Cuando dejó el “fraude electoral” de ser el término preferido de la 4T
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En los primeros años del sexenio había una fuerte carga de lenguaje electoral y de denuncia de fraude... hasta que dejó de ser útil simbólicamente... ¿qué está presente en la retórica hoy?

Durante los primeros años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pocas frases aparecían con tanta insistencia en el discurso oficial como “fraude electoral” o “delito electoral”. En las conferencias mañaneras, el presidente evocaba constantemente la elección de 2006 y la idea de que había sido víctima de un sistema político diseñado para impedir su llegada al poder. No era solamente una denuncia histórica: era una herramienta narrativa. La repetición de esos términos ayudaba a construir legitimidad política y reforzaba la idea de que la llamada Cuarta Transformación era el desenlace de una larga batalla contra un régimen corrupto.
En aquellos años iniciales, la narrativa tenía una función clara. López Obrador todavía gobernaba desde la lógica del opositor que había vencido al aparato político tradicional. Hablar de fraude electoral servía para mantener cohesionada a su base, recordar los agravios del pasado y colocar a Morena como un movimiento nacido de una lucha democrática. El “delito electoral” no era solo una acusación jurídica; era un símbolo emocional y político.
Sin embargo, conforme avanzó el sexenio, el lenguaje comenzó a cambiar. La razón principal fue que Morena dejó de ser oposición para convertirse en el partido dominante. Mantener diariamente el discurso de víctima empezó a perder eficacia cuando el movimiento ya controlaba la Presidencia, buena parte del Congreso y múltiples gobiernos estatales. El eje político se desplazó: ya no se trataba de denunciar cómo le habían arrebatado el poder, sino de defender el ejercicio del gobierno y preservar legitimidad desde el poder mismo.
Al mismo tiempo, comenzaron a crecer las acusaciones contra el propio oficialismo por presuntas irregularidades electorales. Desde 2020, el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación emitieron medidas, advertencias y sanciones relacionadas con expresiones político-electorales hechas desde las mañaneras. El tema se volvió incómodo para el gobierno: insistir obsesivamente en “delitos electorales” abría inevitablemente la puerta a cuestionamientos dirigidos ahora hacia Morena y sus campañas.
La transformación también fue discursiva. Poco a poco, López Obrador sustituyó el lenguaje del fraude electoral por nuevos enemigos políticos y nuevas palabras clave. En lugar de hablar todos los días de la “mafia del poder”, comenzaron a dominar términos como “conservadores”, “golpismo”, “transformación”, “pueblo” o “Poder Judicial corrupto”. El adversario dejó de ser únicamente el árbitro electoral o el viejo régimen priista y pasó a convertirse en un entramado más amplio de medios, jueces, empresarios y opositores.
No existe un conteo oficial sobre cuántas veces el presidente utilizó exactamente la expresión “delito electoral” en las mañaneras. Sin embargo, estudios de discurso realizados por la consultora SPIN-Taller de Comunicación Política muestran cómo fue cambiando el vocabulario presidencial a lo largo del sexenio. La firma documentó que palabras como “pueblo”, “corrupción”, “conservador” o “neoliberal” aparecieron miles de veces, mientras que en los años recientes crecieron referencias a “golpe de Estado” y “golpismo”. Según esos análisis, López Obrador llegó a mencionar la idea de “golpe de Estado” más de 160 veces en conferencias.
La desaparición gradual de la frase “fraude electoral” revela, en el fondo, un fenómeno común en muchos liderazgos políticos: cuando se conquista el poder, el discurso deja de centrarse en la denuncia de cómo se obtuvo injustamente y comienza a enfocarse en cómo sostener autoridad, legitimidad y control desde el gobierno.


















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