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Ayer descubrí que la Ciudad de México ya era cosmopolita hace 400 años

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A veces caminamos por la Ciudad de México creyendo que la diversidad es una cosa nueva. Que llegó con los aviones, con los restaurantes extranjeros, con los estudiantes que vienen de lejos, con los turistas que preguntan cómo llegar al Zócalo. Pero no. Esta ciudad aprendió hace siglos a ser muchas ciudades al mismo tiempo.



Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, obra de Cristóbal de Villalpando, 1695. Óleo sobre lienzo. La pintura muestra la intensa actividad comercial y social de la capital novohispana a finales del siglo XVII.
Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, obra de Cristóbal de Villalpando, 1695. Óleo sobre lienzo. La pintura muestra la intensa actividad comercial y social de la capital novohispana a finales del siglo XVII.

Ayer descubrí algo que me hizo mirar la Ciudad de México de otra manera: a principios del siglo XVII, cuando todavía ni siquiera existía México como país, esta ciudad ya era una de las más cosmopolitas del mundo.


Y me quedé pensando en eso.



Porque cuando hablamos de una ciudad cosmopolita imaginamos restaurantes japoneses, cafés franceses, gente hablando inglés por Reforma, extranjeros caminando por Roma o Condesa. Pero hace cuatro siglos, por estas mismas tierras ya convivían personas que habían llegado de lugares que hoy nos parecen lejísimos.


En sus calles se hablaba náhuatl, otomí, mixteco. Había comunidades indígenas de distintos pueblos, pero también extremeños, gallegos, vascos, andaluces, italianos, flamencos, alemanes, irlandeses y hasta griegos.


Y estaban los africanos, llegados de Angola, Mozambique, Guinea y el Congo. Algunos habían llegado esclavizados, otros consiguieron su libertad y construyeron aquí sus vidas.


Y luego estaba Asia.


Con la nao de China llegaron filipinos y personas de distintos lugares del continente. En lo que hoy es Tepito existía una importante comunidad filipina. Llegaron chinos, vietnamitas, camboyanos y japoneses. Hay una historia que me fascina especialmente: un japonés tenía un temazcal en la Ciudad de México. A él acudían incluso judíos portugueses que, en secreto, conservaban sus rituales.


De pronto, la ciudad deja de parecerme una ciudad del pasado y se convierte en algo mucho más parecido a la ciudad que conocemos hoy: una mezcla improbable de acentos, historias, religiones, comidas, lenguas y personas que llegaron desde muy lejos y terminaron haciendo de este lugar su casa.


Y hay otra cosa que me sorprendió: el mestizaje no ocurrió de la manera sencilla en que muchas veces nos lo contaron. Durante siglos, la mayoría de la población siguió siendo indígena y las lenguas originarias continuaron vivas. El gran proceso de mestizaje se aceleró realmente durante los siglos XIX y XX.


Entonces pensé que quizá la Ciudad de México nunca se volvió cosmopolita.


Quizá nació así.


Una ciudad hecha de encuentros, de desplazamientos, de historias que llegaron de lejos y se quedaron aquí.


Y tal vez por eso, cuando caminamos por sus calles, estamos caminando sobre muchísimas ciudades a la vez.


La ciudad que somos también es la ciudad que fuimos.


Y quizá lo más bonito de descubrir nuestra historia sea entender que nunca hemos sido una sola cosa.



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