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Tlalpan y el sueño perdido de un jardín elevado

  • hace 3 horas
  • 2 min de lectura

Mientras ciudades como Nueva York, París y Seúl transformaron viejas infraestructuras en parques elevados y espacios de encuentro, la nueva Calzada Flotante de Tlalpan reabre el debate sobre cómo imaginamos el espacio público en la Ciudad de México.


Se inauguró la llamada Calzada Flotante de Tlalpan. Lo que pudo haber sido un paseo urbano capaz de transformar la relación de la ciudad con el espacio público terminó convertido en una larga mole de concreto adornada con macetas. Mientras las autoridades celebran una obra que privilegia el tránsito y la infraestructura dura, resulta inevitable pensar en lo que otras ciudades han hecho con estructuras similares.



El ejemplo más conocido está en Nueva York. Allí, una antigua vía férrea de carga abandonada estuvo a punto de ser demolida. En lugar de desaparecerla, vecinos, urbanistas y arquitectos imaginaron otra posibilidad: convertirla en un parque elevado. Así nació la High Line, un corredor verde suspendido sobre Manhattan que hoy es uno de los espacios públicos más visitados y fotografiados del mundo.


El proyecto fue diseñado por el estudio de arquitectura Diller Scofidio + Renfro junto con James Corner y el diseñador de jardines Piet Oudolf. En lugar de borrar el pasado, decidieron integrarlo: las vías permanecieron visibles entre senderos, bancas y jardines inspirados en la vegetación espontánea que había colonizado el lugar durante décadas.


La idea no era nueva. París había abierto el camino en 1993 con la Promenade Plantée, un parque elevado de casi cinco kilómetros construido sobre una antigua línea ferroviaria. Décadas después, Seúl transformó un viejo paso elevado para automóviles en Seoullo 7017, un jardín peatonal poblado por miles de árboles y plantas. En Sídney, The Goods Line recuperó infraestructura ferroviaria para crear un corredor cultural y verde. Filadelfia apostó por Rail Park, inspirado directamente en la High Line, mientras que Chicago desarrolló The 606, una combinación de parque, ciclovía y sendero peatonal sobre antiguas vías de tren.


Todos estos proyectos comparten una misma filosofía: reutilizar espacios industriales o infraestructuras obsoletas para devolverlos a las personas. No se trata únicamente de sembrar árboles o colocar bancas. Son intervenciones que rescatan patrimonio urbano, promueven la movilidad peatonal, generan comunidad y ofrecen nuevas formas de habitar la ciudad.


En América Latina también existen intentos de recuperar espacios ferroviarios e industriales en ciudades como Buenos Aires, Medellín y la propia Ciudad de México. Sin embargo, ninguno ha alcanzado la escala, la ambición ni el impacto simbólico de la High Line neoyorquina.



Por eso la nueva Calzada Flotante deja una sensación extraña. No porque la ciudad necesite copiar a Nueva York, sino porque demuestra lo difícil que sigue siendo imaginar obras públicas que vayan más allá del concreto. Mientras en otras partes del mundo las viejas estructuras se convierten en jardines, corredores culturales y lugares de encuentro, aquí seguimos celebrando macetas donde pudo haber florecido una verdadera visión urbana.

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