El gran vituperado: Porfirio Díaz entre la historia y la memoria
- anitzeld
- 15 sept
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Pocas figuras en México cargan con tantos juicios contradictorios como Porfirio Díaz. Para unos, el dictador que condenó al país al atraso y la servidumbre; para otros, el hombre que trajo estabilidad y modernidad tras décadas de guerras civiles. Su imagen ha oscilado entre la condena y la reivindicación, moldeada tanto por la experiencia de su tiempo como por las narrativas que le siguieron.
Díaz gobernó casi ininterrumpidamente de 1876 a 1911. Llegó al poder con la bandera de la “no reelección” y terminó perpetuándose en ella. Su régimen construyó un sistema político que garantizaba orden a cambio de libertad: elecciones arregladas, prensa controlada y oposición reducida a la clandestinidad o al exilio. Las huelgas de Cananea y Río Blanco, sofocadas con violencia, y las campañas contra yaquis y mayas, recuerdan la cara dura de un gobierno que no admitía disenso.
Pero junto con el autoritarismo vino el llamado “orden y progreso”. Bajo Díaz, México tendió vías férreas, se iluminó con electricidad, instaló telégrafos y vio nacer instituciones modernas. Las élites urbanas se beneficiaron de esa modernización, lo mismo que inversionistas extranjeros que encontraron un país abierto para sus negocios.
El costo lo pagaron las mayorías campesinas y obreras, que vieron cómo sus tierras eran absorbidas por haciendas y cómo el trabajo industrial apenas alcanzaba para sobrevivir.
De hecho, uno de los logros más notables del porfiriato, muy ambivalente sin duda, fue la mistificación del poder del Estado, y del presidente como jefe de Estado, lo que no era poca cosa en un país donde se había desacralizado el poder político revolución tras revolución: la pierna momificada de Santa Anna había sido arrancada de su monumento y arrastrada por la ciudad, y Maximiliano había sido fusilado. Por otra parte, los triunfadores de la guerra de la Intervención (1867) eran gente del vulgo, nada aristocrática. Francisco Bulnes lo describía con un retrato tan mordaz como pintoresco:
“El ejército acabó de desprestigiarse entre las clases superiores y las inferiores… porque aparecieron numerosos generales y coroneles con mando, sin camisas limpias, que al comer metían el cuchillo en su boca, limpiaban sus bigotes atacados por las rojas salsas mexicanas, con el mantel o con el dorso de la mano negra por falta de jabón, masticaban con ruido de guayín que marcha sobre empedrado, bebían pulque ya pútrido, dormían siesta con botas y acicates, daban escándalos en las cantinas y en las casas públicas, asistían a los teatros en compañía de toda clase de rameras, escupían por el colmillo, se alojaban en hoteles de tercer orden y en los mesones de Peralvillo, comían en la fonda de San Agustín y daban días de campo en Santa Anita, que terminaban siempre con la sacada de la pistola y el alarido de ‘soy muy hombre y a mí nadie me ningunea’…”
Frente a esa degradación del poder, Díaz consiguió dotar a la presidencia de un aura casi sagrada, centralizando la autoridad y encarnando al Estado mismo. Esa teatralidad, acompañada de desfiles, fastos oficiales y símbolos patrios —como haber fijado el 15 de septiembre, fecha de su cumpleaños, como el día del Grito— ayudó a construir la imagen de un gobierno sólido, aun cuando el edificio estaba sostenido por pactos frágiles.
Para entenderlo mejor hay que mirar al mundo. El Porfiriato coincidió con la era del capitalismo de acero y vapor, con ciudades europeas en expansión, fábricas humeantes en Estados Unidos y monarquías que se transformaban en imperios coloniales. La mano dura no era una rareza mexicana: en Francia la Tercera República reprimía huelgas, en Estados Unidos los trabajadores de Chicago eran acribillados en Haymarket, en Rusia el zar sostenía un régimen aún más férreo. Díaz, en ese mapa, parecía más un gobernante alineado con las tendencias globales de “orden a cualquier costo” que un caso aislado. La diferencia es que en México ese progreso se construía sobre una mayoría campesina que no participaba de sus beneficios.
La Revolución Mexicana se encargó de fijar la versión oficial: Díaz como el villano que concentró riqueza y poder, la figura que había que derrotar para abrir paso a un México justo. Así, los manuales escolares del siglo XX lo convirtieron en el símbolo del atraso y la opresión. La historia necesitaba un antagonista claro, y el oaxaqueño lo fue por décadas.
Con el paso del tiempo, sin embargo, su figura empezó a revisarse. Algunos lo vieron como un modernizador incomprendido; otros como el pragmático que evitó que México se desangrara más de lo que ya estaba. En años recientes, su nombre se discute con menos pasión y más matices: ¿dictador o estadista? ¿tirano o estratega? Lo cierto es que fue un gobernante que encarnó la contradicción entre el deseo de modernizar y la incapacidad de democratizar.
Hoy, más de un siglo después, la pregunta que deja Díaz sigue siendo actual: ¿se puede construir desarrollo sin democracia, orden sin represión, modernidad sin desigualdad? México, y gran parte del mundo, continúa atrapado en esa tensión. Gobiernos que prometen crecimiento económico suelen tentarse con el control político; regímenes que ofrecen estabilidad sacrifican derechos; sociedades que reclaman justicia descubren que el progreso, cuando no es incluyente, se convierte en una bomba de tiempo.
Por eso Díaz sigue siendo el gran vituperado de la historia mexicana. No solo por lo que fue, sino por lo que nos recuerda: que la modernidad sin justicia social es frágil, y que el orden impuesto tarde o temprano se rompe en revolución.
































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