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El viejo mexicano

  • anitzeld
  • 13 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Nunca vi a mi abuelo sin el sombrero puesto. Ni en misa: prefería quedarse afuera con tal de no quitárselo. En aquellos años, hombres y mujeres se sentaban separados y los hombres debían descubrirse la cabeza.


Hoy, al ver repetirse esa imagen, pensé en él. Me pregunté qué diría de una marcha donde el sombrero —uno como el suyo— se vuelve símbolo del hartazgo de un pueblo. Después de todo, él era un hombre sencillo de campo. Cada día se levantaba al alba, montaba su burro y subía al cerro a ver sus vacas.


En su atado llevaba una guayaba, un chamuco —pan dulce—, la infaltable Coca y los inseparables Faros. Un campesino que amaba la tierra, a su familia y a su mujer.

¿Marcharía con su sombrero si le hubieran arrebatado todo?


¿Qué fue de ese México?


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Esto lo escribí en el 2010


El viejo mexicano

Anitzel Díaz


Tengo ochenta y seis años; ya siento el aliento de la muerte cerquita, como quien anuncia que es hora de ir cerrando la puerta. No me asusta. Es ley de vida que muera un viejo; lo que descompone el mundo es que muera un muchacho de veinte. Desde ese día fue como si alguien nos hubiera movido el piso, como si nos restregaran el periódico en la cara: cuenta los muertos, mira bien, no es sólo el tuyo. Y aun así, por más que le doy vueltas, no entiendo qué pasó.


Yo no tuve mala vida. Trabajé siempre y trabajé a gusto. Nadie me oyó quejarme. ¿Quién iba a imaginar que un chamaco salido del pueblo acabaría junto a los aviones? En aquel tiempo sonaba a cuento, pero así se fue armando mi historia: años y años arreglándolos, viajando detrás de ellos. Conocí otros mundos, pero siempre regresé a los míos: los olores, los sabores, la mugre de la ciudad, su caos tibio, su gris y su verde. México para mí siempre fue eso: una canción que suena bajito, un chile que arde, una jacaranda explotando en morado, un mariachi que aparece de madrugada. Y aquí también encontré a mi chatita; con ella hice familia, casa, perro, árbol, lotería ganada y perdida. Todo aquí. Y también aquí perdí una parte de mí.


De niño ya sabía lo que era perder. Mi único hermano murió en un accidente tonto: se volteó el camión de redilas que manejaba el cura y sólo él no lo contó. Lloramos todos. Ahora ni llorar se pudo, de puro miedo. Hoy se vuelve uno más, ni alcanza para noticia. Y pienso: ¿cómo se encoge el país para que una vida no haga ruido?


De chamaco cazaba pájaros con la resortera, guardaba bichos en frascos, soñaba que volaba. Y sí: al final pasé la vida entre alas. Siempre fui un hombre simple. A mi señora eso la sacaba de quicio, pero yo era feliz con una cervecita, el futbol, la tertulia con los amigos donde arreglábamos el país sin mover un dedo. Éramos buenos para culpar de todo al gobierno; hasta el temblor les tocaba. Y de risa en risa se iba la tarde. Ahora muchos ya no están. Nos quedamos pocos, y cada quien sobreviviendo a su manera. Desde que pasó aquello sólo llaman para saber si seguimos vivos, y cuelgan rápido, como si las palabras quemaran.


Los domingos son para los taquitos con mucha salsa, o para la birria, o la pancita. Es lo que más extraño cuando me toca irme lejos. Mi hija vive al otro lado del mundo: estudió, se casó con un extranjero, hizo su vida. Quiere que nos vayamos con ella “mientras pasa”, dice. Pero a mi edad cambiar de paisaje duele. Uno se vuelve animal de costumbres. Ayudo a mi hijo en la fábrica de cortinas, vendo en el centro, me echo mis caminatas. Me gano mis centavos y, sobre todo, mi tiempo. Y sí, siempre llevo mi pluma. Mi nieta se burla: “¿Una pluma, abuelo?” Pero para mí es defensa. Si me quieren robar, pues se la ensarto y corro. Cosas de viejo. Le puse un botoncito oculto al coche para que no arranque si se lo llevan. En la casa todas las puertas tienen clavos que yo mismo pongo cada noche. Y de nada sirvió. Como dice la niña: “¿Y tu pluma puede con las metralletas?” Y yo, callado.


Mi señora también es del pueblo. Le dije “espérame” y me esperó. Y eso que estaba bien linda. Ahora la veo apagarse. Tiene una arruga nueva que le cruza la frente, la mirada se le va lejos y suspira con un peso que yo no sé cómo cargar. La beso antes de salir y la dejo ahí, sentadita, con su pena vestida de blanco. Una pena que no tiene lenguaje.


Cuando llegamos a esta ciudad sentí que me tragaba. Era enorme y ni llegaba al millón. Yo venía de calles de tierra y vecinos que sabían la vida de todos. Nos dijeron que aquí robaban, que la gente era mala. Pero las mejores personas que conocí son de aquí. Y nunca, nunca nos había pasado nada. Y lo que nos pasó, pasó en el pueblo.


No es cierto que la violencia no nos tocara. Mi madre quedó huérfana a los ocho; mataron a su padre los del ejército del hermano de Zapata. Los traicionaron. Y aun así, para ella su padre murió por algo. Antes la muerte tenía un sentido, aunque fuera chiquito. Ahora no sé qué defienden los que matan sin piedad. ¿Qué bandera? ¿Qué color? Yo crecí lejos de la guerra, mirando desde la pantalla. Hoy se me metió en la casa.


Y por primera vez, lloré. Me enseñaron a no hacerlo, a ser hombre, a trabajar y conformarme: cumples y te va bien. Vivimos muchos años creyendo eso. Y quizá si nos hubiéramos quedado en Long Beach, porque un tiempo vivimos allá, cuando me mandaron por unos aviones… Los niños aprendieron inglés, la señora estaba contenta aunque lo negara. Pero somos tercos: nos jala el terruño. Y volvimos. Y fuimos felices, de verdad. Hasta que no.


A mi edad uno se queda con lo simple: los volcanes nevados, los árboles en flor, un cielo que de vez en cuando sí se deja ver. Pero basta bajar la mirada para sentir la punzada, recordar, maldecir. Ahora entiendo que las cosas no pasan “por algo”. Pasan porque dejamos que pasen.


Extraño la vejez tranquila de mis padres: ella con sus animales, él con sus amigos y su licorcito, los dos juntos sin prisa. Yo tengo a mi señora, sí, pero algo se quebró. Nos robaron ese descanso. Tengo mis manías, como todos los viejos: escuchar las noticias desde el coche estacionado, dormir solo pero con ella cerquita. Y ahora rezo. Nunca fui de rezos, pero por si el cura tenía razón, por si sirve de algo, rezo. Y recuerdo. A los que se fueron. A los que voy a dejar.


Mi señora me preocupa. La creen fuerte porque grita y manda, pero sólo yo sé cómo duele por dentro. Sólo yo veo la grieta. A veces pienso en llevármela conmigo. Para qué la dejo aquí, sola con lo roto. Fue la más bonita del pueblo, y lo sigue siendo. Mi chatita linda. Si hubiera podido salvarla de esto…


Y todavía me retumba la pregunta de mi nieta:


“¿Cuántas más vidas?”

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