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“Los halcones que enseñaron al mundo a esperar”

  • anitzeld
  • 9 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

—Fíjate, mi niño, que allá en Australia hay una historia que tiene a todo el país pegado a la pantalla… pero no por una serie de Netflix, no. Esta se llama Nestflix, con “nido”, y sus protagonistas son unos halcones peregrinos que viven hasta arriba de un edificio, como si hubieran rentado el penthouse más caro de Melbourne.

Desde agosto, miles de personas los siguen día y noche, viendo cómo nacieron sus pollitos y cómo ahora, los condenados, ya andan practicando el vuelo desde un balcón a treinta y cuatro pisos de altura. Imagínate.


Dicen que la mamá halcón les pasa volando con palomas en las garras, nada más para picarlos de coraje: “¿Tienen hambre? Pues a volar si quieren comer”, parece decirles. Y el señor que los estudia, un tal doctor Hurley, cuenta que eso les ayuda a perder peso y fortalecer las alas, que es la única forma en que pueden lanzarse al vacío sin caerse como piedra.


Y pensar que todo empezó hace más de treinta años, cuando ese mismo biólogo se dio cuenta de que los pobres halcones ponían sus huevos en la canaleta metálica del edificio, donde el frío los echaba a perder. Entonces les puso una cajita de madera, y al año siguiente nacieron los primeros tres polluelos.


Con el tiempo les pusieron cámaras —primero para los empleados del edificio, y luego en YouTube— y así nació Nestflix. Ahora tienen hasta su grupo de fans en Facebook, con más de cincuenta mil personas que no se pierden un solo movimiento. Durante la pandemia fue una locura: mientras todos encerrados en casa, ellos mirando cómo nacía la vida desde un nido a media ciudad.


Y ahí, en esos días raros y silenciosos del encierro, hubo algo que conmovió a todos: la terquedad amorosa de los padres halcones. Día y noche, cazaban, regresaban con el alimento, se turnaban para empollar, para vigilar, para esperar. Nada los detenía. Ni el frío, ni la lluvia, ni la soledad del aire vacío. Eran dos criaturas diminutas pero obstinadas, trayendo vida al mundo cuando todo lo demás parecía suspendido. Y sí, se notaba el cansancio, el esfuerzo, a veces hasta el fastidio… pero seguían. Como si supieran que su tarea era recordarnos que la vida, aunque duela, insiste.



Y vaya que han tenido su novela. Que si una hembra pelea con otra y se queda con el nido; que si llega un macho joven y mata al viejo para quedarse con la casa y los hijos; que si un temblor sacudió el edificio y la pobre halcona casi se cae del susto. Dicen que la gente gritaba frente a la pantalla como si fuera final de telenovela.


Pero, mi niño, lo más bonito es verlos aprender a volar. Los tres pollitos de este año ya están listos, nomás esperando el momento. El macho despega primero, las hembras después porque pesan más. Y todos rezan para que no se estrellen contra los vidrios, porque a veces pasa. El año pasado uno se fue a dar directo contra una terraza y tuvieron que llevarlo a un centro de rehabilitación, como si fuera héroe de guerra.


El doctor Hurley dice que solo cuatro de cada diez sobreviven al primer año. Cuatro, imagínate. Pero los que lo logran se vuelven los animales más veloces del mundo: pueden volar a casi cuatrocientos kilómetros por hora. Y ahí andan, cazando palomas sobre los rascacielos, viviendo su vida libre.


En los comentarios del grupo, la gente escribe cosas como “ya tengo mis binoculares listos” o “mi corazón no aguanta verlos volar”. Y yo los entiendo. Hay algo en esos pajaritos que te da esperanza, como si recordaras que la vida sigue su curso aunque el mundo se caiga a pedazos.


Así que fíjate bien, chamaco: hasta en los rincones más lejanos del planeta, siempre hay un nido donde la vida vuelve a empezar. Solo hace falta mirar un poco más arriba.


Video en vivo:




Una lección de vuelo (y vida)


Los halcones peregrinos —las criaturas más veloces del planeta, capaces de alcanzar 389 km/h— estuvieron al borde de la extinción en Australia por el uso de pesticidas. Desde los años ochenta, sin embargo, se han recuperado y hoy viven en casi todas las grandes ciudades, donde los edificios hacen de acantilados.

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