Vámonos a Tulum
Del esplendor maya al turismo de lujo: la historia de un paraíso que todavía estamos a tiempo de rescatar.

Hay lugares que se ponen de moda y terminan convertidos en víctimas de su propia belleza. Tulum es uno de ellos. Durante años fue ese rincón del Caribe mexicano al que uno llegaba buscando algo distinto de Cancún: menos hoteles gigantes, menos prisa, más mar y selva. Dormir en una cabaña, caminar por la playa y sentir que la naturaleza todavía tenía la última palabra era parte de su encanto. Después llegaron los hoteles boutique, los restaurantes de diseño, las fiestas y una generación de viajeros que encontró aquí el escenario perfecto para reinventarse. Tulum dejó de ser una alternativa para convertirse en tendencia. Y las tendencias tienen la mala costumbre de devorar aquello que las hace deseables.
Pero esta historia comenzó mucho antes del turismo. La antigua ciudad maya de Zamá, cuyo nombre se relaciona con el amanecer, fue un asentamiento amurallado frente al Caribe y un importante punto de intercambio marítimo. Sus templos y el imponente Castillo no son el decorado de un destino vacacional: son el legado de una civilización que habitó y comprendió este territorio siglos antes de que alguien imaginara venderlo como experiencia turística.
Mientras Cancún se desarrollaba como centro internacional de vacaciones desde los años setenta, Tulum conservaba una escala mucho más pequeña. La expansión de las carreteras y de la Riviera Maya fue acercándolo a los viajeros hasta convertirlo, a finales de los noventa y principios de los dos mil, en una alternativa para quienes buscaban playas menos urbanizadas, pequeñas posadas y una experiencia más cercana a la naturaleza.
El sueño parecía posible: vivir entre la selva y el mar, trabajar a distancia, comer bien y escapar de las rutinas. Llegaron emprendedores, artistas, extranjeros y jóvenes atraídos por esa promesa de libertad. Pero, poco a poco, el paisaje comenzó a cotizarse en dólares.
La gentrificación no llegó con un letrero que anunciara el problema. Llegó envuelta en promesas de prosperidad, inversiones y empleos. Los terrenos subieron de precio, las casas se transformaron en alojamientos vacacionales y vivir cerca del trabajo se volvió cada vez más difícil para quienes atienden los restaurantes, limpian las habitaciones o sostienen los servicios que hacen funcionar el destino. La riqueza generada por el turismo no se distribuye de manera equitativa y, para muchos habitantes, el lugar donde viven empieza a resultarles inaccesible.
Al mismo tiempo, el crecimiento urbano presiona un entorno especialmente frágil. La selva no es un fondo verde que pueda sustituirse cuando deja de funcionar para la fotografía; los cenotes no son piscinas infinitas. El agua que circula bajo la península de Yucatán forma una red subterránea vulnerable a la contaminación. Los manglares protegen las costas y sirven de refugio a numerosas especies, mientras playas, lagunas y arrecifes forman parte de un sistema vivo que no entiende de temporadas altas ni de rentabilidad inmobiliaria.
A unos kilómetros se encuentra la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO. Sus manglares, humedales, lagunas y selvas albergan una extraordinaria diversidad biológica. También el Parque Nacional Tulum conserva ecosistemas costeros y hábitats fundamentales para distintas especies. Son espacios que recuerdan que el valor de esta región va mucho más allá de sus playas y sus hoteles.
Sin embargo, las aguas residuales, la presión sobre el acuífero, los residuos y la pérdida de vegetación plantean una contradicción difícil de ignorar: mientras más se vende la imagen de un paraíso natural, más urgente resulta preguntarse qué estamos haciendo para conservarlo.Hoy, Tulum enfrenta además señales de desaceleración turística. Entre enero y julio de 2026, la ocupación hotelera promedio pasó de 72.67% a 63.69% respecto del mismo periodo del año anterior, mientras el aeropuerto registró una disminución cercana al 33% en el movimiento de pasajeros, según cifras difundidas por autoridades turísticas y medios de comunicación. El sargazo, los precios elevados, la conectividad y la percepción de inseguridad figuran entre los factores señalados para explicar el retroceso.
No se trata de anunciar el fin de Tulum ni de atribuir su situación a una sola causa. Pero sí de preguntarnos qué ocurre cuando un destino se vuelve tan caro que corre el riesgo de alejar a sus visitantes y de expulsar, al mismo tiempo, a quienes lo mantienen vivo. El prestigio no garantiza la sostenibilidad, y construir más no significa necesariamente prosperar más.Contar esta historia como la crónica de un paraíso perdido sería, sin embargo, renunciar demasiado pronto a recuperarlo.
Tulum todavía ofrece experiencias extraordinarias lejos del lujo: recorrer la zona arqueológica y asomarse a la historia maya; conocer los cenotes con guías responsables; navegar por las lagunas de Sian Ka’an, observar aves y descubrir los manglares. También es posible acercarse a las comunidades mayas, escuchar sus historias y probar una gastronomía que mantiene viva la identidad de la región.
Iniciativas como Maya Ka’an, vinculadas con el turismo comunitario, muestran otra posibilidad: generar ingresos a partir del conocimiento local, la cultura y la conservación de la naturaleza. Para que ese modelo funcione, los beneficios deben llegar realmente a las comunidades y las actividades turísticas respetar los límites de los ecosistemas.
Rescatar Tulum exige más que una nueva campaña de promoción. Implica mejorar el tratamiento de aguas residuales, proteger los cenotes y manglares, ordenar el crecimiento urbano, garantizar servicios públicos y atender el problema de la vivienda. También requiere revisar qué turismo se quiere atraer y cómo repartir sus beneficios. No se trata de idealizar el pasado ni de negar que esta actividad genera empleos e ingresos, sino de evitar que la prosperidad económica destruya las condiciones naturales y sociales que la hacen posible.
Quizá haya que recuperar aquella intuición que llevó a tantos viajeros a descubrir este rincón del Caribe: que viajar puede ser una forma de acercarse a un lugar, no de consumirlo; de aprender de su naturaleza, no de apropiarse de ella.
Tulum no necesita regresar exactamente a lo que fue. Necesita decidir qué quiere ser. Puede seguir persiguiendo la próxima tendencia o aprovechar este momento para construir un modelo en el que la conservación, la calidad de vida de sus habitantes y el turismo dejen de competir entre sí.
Las modas pasan y los viajeros buscan otros horizontes. Lo importante es que, cuando eso ocurra, Tulum siga siendo un lugar donde sus habitantes puedan vivir dignamente y donde el mar, la selva y el agua continúen formando parte de la vida cotidiana.
Porque un paraíso no debería ser un privilegio reservado a quien puede pagar una noche frente al Caribe. Debería ser, ante todo, un lugar donde la vida —humana y natural— tenga futuro.
Vámonos a Tulum, sí, pero no solo a disfrutarlo. Vayamos también a conocerlo, respetarlo y defender aquello que todavía lo hace extraordinario.
Tulum en cifras: las señales de una crisis turística
OCUPACIÓN HOTELERA · ENERO–JULIO
2025
72.67%
2026
63.69%
TRÁFICO DE PASAJEROS DEL AEROPUERTO
−33%
Enero–julio de 2026 frente al mismo periodo de 2025.
VISITAS A LA ZONA ARQUEOLÓGICA
Más de −30%
Descenso reportado para el mismo periodo.
Fuentes: Secretaría de Turismo de Quintana Roo y El País, octubre de 2026.
SITUR-Q
Comparación: Tulum frente a Cancún
Indicador | Tulum | Cancún |
Ocupación hotelera, ene.–jul. 2025 | 72.67% | 76.77% |
Ocupación hotelera, ene.–jul. 2026 | 63.69% | 74.44% |
Variación de ocupación | −8.99 puntos | −2.33 puntos |
Pasajeros internacionales, ene.–jul. 2026 | 262,074 | 11,738,180 |
Variación de pasajeros internacionales | −43.0% | −5.1% |
Fuentes: SITUR-Q y Riviera Maya Economic Pulse, con datos turísticos de enero a julio de 2026.
El dato que mejor resume la encrucijada de Tulum: su ocupación hotelera cayó casi nueve puntos en un año, mientras Cancún registró una disminución mucho menor. No es solo una cuestión de menos visitantes: también está en juego la competitividad de un destino que necesita revisar sus precios, servicios, conectividad y relación con el entorno natural.

















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