La Reina Roja: el rojo del poder y 87 años del INAH desenterrando memoria
- hace 3 días
- 3 Min. de lectura
Seguimos viajando en el tiempo. No en línea recta, sino a golpes de hallazgo.
En la tapa del sarcófago, encontraron un orificio, por el que el arqueólogo Arnoldo González echó un vistazo y gritó: "¡Está llena de jade! ¡Es el alucine, del alucine, del alucine!".
Parecía la escena de un crimen: el cadáver de un niño degollado y de una mujer, a la que le sacaron el corazón, estaban tirados a lado y lado del sarcófago, tallado en una sola pieza de piedra, de 2,40 m de largo por 1,18 m de ancho.Era la mañana del 1 de junio de 1994 y mientras se restauraba el basamento del Templo XIII en Palenque, un equipo del Instituto Nacional de Antropología e Historia se topó con algo que no estaba en los planos: un acceso tapiado en el segundo cuerpo del edificio. Lo abrieron. Del otro lado apareció una subestructura con tres habitaciones. Restos de carbón. Silencio antiguo. Una pequeña horadación. Y luego, la certeza: un sarcófago.
Pasaron meses antes de levantar la pesada losa. Pero el equipo encabezado por Arnoldo González Cruz ya había mirado dentro con una lámpara introducida por una rendija: un cuerpo cubierto de cinabrio, rojo absoluto, rodeado de piedra verde y conchas. El 13 de noviembre del año 672 d. C. alguien había depositado ahí a una mujer para su viaje eterno.
Se encontraron alrededor de mil 440 piezas: tocado, máscara, pectoral, cuentas en las muñecas. La máscara, hecha con 119 fragmentos de malaquita —piedra que no es de la región pero que permitió delinear con precisión los rasgos—, parecía todavía respirar bajo la capa roja. Los restos óseos viajaron a la Ciudad de México para su análisis. La ciencia empezó a hacer preguntas que la piedra no respondía sola.
Supimos que medía cerca de metro y medio. Que tenía entre 50 y 60 años. Que padecía una osteoporosis severa: su frente, dijeron los especialistas, era casi una hojuela por el avance de la enfermedad. La grandeza no la eximió del desgaste del cuerpo.

Para confirmar que se trataba de Tz’ak-b’u Ajaw, consorte de Pakal, se realizaron reconstrucciones faciales, análisis biométricos y comparaciones con representaciones escultóricas. La epigrafía —con el apoyo de estudiosos como Guillermo Bernal Romero— ayudó a precisar que no era originaria de Palenque, que su unión con Pakal fue estratégica y que tuvo tres hijos. Las fechas, la cercanía entre tumbas, la temporalidad de los materiales: todo apuntaba a ella.
El ajuar se restauró pieza por pieza. El tocado tomó medio año de trabajo y aun así no fue sencillo. Representaciones como el tablero del Templo XIV sirvieron de guía. Y la investigación continúa: ahora, con el equipo de José Luis Ruvalcaba, se busca analizar los minerales del tocado, porque no todo parece ser jade. La arqueología no se detiene; cambia de instrumento.
Veinticuatro años después del hallazgo, fue posible apreciar en conjunto ese universo funerario gracias a la reproducción contemporánea de la cámara mortuoria del Templo XIII, exhibida en el Museo del Templo Mayor. No se trataba sólo de mostrar piezas, sino de reconstruir el espacio destinado hace mil 346 años a su reposo eterno. Verlo todo junto —como insistía González Cruz— permite entender la riqueza con la que fue inhumada.
Y aun así, Palenque apenas ha revelado entre el 10 y el 15 por ciento de su extensión. Lo demás sigue cubierto por selva y paciencia.
La Reina Roja —como terminó llamándola el mundo— no es sólo un hallazgo espectacular del siglo XX. Es una puerta abierta. Una mujer cubierta de rojo que nos recuerda que la historia también se escribe con paciencia interdisciplinaria, con lámparas introducidas por rendijas mínimas, con preguntas que tardan décadas en responderse.
El viaje continúa.
Hay un lado menos luminoso en la historia de Tz’ak-b’u Ajaw. El rojo que la volvió célebre —el cinabrio que cubría por completo su cuerpo en su tumba de Palenque— no era sólo símbolo de poder y renacimiento: es sulfuro de mercurio, un mineral tóxico. Durante siglos permaneció adherido a sus huesos, tiñéndolos de un carmesí intenso, como si la muerte hubiera querido maquillarla para la eternidad. A eso se suma que los estudios revelaron una osteoporosis severa: su cráneo, especialmente la frente, estaba tan adelgazado por la enfermedad que los especialistas lo describieron casi como una hojuela. Poderosa en vida, fastuosa en su despedida, pero frágil en el cuerpo. El esplendor y la vulnerabilidad conviviendo bajo la misma capa roja.


















Comentarios