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¿Quién fue Miguel Covarrubias, el artista mexicano que dibujó el jazz, Bali y la cultura olmeca?

  • anitzeld
  • 7 sept
  • 3 Min. de lectura

Covarrubias nos recuerda que el humor y la erudición no son opuestos, sino dos maneras de mirar la vida con lucidez.


Miguel Covarrubias (Ciudad de México, 1904–1957) fue de esos artistas que parecen imposibles de encasillar: ilustrador, pintor, caricaturista, antropólogo visual, escenógrafo, profesor y curador. Un verdadero puente entre mundos. Su vida se movió entre la bohemia de Nueva York, los rituales balineses y las excavaciones olmecas, siempre con un ojo curioso y un trazo mordaz.


Un dato poco conocido es que Covarrubias, además de sus célebres portadas para Vanity Fair y The New Yorker, fue uno de los primeros mexicanos en diseñar mapas muralizados con un claro sentido artístico. Sus cartografías —como las que realizó para el Museo de Historia Natural de Nueva York— no eran simples esquemas geográficos: eran narrativas visuales que combinaban rigor científico, sentido estético y humor. Esos mapas todavía sorprenden porque anticipan la manera en que hoy entendemos la información visual como relato.


Su obra plástica es un vaivén entre el humor y la solemnidad. En Nueva York, Covarrubias fue clave en el Harlem Renaissance: retrató a músicos de jazz, bailarinas, poetas afroamericanos, devolviendo dignidad y modernidad a esas figuras con líneas fluidas y geométricas. En Bali, su pincel se volvió etnográfico, casi antropológico, capturando la danza, la mitología y la vida cotidiana de la isla. Y en México, sus investigaciones sobre el arte olmeca lo colocaron como uno de los pioneros en reconocer a esta cultura como “cultura madre” de Mesoamérica.


Nacido en la Ciudad de México en 1904, Covarrubias se formó lejos de las aulas académicas. Su verdadera escuela fue la prensa y el dibujo rápido que exigía el comentario político. Con apenas diecinueve años, partió a Nueva York. Ahí, en plena euforia de los años veinte, encontró el terreno ideal para reinventar la caricatura: líneas ondulantes, trazos mínimos que bastaban para definir un gesto, retratos que eran al mismo tiempo sátira y homenaje.


No es casualidad que su trazo acompañara al Harlem Renaissance. Covarrubias dibujó a músicos, escritores y bailarines afroamericanos con una dignidad inédita en la prensa ilustrada. Supo ver que ahí, en los clubes de jazz y en la poesía de Harlem, se estaba gestando una modernidad distinta, una modernidad que él registró con la misma seriedad que dedicaría años más tarde al arte prehispánico.


Su paso por Bali en la década de 1930 fue otro capítulo de esa búsqueda. Allí no sólo pintó, también observó y escribió: se interesó por la danza como ritual, por el arte como experiencia compartida, por la forma en que la vida cotidiana podía ser, en sí misma, un acto estético. Ese impulso etnográfico lo convirtió en un adelantado, un artista que no se conformaba con representar lo que veía, sino que quería entenderlo.


De vuelta en México, Covarrubias cambió de registro sin perder coherencia. Se sumergió en la arqueología y en el estudio del arte indígena. Sus intuiciones sobre la cultura olmeca —a la que llamó “cultura madre” de Mesoamérica— marcaron un giro en la investigación académica. Sus mapas, diseñados para museos, siguen sorprendiendo: no son simples ilustraciones, son narrativas visuales donde el arte se vuelve una herramienta de conocimiento.


Lo curioso es que, en medio de tantas facetas, Covarrubias nunca perdió el humor. Su trazo elegante, su capacidad de síntesis y su ironía acompañan incluso a sus trabajos más serios. Esa combinación, tan rara, explica por qué se le recuerda como un artista total, pero también como un intelectual inquieto que nunca dejó de hacerse preguntas.


En la historia del arte mexicano, Covarrubias aparece como un raro ejemplar: demasiado cosmopolita para encajar en el nacionalismo posrevolucionario, demasiado riguroso para quedar reducido a caricaturista, demasiado libre para encerrarse en un solo campo. Quizá por eso hoy, al revisitar su obra, descubrimos que sigue hablándonos con la frescura de alguien que supo mirar el mundo sin miedo a sus límites.


Covarrubias nos recuerda que el humor y la erudición no son opuestos, sino dos maneras de mirar la vida con lucidez.


Exposición actual

La exposición Miguel Covarrubias. Una mirada sin frontera, que se presenta en el Palacio de Iturbide, Ciudad de México, ofrece un panorama general de las diversas facetas creativas en que incursionó, con el propósito de reconocer el lugar central que debe ocupar en la historia del arte mexicano y más allá. Miguel Covarrubias fue un artista cosmopolita que no quiso ver en las fronteras el límite de lo humano.




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