Quiéreme entera
- 13 feb
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Ella mira por la ventana como si el mundo fuera un animal distante. La luz entra despacio, resbala por el piso antiguo de la casa en El Vedado y se queda suspendida en el polvo. Afuera, La Habana respira con ese ritmo húmedo que no se parece a ningún otro. Adentro, Dulce María Loynaz sostiene la mañana con la misma delicadeza con la que sostuvo su nombre durante décadas: sin estridencias, sin prisa.
La casa —hoy convertida en el Centro Cultural Dulce María Loynaz— fue antes refugio y frontera. Desde esa ventana vio pasar gobiernos, entusiasmos, silencios. Vio cómo la isla cambiaba de piel. Ella eligió otra velocidad. Mientras el siglo gritaba, Loynaz escribía bajito.
Nació en 1902, hija de un general de la independencia, pero su batalla fue íntima. Publicó poco. Se retiró mucho. Hubo años en que su nombre parecía borrado del mapa literario latinoamericano. Y sin embargo, estaba ahí, escribiendo como quien deja una botella en el mar. En 1992, cuando le otorgaron el Premio Miguel de Cervantes, el mundo literario volvió la cabeza hacia esa casa que siempre estuvo en el mismo sitio.
Desde la ventana, Loynaz no mira la calle: la mide. Su poesía no es un grito sino una exigencia suave. Amar, pero sin mutilaciones. Estar, pero completa. En su poema más citado lo dijo sin rodeos:
Quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra…
El poema se llama Quiéreme entera, y es casi un manifiesto. No es una súplica romántica; es una declaración de límites. Quiéreme entera: con lo que incomoda, con lo que no brilla, con lo que no encaja. En una época en que a las mujeres se les pedía discreción, ella pidió integridad.
Hay algo radical en esa sencillez. Loynaz no escribió para complacer. Escribió para sostenerse. Mientras otros buscaban pertenecer a generaciones y movimientos, ella se quedó en su casa, fiel a su cadencia. Tal vez por eso su obra no envejece: no depende de la moda, sino del pulso.
La ventana sigue ahí. La ciudad también. Cambian los autos, los discursos, las urgencias. Pero esa mujer que mira hacia afuera y escribe hacia adentro permanece. Como si supiera que el verdadero territorio no era la calle sino la palabra.
Y desde esa palabra —clara, firme, sin adornos innecesarios— todavía nos pide lo mismo: quiéreme entera.
Quiéreme entera
Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca, y gris, verde, y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!


















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