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8M La mujer que se convirtió en voz

  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

De Tonantzin al 8M


Tonantzin es la Madre Tierra, la energía que representa la creación y la destrucción, la fertilidad y la muerte. https://www.facebook.com/Juanelohdez.mx
Tonantzin es la Madre Tierra, la energía que representa la creación y la destrucción, la fertilidad y la muerte. https://www.facebook.com/Juanelohdez.mx

Cada 8 de marzo, las calles de la Ciudad de México se pintan de morado. Es memoria que camina.


La historia de la mujer mexicana no empezó con la consigna “Ni una menos”. Tampoco con el voto femenino en 1953. Empezó mucho antes, cuando el poder se organizó en clave patriarcal y la autoridad tuvo rostro masculino. Desde entonces, la violencia —simbólica, económica, física— ha sido una corriente constante. A veces visible como guerra; otras, silenciosa como norma.


El Museo Amparo conserva una de las reproducciones más interesantes de Coatlicue, una réplica a creada por la artista Mariana Castillo Deball. Pinterest.
El Museo Amparo conserva una de las reproducciones más interesantes de Coatlicue, una réplica a creada por la artista Mariana Castillo Deball. Pinterest.

Antes de la Conquista, las mujeres mayas administraban recursos, tejían redes políticas, sostenían economías domésticas que eran algo más que cocina y crianza. Algunas legitimaron gobiernos; pocas gobernaron. La cifra —cuatro mujeres entre 152 mandatarios mayas— no es anécdota: es estructura. El poder ya estaba cercado.

Y sin embargo, lo femenino ocupaba el centro del universo simbólico. Ahí estaban las diosas, la fertilidad, la tierra, el agua. Ahí estaba Tonantzin (Coatlicue), Nuestra Madre. La madre de los dioses. La matriz.


La violencia no siempre fue un golpe. También fue exclusión del saber, del templo, del trono.

Luego vino 1521. La Conquista no solo sometió territorios: reordenó los cuerpos. La imposición del catolicismo, la crisis demográfica, el sistema de castas, consolidaron una nueva jerarquía donde la mujer quedó definida por su relación con un hombre: padre, esposo, hijo. La obediencia se convirtió en virtud moral.


En ese cruce de mundos aparece La Malinche. Malintzin fue esclavizada, entregada, bautizada y convertida en intérprete de Hernán Cortés. Su cuerpo fue territorio político. Su lengua, herramienta de conquista. Durante siglos fue nombrada traidora, como si la historia la hubiera escrito ella sola.


Pero la violencia que la rodeó rara vez se menciona: venta, traslado forzado, conversión religiosa, concubinato bajo ley castellana. En la narrativa nacional, ella cargó con la culpa de un proceso dirigido por imperios. La mujer convertida en símbolo del pecado original de la patria.


Mientras tanto, Tonantzin fue transformada en Nuestra Señora de Guadalupe. La madre indígena resignificada bajo la estética cristiana. Morena, virgen, protectora. La estrategia fue eficaz: no se eliminó el símbolo, se moldeó. La maternidad siguió siendo el núcleo de la identidad femenina aceptada. Madre pura. Madre sufriente. Madre que cobija.


El problema no es la madre. Es que durante siglos se nos permitió ser casi únicamente eso.


En el Virreinato, las mujeres quedaron fuera de las universidades. El saber era masculino. Algunas, como Sor Juana Inés de la Cruz, encontraron refugio en el claustro para poder pensar. Escribió, cuestionó, incomodó. Pagó el precio del silencio impuesto. La violencia intelectual también es violencia.


El 8M no surge en el vacío. Es la acumulación de esas capas: la diosa convertida en virgen domesticada; la intérprete convertida en traidora; la escritora convertida en escándalo; la trabajadora convertida en sombra.


Hoy la violencia tiene cifras: feminicidios, desapariciones, impunidad. Pero no es nueva. Es heredera de un orden donde el hombre concentró recursos, decisiones y legitimidad pública desde tiempos antiguos. Patriarcal, clasista, autoritario. La frase no es retórica; es descripción histórica.


En las culturas mesoamericanas, algunas mujeres participaron en la legitimación del poder dinástico. Hoy, miles legitiman otra cosa: la protesta. Las marchas del 8 de marzo son también un ritual político. Si antes las estelas mostraban a mujeres sellando linajes, ahora los muros muestran nombres de víctimas. La iconografía cambió de soporte, no de urgencia.


Hay un hilo que une a la ahuianime señalada como inmoral con la joven actual juzgada por cómo viste. Un hilo que conecta a Malintzin con la mujer que es culpada por “provocar”. Un hilo que va de la imposición religiosa que dictaba obediencia al mandato contemporáneo que exige silencio.


Pero también hay otro hilo: el de la resistencia.


Tonantzin sobrevivió bajo otro nombre. Las mujeres también. Se adaptaron al virreinato, a la República, al siglo XX industrial, al XXI digital. No siempre pudieron gobernar, pero sostuvieron economías, transmitieron cultura, preservaron lenguas, educaron generaciones.



El 8M no es una importación extranjera ni un capricho contemporáneo. Es una relectura de nuestra propia historia. Es decir: la violencia no empezó ayer y la lucha tampoco.

Cuando miles gritan en las calles, no están negando la figura materna que Guadalupe representa; están ampliándola. No queremos ser solo símbolo de pureza o sacrificio. Queremos ser sujetos políticos completos, con acceso al conocimiento, al poder, a la seguridad.


La historia mexicana ha usado a la mujer como emblema —de la patria, de la traición, de la fe— pero pocas veces la ha colocado como protagonista de sus propias decisiones.

Tal vez el gesto más radical del 8M sea ese: dejar de ser imagen y convertirse en voz.

Si Tonantzin fue moldeada pero no extinguida, la lucha de las mujeres mexicanas ha seguido el mismo camino. Ha sido silenciada, descalificada, criminalizada. Y aun así, vuelve.


Cada 8 de marzo no nace algo nuevo. Se reactiva una memoria larga. Una que empezó antes de la Conquista, atravesó el Virreinato, resistió la moral impuesta y hoy enfrenta otra forma de violencia estructural.


La historia nos quiso madres, musas o traidoras. El 8M responde: también somos historia.



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