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México 2025; el año en que nada terminó de romperse (pero todo crujió)

  • anitzeld
  • 23 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

México no estalló en 2025. Tampoco se recompuso. Lo que hizo fue crujir: un sonido seco, persistente, como el de una casa vieja que sigue en pie no por solidez, sino por costumbre. Las noticias del año no llegaron en forma de epifanías, sino de síntomas.


La generación Z salió a la calle. No marcharon por utopías sino por cansancio. Jóvenes que aprendieron a memorizar rutas seguras antes que himnos, que normalizaron la violencia como paisaje. No pedían un país nuevo, pedían uno vivible. Y aun así, parecían pedir demasiado.


El gobierno respondió con la herramienta más antigua del manual: detener. Más patrullas, más operativos, más arrestos. La seguridad volvió a medirse en números que suben y bajan según la narrativa. La pregunta quedó flotando —incómoda, persistente—: ¿cuántas detenciones hacen falta para que la violencia deje de reproducirse sola?


En la Ciudad de México, los toros se convirtieron en metáfora. La prohibición de las corridas violentas no fue solo una victoria animalista ni una derrota tradicionalista. Fue una discusión sobre el dolor ajeno, sobre qué violencias estamos dispuestos a conservar como patrimonio.


Mientras tanto, los programas sociales siguieron operando como una especie de respirador artificial del tejido social. No curan, pero mantienen con vida. Funcionan como recordatorio de que la desigualdad no desapareció; apenas aprendimos a administrarla mejor.


Estados Unidos, como siempre, habló más alto. Los amagos comerciales y las presiones económicas recordaron que el país sigue negociando su margen de maniobra. El nearshoring prometía emancipación; la realidad impuso cautela.


Luego estuvieron las tragedias. Explosiones, derrumbes, accidentes. No como castigos divinos, sino como facturas atrasadas. Infraestructura que falla, autoridades que llegan tarde, explicaciones que nunca alcanzan.


La violencia siguió filtrándose en lo cotidiano. Ya no sorprende que una fiesta termine en balazos o que un espacio público deje de serlo. El verdadero escándalo fue la falta de escándalo.


En el Congreso, el ruido fue literal. Gritos, empujones, escenas que parecían ensayo general del país: mucha voz, poco acuerdo. La política como confrontación permanente, no como construcción.

Incluso el cielo se volvió asunto político. La concentración del mercado aéreo abrió otra discusión sobre quién gana cuando la competencia se reduce y la eficiencia se vende como progreso.


Y aun así, en medio del cansancio, la cultura respiró. Un premio, una canción, un gol, una película. Pequeños recordatorios de que el país también se piensa a sí mismo fuera del conflicto.


2025 no fue el año del derrumbe ni el de la transformación. Fue el año en que aprendimos a escuchar el crujido. Y a vivir dentro de él.



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