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¿Desarrollo o conservación? La disputa ambiental que recorre México

  • hace 15 horas
  • 4 Min. de lectura

México vive hoy decenas de luchas socioambientales activas. Organizaciones como el Centro Mexicano de Derecho Ambiental y Greenpeace México han documentado conflictos en prácticamente todo el país: minería en Sonora y Zacatecas, agua y termoeléctricas en Morelos, tala y crimen ambiental en Michoacán, megaproyectos turísticos en Quintana Roo y Nayarit, el Tren Maya en la península, contaminación petrolera en el Golfo y disputas por territorio indígena en Oaxaca y Chiapas. No hay una cifra única oficial porque muchos conflictos ni siquiera son reconocidos por el Estado, pero diversos mapas de justicia ambiental hablan de cientos de casos abiertos.


Mahahual, Loreto y la nueva batalla ambiental en México



En México las luchas ambientales dejaron de ser conflictos aislados. Lo que ocurre hoy en Mahahual, Quintana Roo, y en Loreto, Baja California Sur, muestra cómo distintas regiones del país comenzaron a enfrentarse a una misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar el desarrollo turístico antes de destruir aquello que lo hace posible?


Durante años, los conflictos socioambientales en México estuvieron dispersos entre minas, gasoductos, presas, tala ilegal o megaproyectos ferroviarios. Pero en 2026 algo empezó a cambiar. Las protestas contra el parque turístico “Perfect Day México” de Royal Caribbean en Mahahual y la movilización para proteger el santuario de ballenas en Loreto terminaron conectándose en redes sociales, campañas digitales y protestas públicas. En ambos casos, las comunidades denunciaron que el crecimiento económico estaba avanzando más rápido que la capacidad ecológica de los territorios.


Mahahual, un pequeño poblado frente al Sistema Arrecifal Mesoamericano, se convirtió en símbolo de esa disputa. Royal Caribbean planeaba construir un parque acuático masivo para cruceros con playas artificiales, albercas y capacidad para miles de visitantes diarios. Ambientalistas, pescadores y habitantes advirtieron que el proyecto pondría en riesgo manglares, arrecifes coralinos y especies marinas protegidas. La presión creció hasta volverse internacional y finalmente la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales anunció que el proyecto no sería autorizado por sus impactos ecológicos.


Pero la cancelación no terminó el conflicto. Después comenzaron los ataques contra los activistas. Empresarios turísticos y algunos voceros políticos los acusaron de “desinformar”, de impedir inversiones y de oponerse al progreso económico. El argumento central era que el turismo masivo generaría empleos y derrama económica en una región con necesidades históricas de infraestructura y oportunidades laborales. Esa tensión reveló algo más profundo: el choque entre dos modelos de desarrollo. Uno basado en megaproyectos turísticos ligados a corporaciones internacionales y otro centrado en conservación ecológica y economías locales.


Sí, el argumento del desarrollo económico y la generación de empleos es válido. En lugares como Mahahual o Loreto, muchas familias viven directa o indirectamente del turismo: hoteles, restaurantes, transporte, pesca, tours, comercio informal. Un megaproyecto puede traer inversión, infraestructura y trabajo en regiones donde el Estado históricamente ha abandonado servicios básicos. Por eso estos conflictos son tan complejos: no suelen ser una pelea entre “buenos ambientalistas” y “malos empresarios”, sino entre distintas formas de sobrevivir y de imaginar el futuro.

Días después, a más de dos mil kilómetros de distancia, otro conflicto comenzó a crecer en Loreto, Baja California Sur. Ahí, organizaciones ambientales denunciaron que un decreto federal reclasificó el puerto como “puerto de altura y cabotaje”, abriendo la puerta a la llegada de megacruceros en una de las regiones marinas más delicadas del planeta.


Loreto forma parte del Parque Nacional Bahía de Loreto, hábitat de la ballena azul, tiburones ballena, tortugas marinas y numerosas especies protegidas del Golfo de California. Científicos y organizaciones advirtieron que el aumento del tráfico marítimo podría alterar rutas migratorias, generar contaminación acústica y transformar completamente el modelo de ecoturismo que sostiene la economía local. La preocupación creció tanto que el tema llegó a la conferencia presidencial y Claudia Sheinbaum prometió revisar el decreto para evitar daños ambientales.


El debate no es sencillo porque el argumento económico también tiene sustento real. En regiones como Mahahual o Loreto, miles de familias dependen directa o indirectamente del turismo: hoteles, restaurantes, pesca, transporte, comercio y tours. Un nuevo puerto o un megaproyecto puede representar empleos inmediatos en zonas históricamente abandonadas por el Estado. Por eso estos movimientos no suelen dividirse entre “ambientalistas” y “desarrollistas”, sino entre distintas formas de imaginar la supervivencia y el futuro.


Sin embargo, quienes se oponen a estos proyectos sostienen que el turismo masivo muchas veces termina destruyendo aquello que originalmente atraía visitantes. Cancún aparece constantemente como referencia: crecimiento acelerado, riqueza concentrada, presión sobre el agua, deterioro ecológico y expansión urbana descontrolada. El temor en Loreto y Mahahual es repetir ese modelo.


La discusión tiene raíces mucho más antiguas que las redes sociales o el cambio climático. Desde la Revolución Industrial surgieron pensadores que cuestionaron la idea de que todo crecimiento económico equivalía automáticamente a progreso humano. Karl Marx hablaba en el siglo XIX de una “fractura metabólica” entre la sociedad y la naturaleza provocada por la explotación industrial. Décadas más tarde, Hannah Arendt advirtió que las sociedades modernas podían obsesionarse tanto con producir y consumir que terminarían destruyendo el mundo común que sostiene la vida colectiva.


El filósofo francés Jacques Ellul criticó la idea de que toda expansión tecnológica representa progreso, mientras que el noruego Arne Næss desarrolló la teoría de la “ecología profunda”, según la cual la naturaleza posee valor propio más allá de su utilidad económica. Más recientemente, la economista británica Kate Raworth propuso la llamada “economía donut”, un modelo que plantea crecer sin rebasar los límites ecológicos del planeta.

En México, estas ideas dejaron de ser debates académicos abstractos. La crisis hídrica, el deterioro de arrecifes, la pérdida de manglares y el impacto del cambio climático hicieron que las disputas ambientales se convirtieran en discusiones cotidianas sobre territorio, turismo y supervivencia. Mahahual y Loreto condensan esa tensión: la necesidad urgente de empleo y crecimiento frente al temor de destruir ecosistemas irreversibles.


Por eso ambas luchas terminaron unidas. En redes sociales comenzaron a circular mensajes que decían: “Lo que se logró en Mahahual debe repetirse en Loreto”. No era solamente solidaridad ambientalista. Era la percepción de que México está entrando en una nueva etapa donde las comunidades locales, científicos y activistas intentan disputar quién decide el futuro de los territorios: las corporaciones turísticas, el Estado o quienes viven junto al mar, los arrecifes y las ballenas.




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