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En Ormuz, el drama silencioso de un santuario que desaparece

  • hace 2 horas
  • 2 Min. de lectura

Mientras el mundo mira el conflicto y las rutas del petróleo en el Estrecho de Ormuz, bajo el agua ocurre un drama silencioso. 🌊🚫


El Golfo Pérsico alberga a los últimos 7.000 dugongos y a menos de 100 ballenas jorobadas árabes. A diferencia de sus parientes del Atlántico, estas ballenas no migran, el Golfo es su único hábitat permanente en el mundo.


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El dugongo o dugón (Dugong dugon) es el sirenio actual de tamaño más pequeño, único representante de su género y el único miembro superviviente de la familia Dugongidae, que incluía también a la extinta vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas
El dugongo o dugón (Dugong dugon) es el sirenio actual de tamaño más pequeño, único representante de su género y el único miembro superviviente de la familia Dugongidae, que incluía también a la extinta vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas

En el mapa, el Estrecho de Ormuz aparece como una línea delgada por donde pasa el petróleo del mundo. En las noticias, es sinónimo de tensión, de barcos detenidos, de rutas vigiladas. Pero debajo de esa superficie —literalmente— hay otra historia que no alcanza a entrar en los titulares.


Ahí, en un santuario que parece suspendido en el tiempo, viven cerca de 7 mil dugongos y una población mínima —apenas un centenar— de ballenas jorobadas árabes. Estas últimas no migran. No tienen otro mar al cual huir. No conocen otro hogar que este Golfo donde el agua ya está más caliente de lo que debería y donde el sonido dejó de ser agua para convertirse en interferencia: motores, detonaciones, ejercicios militares. El ruido también mata, aunque no deje huella visible.


Son especies extremas, no por elección, sino por supervivencia. Habitan condiciones que el resto del océano apenas empieza a vislumbrar como futuro: temperaturas elevadas, ecosistemas tensos, una fragilidad que se sostiene por costumbre. En ellas, dicen algunos científicos, se podría leer el destino de la vida marina en un planeta que se calienta. Como si su resistencia fuera una forma de anticipación.


Pero la anticipación tiene un límite. Las minas navales no distinguen rutas ni especies. La vibración desorienta, la presión hiere, el silencio posterior es una forma de desaparición. Y entonces ese santuario, que durante años fue refugio, empieza a parecerse más a una trampa.


Mientras el mundo calcula barriles y rutas estratégicas, allá abajo ocurre otra contabilidad: la de los cuerpos que no migran, la de las especies que no tienen a dónde ir. No es una escena visible, ni urgente en la lógica de la geopolítica. Pero es, quizá, una de las más definitivas


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Estas especies son "extremófilas", adaptadas a un calor y salinidad extremos. Para los científicos, son la clave para entender si los ecosistemas marinos sobrevivirán

al cambio.


Para las especies más vulnerables del Golfo, el peligro nunca fue solo el conflicto en sí, sino lo que perdura después de él.


Las explosiones submarinas y el sonar militar no solo asustan a las ballenas, sino que pueden cegarlas físicamente, provocando su varamiento y muerte. La ballena jorobada árabe, a diferencia de sus primas del Atlántico, no migra. Para ellas, el Golfo no es un corredor sino su hogar, un hábitat permanente.




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