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Mujeres del campo; ayer y hoy

  • anitzeld
  • 12 oct
  • 5 Min. de lectura

🌾 Las manos de Juana


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Dicen en el pueblo que Juana nació con las manos abiertas, como si desde antes de llorar ya supiera sembrar. Su madre le enseñó a reconocer la tierra por el olor: si huele dulce, da maíz; si huele a hierro, es tiempo de descanso.


Cada amanecer, Juana salía con el rebozo lleno de semillas, caminando descalza entre los surcos. Tenía un modo de hablarle al campo que no se aprendía en los libros: le pedía permiso, le cantaba despacito, y el campo —como si entendiera— le respondía con espigas altas y flores de cempasúchil que se abrían antes del Día de Muertos.


Creció viendo cómo los hombres se iban, buscando suerte en otros lados, y cómo las mujeres se quedaban cuidando la tierra, las criaturas y los recuerdos. “El campo no se trabaja con fuerza, sino con cariño”, decía Juana, mientras hundía las manos en el barro.


Con los años, sus dedos se volvieron duros como raíces. Ya no necesitaba mirar para saber si una milpa estaba enferma o si una semilla había prendido. Decía que el maíz es como un hijo: hay que acompañarlo hasta que se ponga de pie.


Cuando murió, nadie supo en qué día exacto. Algunos dicen que fue una tarde de lluvia, otros que se la llevó el viento. Lo cierto es que, al siguiente amanecer, el campo amaneció verde, lleno de brotes nuevos, como si las manos de Juana siguieran sembrando desde abajo.

Desde entonces, cuando florece el maíz temprano, las mujeres del pueblo se persignan y dicen bajito:


—Es Juana, que no descansa


🌾 Jornaleras agrícolas: el eslabón olvidado del campo mexicano


En el olvido miles de trabajadoras agrícolas: expuestas a plaguicidas, deshidratación y sin IMSS


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“Nosotras sembramos lo que ellos comen”


En los surcos de Sinaloa, bajo un sol que cae a plomo, Rosa lleva seis horas cortando jitomate. No tiene contrato, ni seguro, ni guardería para sus hijos. Cobra por caja, a destajo. “Nosotras sembramos lo que ellos comen, pero ni siquiera tenemos derecho a enfermarnos”, dice mientras se limpia el sudor con la manga.

Su historia no es aislada. Forma parte de un ejército invisible: el de las mujeres jornaleras agrícolas, las que siembran, cosechan y empacan gran parte de los alimentos que alimentan al país, pero que viven sin derechos laborales, sin seguridad social y sin reconocimiento institucional.


El campo mexicano, vital pero vulnerable

El campo mexicano enfrenta una combinación de crisis antigua y presiones contemporáneas: bajos precios, acaparamiento de tierras, sequías prolongadas y pérdida de soberanía alimentaria.Aunque México es potencia exportadora —aguacate, berries, cerveza, jitomate—, la mayoría de los campesinos vive en pobreza, y el modelo agroexportador concentra las ganancias en unos pocos grupos empresariales.


La desigualdad rural es profunda: el 10% de los productores concentra casi el 70% de los apoyos públicos y créditos. Mientras tanto, los pequeños agricultores —quienes alimentan el mercado interno— apenas sobreviven.


A esta brecha se suma el impacto del cambio climático, con sequías que azotan a Sonora, Chihuahua, Zacatecas y Michoacán; la sobreexplotación del agua y los suelos por monocultivos intensivos, y la migración masiva de familias campesinas hacia las ciudades o a Estados Unidos.


El abandono institucional y la privatización de los ejidos desde los años noventa despojaron a miles de comunidades de su tierra. Y sobre esa base precaria, las mujeres jornaleras sostienen, día a día, el ciclo agrícola que alimenta al país.


Las jornaleras agrícolas: el rostro invisible de la seguridad alimentaria

De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 9 de cada 10 trabajadoras agrícolas en México no cuentan con IMSS ni seguridad social, a pesar de que están expuestas a plaguicidas, golpes de calor y deshidratación.


El organismo estima que 270 mil personas jornaleras mueren al año por accidentes laborales en el mundo. En México, la proporción de accidentes reportados al IMSS pasó del 6% en 2000 al 35% en 2024, según el informe “Sembrando el cambio: Hacia un futuro justo para las trabajadoras agrícolas en México”, elaborado por Fundación Avina, Oxfam México, Fundación Ethos y ProDESC, con financiamiento de la Unión Europea.


“Las trabajadoras agrícolas son fundamentales para la economía y la seguridad alimentaria del país. Sin embargo, la corrupción, la violación de derechos laborales y la falta de acción efectiva del Estado mantienen a cientos de miles de mujeres en condiciones de vulnerabilidad extrema”, señala el documento.

Sin derechos, sin guarderías, sin protección

El estudio revela que las empresas agrícolas evaden el registro formal ante el IMSS mediante “pases médicos” que ofrecen atención temporal sin generar derechos ni acceso a pensión.Además, el 90% de las jornaleras carece de contrato formal, lo que las deja fuera de cualquier sistema de protección laboral.


A esto se suma la reducción drástica de las “guarderías de campo” del IMSS, un servicio pensado para madres trabajadoras del sector. En la última década se pasó de 13 guarderías en 2012 a solo 6 en 2024, con un recorte presupuestal del 37%.La consecuencia: muchas mujeres llevan a sus hijos a los campos agrícolas, exponiéndolos a químicos y maquinaria, lo que fomenta el trabajo infantil y agrava la deserción escolar.


El problema se profundiza por la falta de inspectores federales: apenas 660 personas deben supervisar más de 456 mil centros de trabajo en el país, lo que deja al Estado prácticamente sin capacidad de vigilancia.


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Una desigualdad con rostro de mujer

Las jornaleras agrícolas simbolizan el lado más frágil de un sistema desigual.Mientras el modelo agroindustrial prioriza la exportación y el lucro, ellas viven sin contrato, sin acceso a salud y sin servicios de cuidado infantil.


Su precariedad se entrelaza con la violencia de género, la discriminación por origen indígena y la invisibilidad política. En muchos casos, su trabajo no figura ni en las estadísticas oficiales.


El informe “Sembrando el cambio” propone vigilancia efectiva y transparente con perspectiva de género, garantizar la afiliación real al IMSS, recuperar las guarderías rurales y crear protocolos contra la violencia laboral y sexual en los campos agrícolas.


Cambio climático y justicia alimentaria: la conexión global

La crisis del campo mexicano no ocurre en el vacío. El deterioro ambiental y laboral en las zonas rurales está conectado con un sistema alimentario global que acelera el cambio climático.


Un informe de la Comisión EAT-Lancet, citado por la Agencia AP, advierte que mejorar las dietas y hacer sostenibles los sistemas agrícolas podría reducir las emisiones agrícolas un 15% y evitar 15 millones de muertes al año.El documento concluye que los sistemas alimentarios actuales son el principal factor que empuja al planeta hacia límites ecológicos peligrosos.

“Si no abandonamos el camino insostenible de alimentación en el que estamos hoy, fracasaremos en la agenda climática, la biodiversidad y la seguridad alimentaria”, advirtió Johan Rockström, director del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático.

La paradoja es clara: mientras los agronegocios prosperan, las mujeres que alimentan al mundo viven al borde del agotamiento y la pobreza.


Hacia un campo con justicia social y ambiental

La transformación del campo mexicano requiere algo más que programas asistenciales. Supone reconocer los derechos laborales de las mujeres rurales, redistribuir recursos, proteger el agua y los suelos y apostar por una producción agroecológica que ponga la vida al centro.


Sin cambios estructurales, el país seguirá dependiendo del trabajo precarizado de sus jornaleras, de esos millones de manos que cultivan sin descanso —y sin derechos— el alimento que sostiene a México.

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