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Zelenski, ¿un héroe moderno? El actor que terminó protagonizando la guerra de su vida

hace 9 horas
7 min de lectura

Se trata de no convertir a Volodímir Zelenski en una estatua de bronce. Su historia tiene todos los ingredientes de una tragedia contemporánea: un actor cómico que llega a la presidencia, un país invadido, un dirigente que decide quedarse cuando muchos esperaban verlo huir y una guerra que lo transforma en símbolo mundial. Pero también hay decisiones controvertidas, errores políticos, tensiones democráticas y preguntas incómodas sobre el poder.



Hay hombres que pasan la vida intentando convertirse en protagonistas de su propia historia y otros que, sin proponérselo, terminan atrapados en una historia que los supera. Volodímir Zelenski pertenece a la segunda categoría, aunque quizá no del todo. Porque antes de que las bombas rusas comenzaran a caer sobre Ucrania, él ya sabía cómo contar una historia, conquistar una audiencia y convertir un personaje en una figura memorable.


Lo que difícilmente podía imaginar era que un día el mundo entero estaría pendiente de sus palabras, de su ropa, de sus silencios y hasta de la posibilidad de que abandonara su país.


En febrero de 2022, cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala contra Ucrania, Zelenski dejó de ser únicamente el presidente de un país europeo y se convirtió en una imagen reconocible de resistencia. No vestía traje ni corbata. Aparecía con camisetas militares, barba de varios días y el rostro de un hombre que había envejecido frente a las cámaras. Su decisión de permanecer en Kyiv, en lugar de abandonar la capital, contribuyó a construir una de las imágenes políticas más poderosas de nuestro tiempo.


Pero conviene detenernos aquí. Porque una cosa es reconocer el valor de un dirigente que permanece junto a su población durante una invasión y otra muy distinta convertirlo en un héroe incapaz de equivocarse.


Antes del presidente estuvo el comediante.


Zelenski nació en 1978 en Kryvyi Rih, una ciudad industrial del entonces territorio soviético, hoy Ucrania. Estudió Derecho, pero encontró su camino en el entretenimiento. Se convirtió en actor, humorista, productor y empresario televisivo. Su carrera estuvo ligada a Kvartal 95, una compañía que construyó su popularidad a través de la sátira política y el humor.


Su mayor golpe de suerte —o de intuición— llegó con *Servidor del pueblo*, una serie en la que interpretaba a un profesor que, después de hacerse viral por denunciar la corrupción, terminaba convertido en presidente de Ucrania.


La ficción se parecía demasiado a una fantasía colectiva: un hombre común, sin los vicios de la clase política tradicional, llegaba al poder para hacer las cosas de otra manera.


En 2019, la ficción se convirtió en realidad. Zelenski ganó las elecciones presidenciales con alrededor del 73 por ciento de los votos en la segunda vuelta, derrotando al entonces presidente Petró Poroshenko. Su triunfo expresó el hartazgo de una parte importante de la sociedad ucraniana con la corrupción, las élites políticas y las promesas incumplidas.


Sin embargo, ganar una elección con un personaje atractivo no equivale a saber gobernar. Zelenski llegó con enorme popularidad, pero con una experiencia política limitada. Su principal promesa era renovar el sistema; su principal desafío consistía en demostrar que podía hacerlo sin terminar absorbido por él.


El hombre que no se fue


La invasión rusa cambió las condiciones de su presidencia y también la percepción internacional sobre su persona.


El 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin ordenó el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. El Kremlin presentó distintos argumentos para justificar sus acciones, pero el resultado fue una guerra que provocó muertes, destrucción, desplazamientos masivos y una crisis de seguridad europea.


Zelenski pudo haber quedado reducido a un presidente sin territorio seguro, obligado a gobernar desde el exilio. En cambio, permaneció en Kyiv y comenzó a comunicarse de manera constante con los ucranianos y con el resto del mundo.


Su experiencia frente a las cámaras resultó extraordinariamente útil. Entendía el poder de una imagen, la importancia de la repetición y la necesidad de transmitir un mensaje claro. Sus discursos ante parlamentos extranjeros, sus videos grabados en las calles de la capital y su insistencia en solicitar armamento y apoyo internacional ayudaron a mantener a Ucrania en el centro de la agenda mundial.


En esa decisión hay algo que merece reconocerse sin reservas sobre su trayectoria política: permanecer al frente de un país invadido implicaba un riesgo personal real. Y su capacidad para comunicar la resistencia ucraniana se convirtió en una herramienta de guerra y diplomacia.


Pero la guerra también hizo algo más: convirtió a Zelenski en un símbolo tan poderoso que, durante un tiempo, cualquier cuestionamiento a su gobierno podía confundirse con una concesión a Moscú.


Y ese es precisamente uno de los peligros de los héroes políticos. Cuando una sociedad necesita creer en ellos, puede terminar exigiéndoles menos cuentas, no más.


Los claroscuros del héroe


Antes de la guerra, Zelenski había prometido combatir la corrupción y renovar la política ucraniana. Esa promesa no desapareció con la invasión; al contrario, se volvió todavía más importante, porque la defensa del país depende también de la confianza de sus ciudadanos y de la ayuda de sus aliados.


En julio de 2025, su gobierno impulsó una reforma que reducía la independencia de dos organismos fundamentales en la lucha anticorrupción: la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania y la Fiscalía Especializada Anticorrupción. La decisión provocó protestas en distintas ciudades y críticas de socios europeos. Zelenski terminó respaldando la restauración de la independencia de esas instituciones. Reuters documentó tanto la controversia como la marcha atrás del gobierno.


El episodio reveló una contradicción importante: el presidente que llegó prometiendo transformar el sistema tomó una decisión que amenazaba con debilitar algunos de los mecanismos creados para vigilarlo.


No es un detalle menor. Tampoco demuestra, por sí solo, que toda su presidencia sea autoritaria. Lo que demuestra es que la resistencia militar y la defensa de las instituciones democráticas no siempre avanzan al mismo ritmo, y que un dirigente sometido a enormes presiones también puede intentar concentrar poder.


La guerra, además, ha impedido la celebración de elecciones nacionales ordinarias. Zelenski fue elegido en 2019 para un mandato de cinco años, pero la legislación ucraniana prohíbe celebrar elecciones bajo la ley marcial, vigente desde la invasión. El gobierno argumenta que la ocupación de territorios, los riesgos de seguridad y el desplazamiento de millones de personas dificultan organizar una votación libre y segura.


Sus críticos, por su parte, advierten sobre los riesgos democráticos de prolongar un gobierno sin elecciones. Ambas cuestiones deben formar parte de cualquier evaluación seria: la guerra explica las dificultades para votar, pero no elimina la necesidad de rendir cuentas ni la importancia de restablecer la competencia democrática cuando las condiciones lo permitan.


También hay que recordar que Ucrania arrastraba problemas de corrupción, debilidad institucional y concentración de poder antes de 2022. Zelenski no inventó esas dificultades, pero su promesa de combatirlas lo obliga a responder por las decisiones que toma su propio gobierno.


El verdadero examen de un dirigente no consiste en preguntarse si ha cometido errores. Todos los gobiernos los cometen. Consiste en saber si existen instituciones capaces de señalarlos, ciudadanos libres para protestar y mecanismos para corregirlos.


Trump, Putin y el escenario de los antagonistas


Si esta historia fuera una novela, Donald Trump sería el personaje que altera constantemente las reglas del juego. Su política exterior privilegia las negociaciones directas, la presión pública y la búsqueda de acuerdos que presenta como victorias personales. Su relación con Zelenski ha oscilado entre la cooperación, el enfrentamiento y las exigencias de que Ucrania acepte negociar el fin de la guerra.


Trump sostiene que busca terminar con el conflicto. La pregunta es bajo qué condiciones, con qué garantías y a costa de quién. Un acuerdo puede detener las muertes, pero su valor también dependerá de si protege la soberanía ucraniana y reduce el riesgo de una nueva invasión.


Putin ocupa un lugar diferente en esta historia. Fue el dirigente que ordenó la invasión a gran escala de un país soberano. Sus decisiones militares han tenido consecuencias devastadoras para la población ucraniana y han alterado el orden de seguridad europeo. Llamarlo el villano de esta narración es una interpretación moral posible; lo que no necesita interpretación es el hecho de que Rusia inició la invasión de 2022.


Zelenski, en medio de ambos, intenta defender la integridad territorial de su país mientras depende de la ayuda militar, financiera y diplomática de otras naciones. Esa dependencia lo obliga a negociar con líderes cuyos intereses no siempre coinciden con los de Ucrania.


La relación con Trump lo ilustra con claridad. Cuando el respaldo estadounidense se vuelve incierto o se condiciona a concesiones, Kyiv debe calcular cuánto puede resistir, qué puede negociar y qué riesgos implicaría aceptar un acuerdo desfavorable.


La diplomacia no siempre ofrece finales justos. A veces obliga a elegir entre opciones dolorosas. Pero también por eso importa conocer las condiciones de cualquier negociación, en lugar de celebrar automáticamente la promesa de paz o rechazarla sin examinar sus consecuencias.


¿Y qué queda del hombre detrás del uniforme?


Queda un presidente que entendió mejor que muchos de sus contemporáneos la importancia de la comunicación política. Queda un antiguo actor que consiguió conectar con una sociedad herida y mantener la atención internacional sobre su país. Queda un dirigente que decidió permanecer en Kyiv durante los primeros días de la invasión y que convirtió su presencia pública en un instrumento de resistencia.


También queda un gobernante cuyas decisiones han provocado críticas legítimas, que ha tenido que rectificar ante la presión ciudadana y que enfrenta la obligación de proteger las instituciones democráticas mientras dirige un país en guerra.


No sabemos cómo juzgará la historia a Zelenski. Dependerá, en buena medida, de cómo termine la guerra, de las condiciones de la paz, de la recuperación de Ucrania y de lo que ocurra con sus instituciones una vez que desaparezca la urgencia militar.


Quizá la pregunta no sea si estamos ante un héroe moderno. La palabra héroe suele simplificar demasiado a las personas y volverlas prisioneras de la imagen que construimos de ellas.


Quizá la pregunta más importante sea otra: ¿puede un dirigente defender la libertad de su país sin olvidar que esa libertad también implica limitar su propio poder?


Porque resistir una invasión es una tarea extraordinaria. Pero reconstruir una democracia, aceptar la crítica y devolver el poder a los ciudadanos son pruebas distintas, y no menos importantes.


Zelenski comenzó su carrera interpretando a un hombre que llegaba a la presidencia para cambiar la política. La realidad le entregó un papel mucho más difícil: defender a su país mientras el mundo observa cada uno de sus movimientos.


Todavía no conocemos el desenlace.


Y quizá esa sea la razón por la que su historia nos importa tanto. No porque tengamos delante a un héroe perfecto, sino porque estamos viendo a un hombre real enfrentarse a una situación extraordinaria, con decisiones que pueden merecer reconocimiento y otras que deben seguir sometidas al escrutinio público.


La historia no necesita que lo convirtamos en santo. Necesita que no dejemos de mirar.


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