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El último glaciar de México: una despedida que no debería ser necesaria

hace 10 horas
6 min de lectura

¿Qué le escribiríamos a un glaciar que está desapareciendo?

Esta es mi carta a El Jamapa



Niñas, niños, científicos y montañistas subirán al Pico de Orizaba con cartas para despedir al glaciar Jamapa. Tal vez lo más triste no sea que el hielo desaparezca, sino que hayamos llegado a tiempo para verlo y no hayamos sabido cómo conservarlo.


Hay despedidas que uno nunca imagina tener que escribir. ¿Cómo le dices adiós a una montaña de hielo? ¿Qué palabras encuentras para despedir algo que ha permanecido ahí durante siglos, mucho antes de que naciéramos, antes de que nuestros padres conocieran el mundo, antes de que aprendiéramos a llamar progreso a tantas cosas que terminan destruyendo aquello que nos sostiene?


En Veracruz están preparando una despedida muy especial. Del 16 al 17 de octubre, montañistas, científicos y periodistas subirán al Pico de Orizaba con cartas escritas por niñas, niños y adultos para el glaciar Jamapa, considerado el último glaciar de México. Las cartas llegarán hasta las alturas donde todavía resiste el hielo. Después, el 7 de noviembre, se leerán en Boca del Río, en un acto que será, al mismo tiempo, homenaje y advertencia.


Piénsalo un momento: niños escribiéndole cartas a un glaciar. ¿Qué se le dice a algo que nunca nos habló, pero que estuvo ahí, guardando agua, formando parte del paisaje y recordándonos que incluso en un país de sol y volcanes había hielo capaz de sobrevivir al paso de los siglos?


Quizá le escribirán que no quieren que desaparezca. Que les gustaría conocerlo cuando sean mayores. Que no entienden por qué los adultos permitimos que el mundo se caliente tanto. O quizá simplemente le den las gracias, como hacemos cuando intuimos que estamos a punto de perder algo cuyo valor apenas empezamos a comprender.


Porque el Jamapa no es solamente una postal blanca sobre la montaña más alta de México. Es una reserva natural de agua congelada que la montaña libera poco a poco. Y su historia está ligada a la de quienes viven mucho más abajo. El río Jamapa, que nace en las faldas del Pico de Orizaba, forma parte de un sistema hídrico del que dependen comunidades y actividades humanas; de acuerdo con la información difundida sobre esta despedida, alrededor de 500 mil personas dependen de ese río.


El glaciar ha perdido aproximadamente el 82 por ciento de su superficie de hielo desde 1960, según los datos divulgados sobre su retroceso. Y podría desaparecer antes de que termine esta década.


Pero conviene detenernos en algo: no basta con mirar el hielo que se derrite. Hay que entender lo que estamos perdiendo con él.


Los glaciares funcionan como depósitos naturales de agua. Acumulan hielo durante años y lo liberan gradualmente cuando las temperaturas aumentan. Cuando desaparecen, las cuencas pierden parte de esa regulación natural. La lluvia sigue cayendo, por supuesto, pero el agua ya no se almacena de la misma manera. El paisaje cambia y con él cambian las condiciones de vida de quienes dependen de sus recursos.


El doctor Lorenzo Vázquez Selem, investigador del Instituto de Geografía de la UNAM y especialista en geomorfología glacial, ha documentado el retroceso de los glaciares mexicanos. En un artículo publicado por Ciencia UNAM en septiembre de 2025, explicó que el calentamiento global ha acelerado la reducción de estas masas de hielo hasta ponerlas al borde de la desaparición.


Los números cuentan una historia que cuesta mirar de frente. En 1960, el Pico de Orizaba tenía aproximadamente 204 hectáreas de hielo glaciar. En las estimaciones citadas por el investigador para 2025 quedaban alrededor de 37 hectáreas: apenas el 18 por ciento de aquella extensión. En el Iztaccíhuatl, de las cerca de 120 hectáreas identificadas entonces, sobrevivían unos fragmentos que sumaban alrededor de 12.


Y hay una precisión importante: el Jamapa es considerado el último glaciar de México, pero eso no significa que las montañas del país hayan dejado de recibir nieve. Una nevada que dura unos días no es un glaciar. Para serlo, el hielo debe mantenerse de forma permanente y formarse por la acumulación y compactación de nieve durante años.


El Ayoloco, en el Iztaccíhuatl, ya desapareció. En 2021, científicos y montañistas colocaron una placa en el sitio donde había existido. Su mensaje parecía dirigido a quienes vendríamos después: la pérdida había ocurrido ante nuestros ojos y las siguientes generaciones tendrían que decidir qué hacer con esa advertencia.

Ahora nos toca mirar hacia el Pico de Orizaba.


Lo extraordinario de esta historia es que alguien haya pensado en despedirse. En lugar de dejar que el glaciar se desvanezca en silencio, como tantas cosas que perdemos sin siquiera enterarnos, hay personas que quieren escribirle, subir hasta él y dejar constancia de que estuvo aquí. Que fue parte de nuestra geografía, de nuestros paisajes y de la historia natural de México.


Y, sin embargo, hay algo profundamente triste en tener que organizar una despedida para un glaciar. ¿En qué momento empezamos a aceptar como inevitables pérdidas que son consecuencia de la forma en que vivimos? ¿Cuándo dejamos de sorprendernos ante la posibilidad de que un río se seque, una especie desaparezca o una montaña pierda para siempre su hielo?


Nos acostumbramos. Ésa es una de nuestras grandes tragedias: nos acostumbramos al calor que antes nos parecía insoportable, a las lluvias fuera de temporada, a los bosques convertidos en ceniza, a los animales que dejan de aparecer. Nos acostumbramos incluso a que el futuro sea más pobre que el pasado.

Pero ¿qué pasa cuando lo que desaparece ya no puede recuperarse en el tiempo de una vida humana?


No habrá una ley mexicana capaz de devolverle al Jamapa el hielo perdido si las condiciones climáticas siguen siendo desfavorables. Las medidas locales de conservación importan, pero no pueden sustituir la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que están calentando el planeta. La ciencia lleva años advirtiéndolo. El problema no es que no sepamos lo que ocurre, sino que saberlo no siempre basta para cambiar lo que hacemos.


Quizá por eso las cartas tengan tanto sentido. Porque escribir es una manera de dejar testimonio, de decir: yo estuve aquí, yo lo vi, yo entendí que algo valioso estaba a punto de perderse.


Me gustaría pensar que alguno de esos niños regresará dentro de veinte años a leer la carta que escribió. Que recordará aquella montaña, el viaje, el frío y la emoción de despedirse de algo que todavía no comprendía del todo. Y que, cuando mire a su alrededor, encontrará que aprendimos a cuidar mejor el agua, los bosques y las montañas. Que aquella despedida no fue solamente un acto hermoso, sino el comienzo de una conciencia distinta.


Porque no se trata de llorar por el hielo y después volver a nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido. Se trata de comprender que el glaciar es una señal de algo mucho más grande: el equilibrio de la naturaleza está cambiando y nosotros formamos parte de ese equilibrio, aunque a veces nos empeñemos en vivir como si estuviéramos fuera de él.


El próximo 7 de noviembre, cuando esas cartas se lean en Boca del Río, habrá que escuchar también lo que no está escrito en ellas. La pregunta que nos dejan las generaciones que vienen, la responsabilidad de quienes todavía podemos actuar y la certeza de que el mundo no nos pertenece para hacer con él cualquier cosa.


Tal vez el Jamapa termine por desaparecer. Y quizá nuestros nietos tengan que conocerlo a través de fotografías, relatos y mapas, como nosotros conocemos tantas maravillas que ya no existen.

Pero todavía podemos elegir qué hacemos con esa pérdida. Podemos convertirla en una anécdota triste, en una noticia de un día, o en una razón para mirar de otra manera las cosas que aún permanecen.


A veces creemos que las grandes tragedias llegan de golpe. Sin embargo, hay algunas que ocurren lentamente, centímetro a centímetro, mientras seguimos con nuestras rutinas, convencidos de que mañana todo seguirá ahí.

Hasta que un día alguien tiene que escribir una carta de des

pedida.

Y entonces entendemos, demasiado tarde, que lo verdaderamente extraordinario no era que hubiera hielo en nuestras montañas. Lo extraordinario era que lo tuviéramos y que hubiéramos llegado a creer que nunca lo perderíamos.


Ojalá que la despedida del Jamapa no sea solamente la historia de lo que México perdió, sino el momento en que empezamos a preguntarnos, en serio, qué estamos dispuestos a salvar.



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