Gracias por esta mañana
- anitzeld
- 24 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 25 dic 2025
Aquella mañana no pasó nada extraordinario.No hubo revelación, ni milagro, ni noticias que alteraran el curso del día. Solo luz.
La ventana estaba abierta y el aire frío traía el olor tenue de los árboles mojados. En la mesa había una taza de café que todavía humeaba. Un gorrión picoteaba algo invisible en el alféizar. Yo estaba viva. Eso era todo. Y era inmenso.

Pensé en lo poco que nos prometen y en lo mucho que recibimos: este cuerpo que respira sin pedir permiso, el sonido remoto de una sirena que se vuelve parte del paisaje, el modo en que la mañana cambia de azul a rosa sin consultarnos.
Recordé cuántas veces había vivido dentro de la jaula: repasando agravios, enumerando faltas, reclamándole al mundo que no se ajustara a mi lista de deseos. Y entendí que la jaula no estaba cerrada. Que los barrotes eran, en realidad, una costumbre.
Así que hice algo mínimo y radical: presté atención.
Atención al vapor del café.A la mota de polvo que cruzó el rayo de sol.Al leve cansancio que habitaba mis hombros como un animal dormido.A la extraña belleza de estar aquí sin entender del todo por qué.
Fue entonces cuando abrí El libro de las gracias, de Rachel Hébert. Lo tenía desde hacía tiempo, pero nunca lo había leído de verdad. Lo abrí como quien abre una ventana.
Leí:
¿Qué le decimos al anhelo?Si te has sentado en el frío del amanecery viste cómo el azul profundo suspira y se ruboriza,tocado por la curva tibia del alba —sabes. Lo sabes.
Y algo en mí se acomodó.
Entendí que eso —prestar atención— no era un gesto inocente. Era una práctica ética y sensible. Una forma de resistencia a la anestesia: no pasar por el mundo como si fuera solo un fondo borroso. Una manera de cuidar: porque lo que se nota, se cuida mejor. Una política íntima: frente a la brutalidad, elegir mirar lo que sigue vivo.
No era optimismo forzado ni negación del dolor. Era, más bien, una forma de decir: no todo está bien, pero no todo está perdido.
Hébert lo decía de otro modo, más suave:
Bajo el rostro del agua, asombro.En el bosque oscuro, una puerta.En el capítulo llamado pérdida, una amiga.Toda la ayuda que aún no veíamos.
Y comprendí algo más: que notar no es pasivo. Es un acto. Hay que entrenarlo, porque la inercia del mundo —la prisa, el ruido, la violencia, la productividad— empuja justo hacia lo contrario: hacia no sentir, no mirar, no detenerse. Prestar atención es nadar contra esa corriente. Es fortalecer un músculo que no se ve, pero sostiene todo: el músculo moral de la atención.
Entonces también entendí que el asombro no llega solo.No es un don permanente ni una disposición que se conserve intacta. Es una capacidad frágil que se oxida si no se usa. Hay que salir a buscarla. Como quien sale a buscar agua. Como quien sale a buscar pan.
Buscar el asombro es decidir mirar dos veces.Es detenerse donde todo invita a pasar de largo.Es hacerle espacio a lo pequeño para que no se vuelva invisible.
No todo estaba bien —eso era cierto—, pero algo estaba vivo, insistiendo. Algo que no era ingenuidad ni consuelo barato, sino una forma silenciosa de resistencia: agradecer.
Y entonces leí la última línea subrayada en el libro:
No hay nada que debas hacer para pertenecer.
Cerré el libro.
El mundo no cambió. Yo sí.
Y con eso bastó para que el día —sin prometer nada— se volviera habitable. 🌿





















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