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La indignación importada

  • anitzeld
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Por qué defendemos dictaduras que no sufrimos


Hay una pulsión casi automática en cierto activismo: defender una causa antes de entenderla. No importa cuál sea el objeto —un gobierno, una revolución envejecida, un líder convertido en símbolo— lo importante parece ser estar del lado correcto de la historia, aunque no sepamos muy bien de qué historia estamos hablando.


No todas las causas lo ameritan. Y no toda indignación es virtuosa.


La reacción ante la captura de Nicolás Maduro es un buen ejemplo de este desfase. Dentro de Venezuela —y entre buena parte de la diáspora venezolana— la reacción ha sido, mayoritariamente, de alivio, celebración y explicación: explican por qué importa, por qué llega tarde, por qué no es suficiente pero sí necesaria. Lo hacen con memoria. Con biografía. Con hambre, con exilio, con muertos.


La indignación, en cambio, viene sobre todo de fuera.


Desde universidades del Norte global, desde activismos digitales, desde sectores de la izquierda latinoamericana que hace tiempo dejaron de mirar a los países reales y prefieren mirar símbolos: ahí surge el discurso del “golpe”, del “imperialismo”, de la “persecución política”. Es una indignación abstracta, desanclada del costo humano concreto del régimen que defienden.


Pero hoy esa indignación no sólo es ideológica: es también algorítmica.


Las plataformas no nos muestran la realidad; nos muestran aquello que confirma lo que ya creemos. El algoritmo no premia la duda, la complejidad ni el dato incómodo: premia la emoción, la certeza, el bando. Así, quien ya sospecha de “Occidente” recibirá sin parar videos sobre conspiraciones imperiales; quien se identifica con la izquierda recibirá contenidos que presentan cualquier crítica como traición; quien cree en la épica revolucionaria recibirá versiones épicas de gobiernos que hace tiempo dejaron de serlo.


El resultado es una cámara de eco moral: no vemos países, vemos narrativas; no escuchamos voces, escuchamos versiones; no contrastamos experiencias, las filtramos.

Por eso se vuelve tan fácil indignarse por Venezuela sin escuchar a los venezolanos.


Lo que se defiende ya no es a Venezuela, sino a una idea: la idea de que todavía existe una izquierda estatal, antiimperialista y popular que no terminó convertida en aparato autoritario. Defender a Maduro se vuelve una forma de defender una nostalgia.


Por eso la reacción es tan emocional y tan poco empírica. No se discuten cifras de inflación, migración, presos políticos, represión. No se habla del colapso de los servicios públicos, de la militarización de la vida cotidiana, del vaciamiento institucional. Se habla en cambio de “soberanía”, “intervención”, “Occidente”, como si el problema fuese un tablero geopolítico y no un país que se deshizo por dentro.


Hay algo profundamente colonial en esta forma de indignación: se le pide a una sociedad que siga sufriendo para que otra pueda conservar su coherencia ideológica. Que los venezolanos soporten la miseria para que otros no tengan que revisar sus categorías políticas.

Las dictaduras de izquierda latinoamericanas sobreviven menos por su legitimidad interna que por su utilidad simbólica externa. Funcionan como tótems: permiten que sectores progresistas del mundo sigan creyendo que existe un “lado bueno” automático en la historia, que basta con ubicarse contra Estados Unidos para estar del lado correcto.


Pero la política no funciona así. La ética tampoco.


Si quienes viven bajo un régimen lo celebran cuando cae —aunque caiga de manera imperfecta, tardía o incompleta— tal vez lo mínimo exigible no sea indignarse por ellos, sino escucharlos.


No toda causa merece defensa automática. No toda indignación es justicia. A veces la indignación no es más que el duelo por una fantasía que se acaba.


Y eso duele más que revisar la realidad.







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