El partido empieza mucho antes del silbatazo
- hace 6 horas
- 3 min de lectura
No sé en qué momento el deporte dejó de depender sólo del entrenamiento para empezar a sostenerse también en pequeños actos de fe. Tal vez siempre fue así. Porque cuando ya no queda nada por hacer, cuando el árbitro está a punto de silbar y el resultado escapa de cualquier control, aparece ese territorio donde viven las supersticiones.

En México, los partidos de la selección despiertan un catálogo entero de rituales. Hay quien prende una veladora frente a la televisión y promete dejarla consumirse hasta el último minuto. Quien coloca un santo de cabeza para "apurar" el milagro, como si los santos también respondieran a las urgencias mundialistas. En algunas familias, el Niño Dios cambia por unas horas su tradicional túnica blanca por un diminuto uniforme verde, blanco y rojo. Las abuelas rezan un rosario completo antes del partido; los hijos se burlan... pero ninguno se atreve a mover la imagen del comedor. Por si acaso.
Hay supersticiones más discretas. Sentarse exactamente en el mismo lugar del sillón. Servir las papitas en el mismo tazón. No cambiar de camiseta aunque haga calor. No contestar llamadas durante los penales. No levantarse al baño si el equipo está atacando. Son reglas absurdas hasta que, una vez, México gana y entonces dejan de ser absurdas para convertirse en tradición.
Los deportistas tampoco escapan de esa necesidad de creer que existe un pequeño orden secreto. Rafael Nadal convirtió sus manías en parte del espectáculo: acomodaba con precisión milimétrica las botellas junto a la banca, caminaba siempre igual hacia la línea de fondo, evitaba pisar ciertas marcas de la cancha y repetía cada movimiento antes de sacar. No era un capricho. Él mismo explicó que esos rituales le daban calma cuando todo alrededor era presión.
El basquetbolista Michael Jordan usó durante años debajo del uniforme de los Chicago Bulls los shorts de la universidad donde comenzó a construir su leyenda. Serena Williams confesó que durante varios torneos siguió usando las mismas sandalias para llegar a la cancha porque sentía que le daban buena suerte. El beisbol está lleno de jugadores que no pisan la línea de cal, que comen exactamente el mismo desayuno o que dejan de afeitarse mientras dura una racha ganadora. En el futbol ocurre igual: algunos entran al campo con el pie derecho, otros se persignan tres veces, besan un escapulario, miran al cielo o tocan el césped antes del primer silbatazo.
Quizá ninguna de esas cosas cambie realmente el resultado. Ninguna veladora hace un gol ni un santo detenido de cabeza desvía un penal. Pero los rituales sirven para otra cosa: para recordarnos que incluso los más fuertes sienten miedo. Que un campeón también necesita un lugar donde dejar los nervios. Que el alto rendimiento convive con la esperanza, y que la ciencia del entrenamiento puede caminar al lado de una estampita guardada en la espinillera.
Por eso, cuando hoy juegue México, volverán a repetirse miles de ceremonias silenciosas. En alguna casa alguien encenderá una vela. En otra, un abuelo se negará a cambiar de asiento porque "la última vez funcionó". Un niño verá a su madre vestir al Niño Dios con los colores de la selección sin entender del todo por qué. Dentro de unas horas, el país entero parecerá ponerse de acuerdo en una misma superstición: creer que, si todos hacemos exactamente lo mismo que aquella vez en que fuimos felices, quizá la historia tenga ganas de repetirse.


















Comentarios