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El consentimiento: la historia que nadie quiso ver

  • hace 2 horas
  • 4 Min. de lectura

En enero de 2020, Vanessa Springora publicó El consentimiento, un libro nacido de su propia historia que, en cuestión de días, derrumbó la figura de Gabriel Matzneff, durante años celebrado en el mundo literario. En sus páginas reconstruye la relación que comenzó cuando ella tenía catorce y él cincuenta, pero al escribir no solo encontró el relato íntimo de lo vivido, sino algo más amplio y perturbador: la evidencia de un sistema que permitió, justificó y hasta celebró lo que le ocurrió.


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No te voy a mentir: yo llegué a ese libro por curiosidad, no por valentía.


Lo abrí una noche cualquiera, con esa ligereza con la que una empieza historias ajenas, pensando que sería otra narración dura, sí, pero contenida, algo que se puede cerrar al final y dejar en la mesa de noche. No fue así.

El consentimiento no se deja cerrar. Se queda abierto, como una puerta que alguien olvidó clausurar hace décadas.


Ahí estaba Vanessa Springora, catorce años, y del otro lado Gabriel Matzneff, cincuenta, esperándola afuera de la escuela como si la literatura pudiera justificar la espera.


Y yo, leyendo desde este lado del tiempo, tratando de entender en qué momento una historia empieza a torcerse sin que nadie —nadie— diga nada.


Hay algo que me persigue desde entonces.


No es solo lo que pasó entre ellos.

Es todo lo que lo rodeaba.


Porque una imagina el abuso como algo oscuro, clandestino, escondido en rincones. Pero esto no. Esto ocurría a plena luz, en cenas, en libros, en televisión. Se escribía. Se publicaba. Se celebraba.


Gabriel Matzneff no se ocultaba. Narraba. Convertía a niñas en literatura con la misma naturalidad con la que otros escriben sobre viajes o despedidas.


Y alrededor, un sistema entero que asentía.


A veces pienso que lo más inquietante no es el depredador.

Es el coro.


Hay una escena que no logro sacarme de la cabeza.


Apostrophes, 1990.

Un programa de libros. De prestigio. De ideas.


Ahí está él, hablando de sus “relaciones” con menores como si hablara del clima. Y el estudio… se ríe.


Todos, menos una.


Denise Bombardier rompe algo en el aire. Dice lo evidente: que eso no es libertad, que eso es abuso, que en su país sería cárcel.


Y lo que vino después fue otra forma de violencia: la del descrédito. La del insulto. La de convertir a quien señala en el problema.


Pienso mucho en ese momento.

En lo difícil que es sostener la mirada cuando todo el mundo decidió mirar hacia otro lado.


Treinta años después, Vanessa Springora escribe.


Y lo que hace no es contar una historia. Es recuperar algo.


Porque hay una pregunta que atraviesa todo el libro y que, sin darme cuenta, se me quedó pegada:

¿cómo se le arrebata a alguien la narración de su propia vida?


La respuesta es brutal en su simpleza: escribiendo sobre ella antes que ella misma.


Él lo hizo.

La convirtió en personaje.

La publicó.

La dejó fijada en páginas que otros leían sin saber —o sin querer saber— que ahí había una persona real.


Y entonces escribir no es catarsis.

Es disputa.


Cuando terminé el libro no cerré la historia. Hice lo que siempre hago: seguir el rastro.


Leí sobre Le Monde y esa carta del 77 que todavía cuesta creer.

Los nombres pesan: Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault… y tantos más.


Firmando algo que hoy se siente imposible de sostener.


Y ahí me quedé un rato largo.

No en el escándalo —en la grieta.


En esa incomodidad de admirar una obra y, al mismo tiempo, no poder ignorar el acto.

En preguntarme si una cosa puede separarse de la otra sin que algo se rompa.


No tengo respuesta.

Sospecho que no la hay.


También leí a Gabriel Matzneff.


Solo uno de sus textos, lo poco que se consigue.

Y sí —eso también incomoda— escribe bien.


Y entonces aparece otra pregunta, más incómoda todavía:

¿qué hacemos con el talento cuando está puesto al servicio de algo monstruoso?


No hay redención en la forma.

La belleza no limpia lo que nombra.


Después vienen los bordes de la historia.


Documentales.

Casos en otros países.

Niños que dicen —o repiten— que prefieren quedarse donde al menos comen.

La pobreza como jaula y como argumento.


Y ahí ya no hay literatura que alcance.


Solo una sensación espesa, difícil de ordenar, como si todo estuviera conectado por hilos que preferimos no ver.


Vanessa Springora publicó su libro en enero de 2020.


En días, lo que llevaba décadas siendo tolerado se volvió imposible de sostener. Editoriales retiraron libros. El Estado reaccionó. La conversación cambió.


No hubo condena.

La ley llegó tarde.


Pero algo sí pasó: se nombró el mecanismo.


No la violencia evidente, sino esa otra, más silenciosa: la de hacer creer a alguien que elige lo que en realidad le fue construido.


Cierro el libro y vuelvo a mí.


A esa primera noche en la que lo abrí sin saber.


Y pienso que hay historias que no sirven para entender el pasado, sino para medir el presente.


Para preguntarnos —sin épica, sin certezas— dónde estaríamos nosotros en esa escena.

En el estudio que ríe.

En la mesa que calla.

En la firma que legitima.


O del otro lado.


Diciendo, aunque incomode, que la carpeta roja es roja.


Y que hay cosas que, por más vueltas que les demos, nunca debieron ser discutibles.


Ahora hasta película hicieron.


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La publicación en Francia de «El consentimiento» supuso un bienvenido estallido en el sólido sistema de consagración de la intelectualidad francesa: la hoy editora Vanessa Springora relata cómo a los trece años quedó bajo el dominio psíquico y sexual del encumbrado escritor Gabriel Matzneff, un notorio pedófilo tres décadas mayor. Ni novela ni mero testimonio, la autora convierte con su escritura a su cazador en presa, actualiza el debate sobre moral y arte en tiempos del #MeToo y a la vez echa luz sobre aquella celebrada época donde el «prohibido prohibir» abrió las puertas a los depredadores.

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