dama de los espejos” en el Panteón de La Leona; están los años gloriosos del Casino de la Selva; está también la memoria de los empresarios que transformaron la ciudad en los años cincuenta y sesenta, cuando Cuernavaca todavía era vista como refugio de artistas, políticos y extranjeros.
Lavín habla de esos años como quien recuerda un sueño parcialmente destruido. Una ciudad de jardines abiertos, hoteles elegantes y noches tranquilas antes de que llegaran las plazas comerciales, el tráfico interminable y el calor que parece crecer cada verano. En medio de sus investigaciones aparecen también escenas íntimas, casi domésticas, como aquella vez que encontró dentro de un viejo libro de arte un secante escolar olvidado durante décadas. Tocarlo, contó, lo regresó inmediatamente a la Cuernavaca de su infancia. Como si la memoria pudiera esconderse dentro de los objetos más mínimos.
Quizá por eso sus investigaciones nunca son frías. Hay archivos, documentos y verificaciones, sí, pero también recuerdos personales. Lavín escribe como alguien que todavía camina acompañado por las versiones antiguas de la ciudad.
Y luego está Europa.
Durante un periodo de su vida vivió allá y comenzó a mirar Cuernavaca desde otra distancia. Entre calles italianas y edificios españoles empezó a reconocer formas familiares. Descubrió similitudes arquitectónicas que lo llevaron a cuestionar otra de las historias oficiales repetidas durante años: la idea de que el Palacio de Cortés estaba inspirado en construcciones de Santo Domingo. Según sus investigaciones, el modelo tendría más relación con un edificio de Siena atribuido a Baldassare Peruzzi, arquitecto ligado también a la Basílica de San Pedro. Como si un pedazo de Italia hubiera quedado escondido en Morelos sin que nadie lo notara.
Pero quizá lo más interesante no son las teorías, sino la manera en que Lavín mira el pasado. No busca destruir mitos solamente; intenta devolverles profundidad. En uno de sus textos escribió: “Original no es que alguien sea el primero en ver algo nuevo, sino quien ve algo nuevo en algo que es viejo”. Esa frase parece resumir toda su obsesión.
Porque Cuernavaca está hecha justamente de eso: cosas viejas que casi nadie mira ya.
En las presentaciones del libro, mientras habla frente a estudiantes y muestra fotografías antiguas, Lavín menciona personajes que pasaron por la ciudad como si Cuernavaca hubiera sido durante décadas una estación extraña para el mundo entero. Pablo Neruda, por ejemplo, caminando por Cuautla, comiendo iguana y chapulines, tomando agua de coco en San Antón. Historias pequeñas que terminan revelando una ciudad mucho más cosmopolita y contradictoria de lo que suele contarse.
Y mientras habla, uno entiende que el verdadero tema del libro no son los túneles ni las leyendas ni siquiera el Palacio de Cortés. El verdadero tema es el miedo al olvido.
Porque las ciudades también desaparecen aunque sus edificios sigan ahí. Desaparecen cuando nadie recuerda quiénes fueron, cuando sus historias se simplifican hasta convertirse en folletos turísticos, cuando las versiones falsas se repiten tantas veces que terminan sustituyendo a la memoria.
Tal vez por eso Carlos Lavín sigue investigando. Porque sabe que debajo de Cuernavaca todavía hay otra ciudad enterrada. Y porque entiende algo que pocos cronistas consiguen explicar: que rescatar la historia no es un acto de nostalgia, sino una forma de resistencia.
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Carlos Lavín Figueroa es un cronista, investigador y divulgador cultural morelense dedicado desde hace más de quince años al rescate de la memoria histórica de Cuernavaca. Coordinador del Consejo de Cronistas del municipio y autor del libro Rescatando la historia de Cuernavaca, ha centrado su trabajo en documentar leyendas, transformaciones urbanas, arquitectura, personajes y episodios poco conocidos de la capital morelense. Su estilo mezcla investigación histórica con recuerdos personales y observaciones culturales, construyendo una mirada íntima sobre la ciudad y cuestionando versiones oficiales repetidas durante décadas.
Anitzel Díaz


















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