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La lechuza que custodia el tiempo en San Pablo Huitzo

  • 25 abr
  • 3 Min. de lectura

Un hallazgo en San Pablo Huitzo revela una tumba zapoteca intacta, donde una lechuza de piedra y murales milenarios resguardan los rastros de poder, muerte y ritual de una cultura que sigue viva.



Hay hallazgos que no irrumpen: se filtran. Aparecen como si siempre hubieran estado ahí, esperando a que alguien supiera mirar.


En San Pablo Huitzo, la tierra abrió apenas lo suficiente para revelar una tumba zapoteca construida alrededor del año 600. Mil cuatrocientos años de silencio. Mil cuatrocientos años de resguardo. El Instituto Nacional de Antropología e Historia no tardó en decirlo con claridad: por su nivel de conservación, podría ser el hallazgo arqueológico más importante de la última década en México.


La entrada no es discreta. Una lechuza tallada en la roca mira de frente, con el pico abierto. Dentro, una cabeza humana asoma, como si la piedra hubiera decidido conservar un gesto, una identidad, una presencia. No es un adorno. En la tradición zapoteca, las lechuzas pertenecen a la noche y a la muerte: son figuras que cruzan límites, que acompañan el tránsito. Aquí no vigilan: sostienen.


Al cruzar el umbral —custodiado por dos figuras humanas que parecen cargar objetos rituales— la sensación cambia. No es solo una cámara funeraria. Es un espacio pensado para durar. En los muros, pigmentos que aún resisten: ocre, blanco, verde, rojo, azul. Una procesión avanza en silencio, cargando bolsas de copal, esa resina que se quema para hablar con lo que no vemos. Todo está dispuesto como si el ritual no hubiera terminado.



La tumba está intacta, o casi. Y en esa casi hay grietas: raíces que se cuelan, insectos, cambios bruscos de temperatura. El mismo tiempo que protegió, ahora amenaza. Por eso un equipo multidisciplinario del INAH trabaja para estabilizar los murales, conscientes de que conservar también es una forma de traducir.


Mientras tanto, allá afuera, la historia sigue su curso. La presidenta Claudia Sheinbaum habló de la importancia del hallazgo; la secretaria de Cultura Claudia Curiel de Icaza lo llamó excepcional. Y lo es. Pero no solo por lo que revela sobre la organización social o los rituales funerarios zapotecas, sino por lo que insiste en recordarnos: que hay mundos enteros que no desaparecen, solo se repliegan.


Hoy, cientos de miles de personas siguen hablando zapoteco en México. No es una cultura detenida en el tiempo, ni encerrada en una tumba. Está viva. Respira en otras formas, en otras voces.



"Bajo su pico, se conserva el rostro estucado y pintado de un zapoteca, posiblemente el ancestro al que estuvo dedicada la tumba. Las figuras de guardianes, un hombre y una mujer, ataviados con tocados y objetos rituales, flanquean el umbral, protegiendo el recinto funerario."

La lechuza sigue ahí. Con el pico abierto. Como si todavía tuviera algo que decir.



No es que nadie la hubiera visto, es que la tumba sabía esconderse. Durante siglos quedó sellada bajo la tierra de San Pablo Huitzo, sin señales, sin ruido, protegida por el mismo paisaje que la fue cubriendo. Cuando aparecieron los primeros indicios, el Instituto Nacional de Antropología e Historia no abrió de golpe: avanzó lento, capa por capa, como si entendiera que hay silencios que no se rompen sin cuidado. Antes de decirlo en voz alta, hubo que mirar, registrar, sostener los muros frágiles, evitar que el hallazgo se volviera saqueo. Tal vez alguien intuía que algo estaba ahí desde antes, pero no fue hasta ahora que la tumba decidió, finalmente, dejarse contar.

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