El populismo es igual de izquierda que de derecha
- 31 jul
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El populismo no tiene ideología: cambia de discurso, no de método

Durante años nos vendieron una idea cómoda: que el populismo era un fenómeno exclusivo de la izquierda latinoamericana. Después llegó Donald Trump, crecieron los nacionalismos europeos, apareció Javier Milei y la discusión cambió. Hoy resulta cada vez más difícil sostener que el populismo pertenece a una sola familia política. La realidad demuestra que puede vestir de rojo o de azul, de progresista o de conservador. Lo que permanece no es la ideología, sino la forma de ejercer el poder.
El populismo comparte un mismo manual. Divide al mundo entre "el pueblo bueno" y "los enemigos". Simplifica problemas complejos hasta convertirlos en consignas. Necesita un adversario permanente: las élites, los migrantes, los empresarios, los jueces, los medios, los intelectuales o los organismos internacionales. El enemigo cambia según la conveniencia del momento; la estrategia es idéntica.
También comparte otra característica: concentra el poder alrededor de un liderazgo personal. Las instituciones dejan de ser contrapesos para convertirse en obstáculos. La crítica deja de entenderse como parte de una democracia sana y comienza a interpretarse como un ataque contra el pueblo mismo. Cuando el líder se presenta como la única voz legítima, cualquier desacuerdo puede convertirse en una traición.
Las diferencias ideológicas, por supuesto, existen. La izquierda populista suele hablar de redistribución, justicia social y Estado fuerte. La derecha populista privilegia el nacionalismo, la identidad, el control migratorio y, en muchos casos, un mercado más libre. Pero ambas coinciden en algo mucho más importante: construyen relatos emocionales donde la complejidad desaparece y las soluciones siempre parecen inmediatas.
México conoce bien esta lógica. También Estados Unidos, Argentina, Hungría, Italia o El Salvador. Los nombres cambian, las promesas cambian y hasta los colores partidistas cambian. Lo que permanece es la apelación directa a las emociones, el debilitamiento de los intermediarios y la desconfianza hacia cualquier institución que limite el poder del gobernante.
Por eso el verdadero debate no debería ser si el populismo es de izquierda o de derecha. La pregunta correcta es qué sucede con una democracia cuando cualquier proyecto político, sin importar su orientación ideológica, comienza a privilegiar la lealtad sobre la competencia, la narrativa sobre la evidencia y la popularidad sobre las instituciones.
Las democracias no suelen morir de un solo golpe. Se erosionan lentamente. Empiezan cuando dejamos de exigir argumentos porque preferimos eslóganes; cuando justificamos excesos porque "los nuestros" los cometen; cuando aceptamos que un líder concentre más poder porque creemos que tiene buenas intenciones.
Quizá el mayor error de nuestro tiempo ha sido discutir de qué lado del espectro político vive el populismo. En realidad, el populismo es un método para conquistar y conservar el poder. Puede hablar en nombre de los pobres o de los contribuyentes; de la justicia social o de la patria; de la igualdad o de la libertad. Lo único que necesita es convencer a la ciudadanía de que solo existe una voz capaz de representar la voluntad popular.
Y cuando una democracia empieza a creer que una sola voz basta, deja de ser plenamente democrática, sin importar si esa voz se proclama de izquierda o de derecha.



















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