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La ciudad llena de ajolotes mientras el verdadero desaparece

  • 13 may
  • 3 min de lectura



El ajolote convertido en mascota: la CDMX pinta su imagen para el Mundial mientras su especie lucha por sobrevivir


En la Ciudad de México el ajolote aparece por todas partes: murales, souvenirs, campañas turísticas, vagones, mercancía y ahora también como parte de la imagen rumbo al Mundial 2026. El gobierno capitalino ha “ajolotizado” la ciudad con una estrategia visual que convierte a este anfibio en símbolo cultural y emblema urbano. Pero detrás de esa celebración hay una contradicción incómoda: mientras su imagen se multiplica, el animal real sigue al borde de la desaparición en los canales contaminados de Xochimilco.


El ajolote mexicano —Ajolote mexicano— es una de las especies más extraordinarias del mundo. Este anfibio endémico de México posee la capacidad de regenerar extremidades, órganos e incluso partes del corazón y el cerebro. A diferencia de otros anfibios, nunca completa totalmente su metamorfosis y conserva durante toda su vida sus branquias externas y aspecto larvario. Por esa capacidad de regenerarse, se convirtió también en una metáfora nacional de resistencia y adaptación.


Pero el símbolo sobrevive más que el ecosistema que le dio origen.


Durante décadas, el ajolote habitó gran parte de la cuenca lacustre del Valle de México, no solamente Xochimilco. Había registros en distintos lagos y zonas que hoy forman parte de la Ciudad de México y el Estado de México. La urbanización, la contaminación del agua, la reducción de humedales y la introducción de especies invasoras como la tilapia y la carpa destruyeron gran parte de su hábitat natural.


Los números muestran el tamaño de la crisis: de miles de ejemplares por kilómetro cuadrado registrados a finales de los noventa, investigadores encontraron apenas decenas en censos posteriores realizados en Xochimilco. Científicos de la UNAM han advertido durante años que el ajolote podría desaparecer en estado silvestre si no se recuperan las condiciones ecológicas de los canales.


Aun así, el ajolote vive hoy una paradoja extraña: nunca había sido tan famoso y nunca había estado tan amenazado.


Mientras el gobierno capitalino impulsa campañas visuales y proyectos turísticos alrededor de su imagen, ambientalistas y colectivos acusan que el problema de fondo sigue sin resolverse. Las críticas apuntan a que el ajolote se utiliza como marca cultural de la ciudad mientras persisten descargas contaminantes, deterioro ambiental y abandono histórico de Xochimilco.


Quienes sostienen gran parte de la conservación real son investigadores, chinamperos, refugios comunitarios y organizaciones civiles. Uno de esos esfuerzos es la Fundación Axolo-tlali, dedicada al rescate y cuidado de ajolotes que fueron comprados irresponsablemente y después abandonados o descuidados.



“La Fundación Axolo-tlali surge por la protección del ajolote. Actualmente sabemos que los ajolotes viven una crisis de extinción muy fuerte y la mayoría de las problemáticas son por efecto humano: contaminación, introducción de especies y saqueo”, explican integrantes del proyecto.


La fundación también trabaja en educación ambiental para desalentar la compra impulsiva de ajolotes como mascotas exóticas. A través de redes sociales muestran la diversidad genética de los ejemplares bajo su cuidado y explican por qué el tráfico y reproducción indiscriminada representan otro riesgo para la especie.


Hasta ahora han logrado reproducir más de 500 ajolotes y mantienen alrededor de 350 ejemplares, incluidos algunos albinos. También han donado ejemplares a escuelas para promover programas educativos y de conservación entre niños y jóvenes.


Sin embargo, los refugios enfrentan problemas económicos permanentes. La fundación lanzó recientemente campañas de financiamiento colectivo para mejorar instalaciones y continuar recibiendo visitantes, cuyo apoyo resulta esencial para mantener vivos los programas de conservación.


El ajolote sigue inspirando esperanza porque parece desafiar las reglas de la naturaleza: puede regenerarse incluso después de heridas graves. Tal vez por eso se volvió una figura emocional para muchos mexicanos. Pero la pregunta de fondo permanece: ¿puede regenerarse también el ecosistema que lo está perdiendo?


Porque mientras la ciudad llena bardas y campañas con su sonrisa rosada rumbo al Mundial, el verdadero ajolote todavía lucha por sobrevivir debajo del agua turbia de Xochimilco.



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