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La fiesta es para el mexicano una revuelta

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Actualizado: hace 5 horas

"La fiesta es una revuelta en el sentido literal de la palabra. En la confusión que engendra. La sociedad se disuelve, se ahoga en tanto que organismo regido conforme a ciertas reglas y principios. Pero se ahoga en sí misma, en su caos o libertad original".



Antes que el árbitro pite el final, México ya está celebrando. No importa si el gol cayó en el minuto noventa o si todavía faltan unos segundos para contener la respiración: en alguna calle ya sonó un claxon, alguien sacó una bandera por la ventana, un desconocido abrazó a otro desconocido y el grito de "¡México!" empezó a recorrer las ciudades como una ola. Desde fuera puede parecer exagerado. Desde dentro, es otra cosa. Es una necesidad.


¿Por qué México festeja así? La respuesta quizá la encontró Octavio Paz hace décadas


Hay países que celebran las victorias con aplausos. México las celebra como si el mundo se acabara al día siguiente.


Basta que la Selección Mexicana gane un partido para que las calles cambien de piel. Los coches dejan de ser coches y se convierten en comparsas de un desfile improvisado. Las avenidas se llenan de personas envueltas en la bandera nacional, los desconocidos se abrazan, los niños se suben a los hombros de sus padres y los vendedores ambulantes aparecen como por arte de magia ofreciendo cornetas, camisetas y espuma. Durante unas horas, todos parecen conocerse.


Siempre me ha intrigado esa intensidad. ¿Por qué un partido de futbol puede transformar un país entero? ¿Por qué gritamos hasta quedarnos sin voz, lloramos por once jugadores y convertimos una victoria deportiva en una fiesta nacional?


Tal vez la respuesta la escribió Octavio Paz mucho antes de que existieran las redes sociales, las pantallas gigantes o los fan fest.


En *El laberinto de la soledad*, Paz sostiene que la fiesta, para el mexicano, es una especie de revuelta. No una protesta organizada ni una revolución política, sino una ruptura con el orden cotidiano. Durante unas horas, dice, "la sociedad se disuelve". Las reglas dejan de importar, las diferencias sociales se vuelven borrosas y todos regresamos, de alguna manera, a un estado más primitivo, más libre.

México vive atravesado por contradicciones. Es un país inmensamente rico en cultura, historia y creatividad, pero también carga el peso de la violencia, la desigualdad, la corrupción y las incertidumbres de todos los días. Esa realidad no desaparece porque la Selección gane un partido. Sigue ahí. Pero durante unas horas deja de ocupar el centro de la conversación.


La fiesta no resuelve los problemas; suspende su dominio.


Paz decía que "todo cohabita, pierde forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial". En una celebración desaparecen las jerarquías. El abogado canta junto al albañil, la empresaria se abraza con el repartidor, el estudiante salta con el policía. Lo importante ya no es quién eres, sino que perteneces a ese instante compartido.


Quizá por eso el futbol tiene un poder tan particular en México. Porque consigue, aunque sea por noventa minutos y algunas horas más, construir algo que pocas cosas logran: una emoción colectiva.


La fiesta también es una forma de romper con el silencio. Paz escribe que el mexicano busca salir de sí mismo, desgarrarse, terminar en un alarido. Y basta escuchar el grito de un gol para entender que tenía razón. No gritamos únicamente por la pelota que cruzó la línea. Gritamos por todo lo que llevábamos guardando. Por el estrés, por el cansancio, por las preocupaciones, por las pérdidas, por las pequeñas derrotas cotidianas que nadie ve.


En ese momento se mezclan, como escribió el poeta, "el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito". La celebración no distingue entre lo solemne y lo absurdo. Hay quien prende una veladora antes del partido, quien besa una estampita, quien sale disfrazado de luchador, quien baila sobre el cofre de un automóvil o quien simplemente abraza a la primera persona que encuentra. Todo cabe porque la lógica deja de gobernar.


Y quizá eso sea lo que más desconcierta al mundo cuando observa a México celebrar. No es solamente una fiesta por un triunfo deportivo. Es un ritual profundamente cultural. Una válvula de escape. Un recordatorio de que, pese a todo, seguimos siendo capaces de encontrarnos alrededor de una misma emoción.


Hay quienes creen que los mexicanos exageramos. Puede ser. Pero también es cierto que pocos pueblos han aprendido a convertir la alegría en una forma de resistencia.


Al final, la fiesta mexicana nunca ha sido solamente ruido. Es memoria, identidad y catarsis. Es una manera de decir que seguimos aquí. Que todavía podemos cantar, abrazarnos y creer, aunque sea por una noche, que la felicidad también merece ocupar las calles.


Quizá por eso, cuando México gana, no celebra únicamente una selección. Celebra la posibilidad —breve, luminosa y profundamente humana— de olvidarse por un momento del laberinto y encontrarse, al fin, en la alegría.




Anitzel Díaz

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