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Crónica de una marcha: ¿qué pasó ayer?

  • anitzeld
  • 16 nov
  • 4 Min. de lectura

Ayer la Ciudad de México volvió a dividirse en dos: la marcha que avanzó en calma y la que terminó en llamas. En México, cuando las calles se llenan sin bendición del gobierno, siempre hay dos relatos que corren en paralelo. La marcha que exige con la voz rota, que carga carteles con nombres de ausentes; y la otra, la que aparece al final del día en las pantallas, amplificada por el estallido de un vidrio o la sombra de un encapuchado. Las dos rara vez se ven en tiempo real, pero en la historia que se cuenta después siempre acaban por rozarse. Y ese roce, ya lo sabemos, suele pesar más de un lado.


Yo iba en la primera: la marcha pacífica. La convocatoria empezó pequeña, casi tímida, pero se fue expandiendo como se expanden las cosas que tocan el nervio. De pronto éramos muchos. De todas las edades, de todos los rincones de este México tan diverso y tan cansado. Es cierto: no fue una marcha de jóvenes, como se había anunciado. Fue una marcha de mexicanos. Porque lo que pasa en este país nos atraviesa a todos, no sólo a la Generación Z a la que se le quiso colgar el cartel. Y sí, ahí íbamos también los “viejos”, como nos llamaron algunos ayer. Los que hemos vivido otras épocas y otras violencias.


No está bien ni mal; simplemente es. Cada quien carga su memoria como puede.

Así empezó la caminata: banderas de México al viento, sombreros de paja que se volvieron emblema, doctores con bata blanca, jubilados con paso lento, estudiantes con miedo y con rabia. Un orden doméstico, casi tierno: avanzar sin empujar, dejar pasar a quien se cansa, compartir agua con desconocidos. Esa fue la primera marcha.

La segunda apareció en el Zócalo. Un grupo encapuchado —el bloque negro— empezó a golpear las vallas de Palacio Nacional con martillos y piedras. No caminaron con las familias. No fueron parte del trayecto. Entraron al final, como suele pasar, cuando el humo del cansancio ya está en el aire y la policía se arrincona detrás de sus escudos. Derribaron las láminas. La policía respondió con gases. Ahí quedó la postal que hoy domina los titulares: un brazo levantado frente a una nube blanca, un casco brillando bajo las luces, la trinchera que siempre se arma aunque nadie la haya pedido.


El saldo oficial: más de 120 heridos, la mayoría policías, y una veintena de detenidos. Cifras que se repiten como un ritual y que explican poco del fondo.


Porque aceptémoslo: la violencia vende. Lo que más se comparte es lo que más escandaliza. Las fotos de la marcha pacífica —las pancartas por las víctimas, los abrazos entre desconocidos, el reclamo sin romper nada— quedan fuera de foco. Lo que se impone es la imagen que confirmará prejuicios: caos, fuego, ruptura. Y así, lo que era una multitud caminando junta termina reducido a treinta segundos de estruendo.


Aun así, lo que pasó importa. Importa porque revela una herida que no cierra: la distancia entre quienes sostienen que la protesta debe ser paciencia y calle, y quienes creen que nada se mueve si no se empuja con fuerza. Importa porque es un recordatorio de que este enojo ya no cabe sólo en una generación, ni en una etiqueta política, ni en un hashtag que dure 48 horas.


Porque, al final, toca algo más difícil: dejar que las cosas maceren, mirar el día desde un poco más lejos, dejar descansar las emociones para intentar ver las cosas con más claridad. Ayer, como siempre, hubo dos marchas.


La verdadera dificultad está en contarlas sin mentir sobre ninguna.a.



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Lo que dicen los medios


Durante la marcha se escucharon consignas contra el gobierno y críticas a la inseguridad, la impunidad y la violencia en el país. También se observaron sombreros de paja —convertidos en símbolo opositor— y algunas banderas negras alusivas a One Piece, emblema adoptado por sectores juveniles. El reciente asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue uno de los detonantes del descontento, especialmente entre participantes provenientes de Michoacán.


En redes sociales, algunos grupos juveniles del oficialismo se deslindaron de la convocatoria al ver que era impulsada por políticos como Vicente Fox y el empresario Ricardo Salinas Pliego. El gobierno, por su parte, acusó que la marcha fue manipulada por la derecha y amplificada por bots.


Sheinbaum pidió que las protestas continúen por la vía pacífica y señaló que, pese a que la convocatoria apelaba a la Generación Z, “muy pocos jóvenes” asistieron. La jornada se suma a un ciclo de movilizaciones recientes contra la inseguridad, reformas judiciales y la falta de justicia por las miles de personas desaparecidas en México.


Entre las más recientes protestas con amplia convocatoria estuvieron las del año pasado que intentaron detener la reforma del Poder Judicial por temor a que se politizara la impartición de justicia, y las de colectivos feministas o de movimientos de derechos humanos que exigen justicia por los más de 130.000 desaparecidos del país.



Anitzel Díaz


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La bandera de One Piece y el despertar global de la Gen Z Muchos piensan que la marcha de la Generación Z, ondeando una bandera de One Piece , es un montaje político o una estrategia para manipular a los empezó a repetirse un símbolo inesperado: la bandera del sombrero de paja pirata,


Antecedentes de la marcha


“Muro del miedo” en Palacio Nacional


La protección fue intervenida desde el viernes 14, mediante las imágenes donde aparecen 12 políticos presuntamente vinculados a organizaciones criminales como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el Cártel de Sinaloa (CDS), además de que también fue pintada la palabra “Narcoestado”.


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