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¿Sabían que Rocha Moya escribió una novela sobre cómo nació el narco en Sinaloa?

  • 14 may
  • 2 min de lectura

El disimulo: cuando la novela del narco se volvió espejo político


En 2013, antes de llegar al gobierno de Sinaloa, Rubén Rocha Moya publicó El Disimulo. Así nació el narco, una novela ambientada en “Chepederas”, un pueblo ficticio inspirado en Badiraguato. El libro narraba el origen del narcotráfico en la sierra sinaloense no como una irrupción criminal aislada, sino como una forma de organización social tolerada por todos: campesinos, policías, militares, políticos y caciques. El “disimulo” era precisamente eso: fingir que no pasaba nada mientras el negocio crecía frente a todos.



La historia planteaba un país dividido entre dos bandos. De un lado, los hombres honrados pero derrotados: el profesor que abre la primera escuela serrana, el ingeniero que se niega a trabajar para un capo y termina migrando como bracero a Estados Unidos, el médico asesinado después de salvarle la vida al “jefe de jefes”, el abogado académico que abandona su despacho para no sucumbir al dinero del narco. Personajes quijotescos que sobreviven apenas como testimonio moral y que terminan borrados del relato. Los ingenuos. Los que pierden.


Del otro lado aparece la lógica que verdaderamente domina Chepederas: la familia convertida en cártel y el cártel convertido en familia. Una lealtad “a piedra y lodo” sostenida por pactos, favores y silencios. Los capos no son retratados únicamente como criminales, sino como benefactores locales capaces de restaurar iglesias, organizar fiestas eternas y ocupar el vacío dejado por el Estado. En esa narrativa, el narcotraficante deja de ser villano y se convierte en una figura de poder regional, incluso de heroísmo torcido.


La novela describe policías que son al mismo tiempo sicarios “como si fueran dos cosas que se llevaran”, alcaldes ligados al narcotráfico y “barones de las drogas” protegidos por padrinos del propio gobierno. Personajes que no caen ni mueren: simplemente desaparecen dentro de la política. Ahí aparece una de las ideas más inquietantes del libro: la verdadera impunidad no está en la clandestinidad del narco, sino en su absorción por las instituciones.


El cierre de la novela está coronado por Martha Sofía Medina Urías, “La Soberana”, heredera del cártel familiar. Bella, fría y despiadada, asume el mando del imperio criminal, abre rutas internacionales y ejecuta personalmente a los traidores. Rocha eligió terminar la historia no con el derrumbe del narco, sino con su profesionalización y continuidad generacional.


Años después, el libro volvió a cobrar fuerza porque muchos comenzaron a leerlo menos como ficción y más como radiografía política de Sinaloa. Las coincidencias entre personajes, apellidos y dinámicas de poder alimentaron la discusión pública sobre dónde termina la novela y dónde comienza la realidad. Más aún tras las acusaciones hechas desde fiscales federales en Nueva York contra figuras políticas sinaloenses por presuntos pactos con el crimen organizado para garantizar gobernabilidad, elecciones y una supuesta “pax narca”.


Para muchos críticos, El Disimulo terminó funcionando como una explicación anticipada de la normalización política del narcotráfico en México. Una lógica donde la frontera entre autoridad y crimen se vuelve tenue hasta desaparecer. Donde el narco deja de ser excepción y se convierte en parte del orden.


Por eso el título terminó siendo más poderoso que la propia novela: el disimulo no era sólo el silencio de la sierra. Era una forma de gobierno.

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