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El hallazgo de los colores: Cuando el rojo del nopal llevó al azul maya

  • hace 3 horas
  • 3 min de lectura

Los colores tienen historia. A veces una historia luminosa y otras veces una que se acerca a lo terrible. Detrás de algunos de los tonos más hermosos que han fascinado a pintores, artesanos y científicos durante siglos, se esconden descubrimientos accidentales, rituales religiosos y hasta episodios de muerte.

Para los mayas, los colores azul y verde iban al centro de los cuatro ángulos del universo porque significan el origen de todo lo creado.
Para los mayas, los colores azul y verde iban al centro de los cuatro ángulos del universo porque significan el origen de todo lo creado.

El azul maya es uno de esos colores que parecen haber nacido para desafiar al tiempo. Desde que fue identificado en 1931 durante excavaciones en Chichén Itzá, arqueólogos e investigadores han intentado descifrar el secreto de un pigmento capaz de resistir siglos de humedad, calor y exposición a la intemperie sin perder su intensidad.


Su tono recuerda al cielo despejado de Yucatán o al azul profundo del Caribe. Sin embargo, lo que realmente asombra es la sofisticación técnica detrás de su elaboración. Durante décadas se creyó que los antiguos mayas producían este color mezclando índigo, paligorskita y copal, una resina utilizada en ceremonias religiosas.


Ahora, una nueva investigación encabezada por el arqueólogo Dean E. Arnold sugiere que existía al menos una segunda receta. Tras analizar recipientes hallados en Chichén Itzá, encontró evidencias de que los artesanos mayas también mezclaban el índigo con la arcilla mientras esta aún estaba húmeda y calentaban la preparación directamente en vasijas de cerámica.


El hallazgo no sólo amplía el conocimiento sobre uno de los pigmentos más enigmáticos de Mesoamérica. También confirma el profundo entendimiento que los mayas tenían de los materiales y de los procesos químicos mucho antes de que existiera una ciencia formal para explicarlos.


Pero el azul maya era mucho más que un color decorativo. Aparecía en murales, esculturas y vasijas, y también cubría los cuerpos de los prisioneros destinados al sacrificio en honor a Chaak, dios de la lluvia. Como suele ocurrir con los colores, la belleza convivía con significados más complejos.


Algo similar sucedió con el azul de Prusia, protagonista de una de las historias más sorprendentes que recupera Benjamín Labatut en Un verdor terrible. A principios del siglo XVIII, el fabricante de pigmentos Johann Jacob Diesbach intentaba obtener rojo carmín cuando un error de laboratorio alteró el resultado esperado. En lugar de rojo apareció un azul intenso y brillante que terminaría convirtiéndose en el primer pigmento sintético de la historia.


Tania Candiani
Tania Candiani

Aquel descubrimiento transformó el arte europeo, pero también abrió el camino a investigaciones químicas que derivarían en el desarrollo del cianuro. Labatut recuerda así que los avances científicos suelen moverse en una frontera difusa entre el asombro y el peligro.


El rojo tampoco está libre de historias incómodas. El carmín que maravilló a Europa durante la Colonia provenía de la grana cochinilla, un pequeño insecto criado durante siglos en Oaxaca. Miles de ejemplares eran secados, procesados y convertidos en un pigmento tan valioso que llegó a funcionar como una auténtica moneda de cambio.


Los pueblos nahuas llamaban a este color nocheztli, "sangre de nopal". El nombre resulta apropiado para un tono cuya intensidad dependía de la vida de innumerables insectos y que terminó tiñendo telas, pinturas y fortunas a ambos lados del Atlántico.


Quizá por eso el azul y el rojo parecen acompañarse en la historia. Son vecinos en la paleta de colores, pero también en los relatos que explican su origen. Uno nació de la sofisticación química de los mayas; el otro, del comercio colonial y de un accidente de laboratorio. Ambos siguen fascinándonos porque nos recuerdan que incluso los colores más hermosos esconden historias que rara vez son tan simples como parecen.



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