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En boga: el término “narcoterrorismo” — o cómo una palabra puede mover ejércitos

  • anitzeld
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura


Las palabras no son inocentes. Algunas pasan como aire; otras caen como piedras. Y de pronto, sin previo aviso, una palabra se pone de moda y empieza a hacer cosas: abre titulares, justifica decisiones, desplaza debates, reordena mapas. Eso es lo que está pasando hoy con una palabra que hasta hace poco vivía en los márgenes académicos y ahora está en el centro del poder: “narcoterrorismo”.



Está en boga. La repite Donald Trump. La replican voceros oficiales, analistas, noticieros, tuiteros, diplomáticos. Se desliza con facilidad entre “seguridad nacional”, “amenaza global” y “acción preventiva”. Y en ese deslizamiento, la palabra hace su trabajo: convierte un problema criminal en un enemigo existencial.

Porque no es lo mismo decir narcotráfico que decir narcoterrorismo. El primero es delito. El segundo es guerra.


El narcotráfico remite a policías, jueces, extradiciones, procesos largos, grises, imperfectos. El terrorismo remite a otra cosa: urgencia, excepcionalidad, bombas, flotas, listas negras, enemigos absolutos. Al unir ambas palabras, el lenguaje produce un tercer objeto político: algo que no encaja ni en el derecho penal ni en la diplomacia clásica, sino en el terreno de la excepción permanente.


Eso es lo que vuelve tan potente —y tan peligrosa— a esta palabra de moda.

Cuando la administración Trump empieza a designar organizaciones criminales como “organizaciones terroristas extranjeras”, no solo está cambiando una etiqueta: está cambiando el marco mental desde el cual se toman decisiones. Ya no se trata de combatir redes de crimen, sino de neutralizar amenazas. Ya no se trata de cooperación internacional, sino de defensa. Ya no se trata de delitos, sino de enemigos.


Y los enemigos —históricamente— no se juzgan: se eliminan.


Ahí está la fuerza real de la palabra. No describe: habilita. No explica: autoriza. Abre la puerta a acciones que, bajo otra narrativa, serían políticamente impensables o legalmente cuestionables.


En nombre del “narcoterrorismo” se hunden embarcaciones, se justifican operaciones militares, se endurecen sanciones, se redibujan alianzas, se tensan fronteras. En nombre del “narcoterrorismo” un gobierno puede pasar de socio incómodo a amenaza intolerable en cuestión de semanas. La palabra funciona como un atajo discursivo que evita explicar demasiado y permite actuar demasiado rápido.


Y lo más inquietante: el término es deliberadamente borroso. ¿Qué lo define exactamente? ¿La violencia? ¿El tráfico? ¿La ideología? ¿La cantidad de muertos? ¿La cercanía con un gobierno enemigo? Nadie lo ha delimitado con precisión, y eso no es un error: es su ventaja política. Mientras más elástica la palabra, más amplio su uso.

Hoy puede servir para nombrar a un cártel; mañana a una red migratoria; pasado a un gobierno incómodo; luego a una zona entera del mapa. La palabra se mueve antes que las pruebas. El relato llega antes que los datos.


Por eso está en boga: porque es útil. Porque condensa miedo, moralidad y urgencia en una sola cápsula semántica. Porque transforma un problema complejo en un relato simple de buenos contra malos. Porque ordena el mundo sin necesidad de comprenderlo.


Pero también porque vivimos un momento político que necesita enemigos claros para sostener consensos frágiles. El “narcoterrorista” cumple hoy la función que antes cumplía el “comunista”, el “subversivo”, el “insurgente”, el “extremista”: un otro absoluto al que no se le escucha, no se le negocia, no se le explica — se le combate.


El riesgo no es solo geopolítico. Es también democrático. Cuando las palabras empiezan a operar como armas, el lenguaje deja de ser un espacio de discusión y se convierte en un campo de batalla. Y cuando eso pasa, ya no debatimos políticas: alineamos trincheras.

Tal vez por eso conviene detenerse un segundo ante esta palabra de moda. No para defender criminales —nadie serio propone eso— sino para preguntarnos qué mundo estamos construyendo cuando aceptamos sin más que toda violencia ajena es terrorismo y toda respuesta propia es defensa.


Porque al final, la pregunta no es solo quién es narcoterrorista.La pregunta es qué estamos autorizando cuando lo decimos.


Y eso —mucho más que la palabra misma— es lo verdaderamente en boga.


¿Guerra contra el narcotráfico o contra los símbolos del otro?


Si algo deja en claro la era del “narcoterrorismo” trumpista es que las etiquetas políticas importan tanto o más que los hechos mismos. Al transformar al narcotráfico en una amenaza existencial, la Casa Blanca ha logrado movilizar apoyo de base, justificar políticas audaces y redefinir su política hemisférica. Pero también ha encendido tensiones, cuestionamientos legales y una narrativa donde la frontera entre seguridad y hegemonía se vuelve peligrosamente difusa.


¿Cómo terminamos llamando a un cártel terrorista y a un estado culpable sin prueba pública de conspiración terrorista? Esa es la pregunta que no solo los analistas, sino también los ciudadanos de las Américas deberíamos hacernos mientras la historia sigue desplegándose.

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