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Mundial 2026: fútbol, identidad y lo que hay detrás de ser fan

  • 19 abr
  • 3 Min. de lectura

En un pueblo cualquiera, al caer la tarde, la cancha no es más que un terreno irregular con dos piedras marcando la portería. Un grupo de chavos juega una cascarita sin árbitro, sin uniforme, sin otra regla que no sea seguir corriendo detrás del balón. Entre ellos, uno —quizá el más callado— patea con una precisión que no termina de explicarse en ese espacio. Cuando el juego se detiene, mira hacia ningún lado en particular, pero en realidad está en otro sitio: se imagina en un estadio lleno, escuchando su nombre, sintiendo que ese mismo gesto —un disparo, un gol— puede cambiarlo todo. Ese salto, del polvo al estadio, es el corazón del fútbol.


la ola de fútbol
la ola de fútbol

Pocos fenómenos logran lo que este deporte: ser al mismo tiempo juego, espectáculo y espejo social. Su fuerza no radica solo en la competencia, sino en su capacidad para condensar emociones colectivas, identidades y conflictos en algo aparentemente simple: un balón en movimiento. Esa simplicidad explica por qué se volvió universal, pero lo que realmente lo sostiene es algo más profundo: la necesidad de pertenecer.


Ahí aparece una pregunta clave: ¿qué hay detrás de ser fan?


Ser aficionado a un equipo no es solo una preferencia deportiva; es una forma de identidad. Equipos como Pumas, América o Chivas —y, en otro nivel, la selección nacional— construyen comunidades emocionales donde millones de personas se reconocen. Esa pertenencia se manifiesta en rituales: cánticos, colores, camisetas, y gestos colectivos como “La ola”, ese movimiento sincronizado que recorre estadios enteros y que alcanzó visibilidad global durante la Copa Mundial de la FIFA 1986.


“La ola” no es un simple entretenimiento: es una coreografía espontánea que convierte a miles de individuos en un solo cuerpo. Es, en términos sociales, una forma de integración. Antes incluso de que comience el partido, el ambiente ya está cargado: banderas, tambores, trompetas, venta de camisetas. Todo está diseñado para generar y sostener una emoción colectiva.


Esa construcción identitaria va más allá del estadio. Se extiende a la familia, a los amigos, a los bares. Se vuelve conversación cotidiana, pero también puede escalar hacia otras formas más complejas, como las barras organizadas. En estos grupos, el sentido de pertenencia se intensifica hasta volverse identidad individual: el equipo no solo se apoya, se defiende. Y ahí es donde aparece una línea más frágil.


Porque el mismo mecanismo que genera comunidad puede derivar en exclusión o violencia. Los cánticos que unen también pueden insultar; la rivalidad puede convertirse en confrontación. Expresiones homofóbicas o agresivas —normalizadas durante años en los estadios— revelan que el fútbol no está aislado, sino profundamente conectado con las tensiones sociales que lo rodean. La emoción colectiva no es neutra: carga con desigualdades, estereotipos y conflictos.


Aun así, su potencia simbólica es innegable. El fútbol ofrece algo difícil de encontrar en otros espacios: una narrativa compartida en tiempo real. Por eso eventos como la Copa Mundial de la FIFA o la próxima Copa Mundial de la FIFA 2026 —que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá— generan una expectativa que rebasa lo deportivo. Durante unas semanas, el mundo se sincroniza emocionalmente.


Pero esa misma magnitud abre otra discusión: ¿vale la pena?


El Mundial promete desarrollo, turismo e infraestructura, pero también implica costos públicos elevados, transformaciones urbanas y tensiones sociales que no siempre benefician a todos. La emoción es intensa, pero breve; las consecuencias pueden durar años.


Es en ese cruce donde el arte ha comenzado a intervenir. En Ciudad de México, el Museo Jumex presenta la exposición “Fútbol y Arte: Esa misma emoción”, que propone leer el fútbol no como evasión, sino como un campo de pensamiento. Curada por Guillermo Santamarina, la muestra reúne pinturas, esculturas, instalaciones, fotografías y video para explorar cómo este deporte articula identidad, comunidad y política.



La museografía, diseñada por Mauricio Rocha, recrea canchas, vestidores y gradas, devolviendo el fútbol a su dimensión cotidiana. Las obras de artistas como Diego Berruecos, Iñaki Bonillas, Sofía Echeverri y el colectivo Tercerunquinto profundizan en los imaginarios que lo rodean. En la instalación “Tribunas”, construida con asientos del Estadio Azteca, la memoria del estadio se convierte en una reflexión sobre quién ocupa —y quién queda fuera— de esos espacios simbólicos.


Lo que propone esta mirada es desacelerar el fútbol. Pasar del grito al pensamiento. Entender que en cada partido no solo se juega un resultado, sino una forma de estar juntos.


Al final, el fútbol es muchas cosas a la vez: juego y negocio, identidad y espectáculo, emoción y conflicto. Su popularidad no se explica solo por lo fácil que es jugarlo, sino por lo difícil que es agotarlo como significado.

Y quizá por eso sigue siendo central: porque en él se cruzan, con una intensidad poco común, lo que somos cuando estamos solos… y lo que somos cuando, como en una ola que recorre el estadio, nos movemos al mismo tiempo.

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