Las mujeres que sostienen el mundo
Un relato para un día lluvioso, de esos que invitan a mirar hacia adentro y agradecer.

Hay mujeres que saben leer la tierra como otras leemos un libro. Reconocen cuándo va a llover por el olor del aire, saben qué semilla guardar para la próxima temporada y cuánto hay que esperar para que la vida vuelva a asomarse entre los surcos. Sus manos conocen la paciencia, el cansancio y esa esperanza terca de quien, aun después de una mala cosecha, vuelve a sembrar.
Son mujeres que se levantan antes que el sol, que caminan entre milpas, que alimentan animales, que cuidan huertos y guardan en la memoria los secretos de sus madres y sus abuelas. Mujeres que han aprendido a conversar con la naturaleza, a respetar sus tiempos y a defenderla, muchas veces, sin que nadie les pregunte cómo lo hacen ni cuánto les cuesta.
Hoy, en el Día Internacional de las Mujeres Rurales, pienso en ellas. En las que cultivan los alimentos que llegan a nuestra mesa, en las que sostienen a sus familias y comunidades, en las que conservan semillas, remedios, lenguas y saberes que no aparecen en los libros de economía, pero que son parte de la riqueza más profunda de un pueblo.
Una cuarta parte de la población mundial vive en el campo y las mujeres son protagonistas indispensables de esa historia. Sin embargo, su trabajo sigue siendo poco reconocido y sus oportunidades, injustamente limitadas. Aunque su productividad puede ser equivalente a la de los hombres, tienen menos acceso a la tierra, al crédito, a la tecnología y a los mercados. A muchas les faltan incluso servicios tan elementales como agua potable, atención médica y educación. Y, aun así, se espera que puedan con todo.
Qué curioso mundo este en el que sabemos cuánto cuesta un kilo de jitomate, pero pocas veces nos preguntamos quién lo sembró, quién lo cosechó, quién cuidó la tierra para que llegara hasta nosotros. Detrás de cada alimento hay una historia. Y detrás de muchas de esas historias hay una mujer cuyo nombre probablemente nunca conoceremos.
Pienso también en las mujeres indígenas, en las guardianas de los bosques, en las defensoras de los ríos y los territorios, en quienes se enfrentan al despojo y al deterioro ambiental porque saben que defender la tierra es defender la vida. No hablan necesariamente de resiliencia ni de cambio climático con las palabras de los expertos. Lo entienden de otra manera: cuando la lluvia ya no llega, cuando el río se seca, cuando la cosecha no alcanza, cuando una semilla que alimentó a generaciones deja de encontrar las condiciones para crecer.
Por eso me gusta la idea de Originarias, ese espacio de conversaciones con mujeres líderes y defensoras ambientales de América Latina que nace de la memoria, los territorios y el conocimiento colectivo. Porque escuchar también es una forma de reconocer. Y quizá necesitamos escuchar más a quienes han sostenido la vida durante generaciones, en lugar de tratarlas como si tuvieran poco que enseñarnos.
En un día lluvioso, mientras el agua resbala por las ventanas y una se refugia en una taza de café, vale la pena detenerse a pensar en esas mujeres. En las que reciben la lluvia como una bendición, en las que miran el cielo con incertidumbre y en las que siguen sembrando a pesar de todo.
Ojalá algún día no necesitemos una fecha en el calendario para recordar que su trabajo importa. Que tengan tierra propia, agua, salud, educación, ingresos justos y voz en las decisiones que afectan sus vidas. Que ninguna niña tenga que renunciar a sus sueños porque nació lejos de una escuela, ni ninguna mujer tenga que elegir entre alimentar a sus hijos y alimentarse ella.
Porque hay una verdad sencilla que a veces olvidamos: antes de que los alimentos lleguen a nuestra mesa, alguien tuvo que cuidar la tierra. Y muchas veces fueron las manos de una mujer las que hicieron posible ese pequeño milagro cotidiano.
A ellas, las que siembran, alimentan, resisten y vuelven a empezar; las que sostienen la vida incluso cuando la vida se pone difícil, mi reconocimiento y mi gratitud.
Que aprendamos a mirarlas no solamente con admiración, sino con justicia. Porque agradecerles es importante, pero garantizarles los derechos que les corresponden es indispensable.
Y que nunca olvidemos que, cuando una mujer rural defiende una semilla, un río o un pedazo de tierra, no está defendiendo solamente su presente. Está cuidando también el futuro de todos nosotros.
Para escuchar las voces de las mujeres que defienden la vida y la naturaleza en América Latina, puedes encontrar los diálogos de Originarias, de The Oxygen Project, en su canal de YouTube.


















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