top of page

La esperanza también incomoda

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

“La memoria nos da poder, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables”, escribe la autora en «El camino inesperado», donde anima a mirar al pasado para demostrar que los cambios a mejor son posibles.


Lumen
Lumen

Hay días en que abrir el periódico parece un ejercicio de masoquismo. Un incendio más. Otra fosa clandestina. Un río convertido en drenaje. Un bosque que pierde la batalla contra una inmobiliaria. Una reforma que divide al país. Un algoritmo que recompensa el odio porque genera más clics que la empatía.


Y entonces alguien te dice que tengas esperanza.


La palabra suena casi ofensiva.


Quizá por eso Rebecca Solnit me parece una autora necesaria. No porque venga a repartir optimismo —que no es lo mismo—, sino porque desmonta una de las grandes mentiras de nuestro tiempo: creer que la historia ya está escrita y que nosotros solo somos espectadores. En *El camino inesperado*, Solnit recuerda que el presente es incomprensible para quien ha olvidado el pasado y que la memoria no sirve para vivir de nostalgias, sino para entender que las sociedades cambian cuando alguien se atreve a empujarlas.


Mientras la leía no podía dejar de pensar en México.


En este país llevamos años instalados en una conversación permanente sobre bandos. Todo termina reducido a una pelea entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, entre pueblo y élites. Mientras discutimos quién ganó la narrativa del día, el agua sigue desapareciendo de los acuíferos, las ciudades se expanden sobre humedales, los colectivos siguen buscando a sus desaparecidos y la violencia se volvió un ruido de fondo con el que aprendimos a desayunar.


Eso también es desesperanza.


No la que grita, sino la que normaliza.


La que nos hace creer que las cosas siempre fueron así y siempre serán así.


Solnit escribe que la desesperanza es un lujo. La frase parece sencilla, pero es profundamente política. Porque quien está frente a una amenaza real —una madre buscadora, una comunidad indígena que defiende su territorio, una científica que documenta el colapso climático o una periodista que investiga al poder— no tiene el privilegio de rendirse. La resignación siempre favorece a quien ya controla la conversación.


Vivimos una época curiosa. Nunca habíamos tenido tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil olvidar. Las noticias duran horas. Los escándalos, días. La indignación se consume con la misma velocidad con la que se desliza un dedo sobre la pantalla. El algoritmo ya decidió que lo importante no es comprender, sino reaccionar.


Por eso leer a Solnit resulta casi un acto de desobediencia.


Ella insiste en que la memoria da poder porque nos recuerda algo que los discursos autoritarios prefieren ocultar: los sistemas también se caen. Las certezas también envejecen. Los imperios también terminan. Los derechos que hoy parecen intocables alguna vez fueron una exigencia considerada radical.


Pienso en las mujeres mexicanas.


Hace apenas unas décadas discutían si podían votar, estudiar ciertas carreras o decidir sobre su propio cuerpo. Hoy México tiene una presidenta. Pero sería ingenuo creer que la historia terminó ahí. La representación política no garantiza justicia. La violencia feminicida sigue ocupando titulares y, al mismo tiempo, resurgen voces que intentan convencernos de que el feminismo ya fue demasiado lejos. Solnit responde con otra idea incómoda: el feminismo apenas empieza porque transformar una cultura toma mucho más tiempo que ganar una elección.


Lo mismo ocurre con la crisis ambiental. Mientras aquí discutimos si un árbol vale menos que una obra pública o si un manglar puede sacrificarse en nombre del desarrollo, el planeta sigue enviando señales que ya no admiten interpretación. Sequías, incendios, inundaciones y olas de calor dejaron de ser advertencias para convertirse en rutina. Solnit propone otra manera de mirar: no preguntarnos cuánto podemos seguir explotando la naturaleza, sino cuándo decidiremos hacer las paces con ella.


Hay una frase del libro que me persiguió durante varios días: el futuro no es un lugar al que vamos; es un lugar que estamos construyendo con lo que hacemos —o dejamos de hacer— en el presente.


Tal vez ahí está el verdadero problema.


Nos convencieron de que participar consiste en votar cada cierto número de años. De que cuidar el medio ambiente es reciclar una botella. De que la democracia depende exclusivamente de quienes ocupan un cargo público.


Pero la historia nunca ha funcionado así.


La historia la cambiaron mujeres que marcharon cuando nadie las escuchaba, comunidades que defendieron un río, periodistas que siguieron investigando pese a las amenazas, científicos que insistieron en mostrar datos incómodos y ciudadanos que decidieron no acostumbrarse.


Quizá por eso terminé el libro con una sensación extraña. No salí más optimista. Salí más responsable.


Porque si algo deja claro Rebecca Solnit es que el poder necesita que pensemos que nada puede cambiar.


Y quizá la forma más silenciosa de resistencia, en estos tiempos de ruido, sea negarnos a creerle.


Historias del día

¡Gracias por suscribirte!

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter

© 2025 

Las noticias directo en tu email. Suscríbete nuestro boletín semanal.

bottom of page