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Las batallas en el desierto o la ciudad donde todavía viven nuestros abuelos

  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

Cuando caminar por la Roma también es recorrer la memoria de la Ciudad de México.



Hay libros que una termina de leer y vuelve a colocar en el librero. Y hay otros que se quedan caminando con una. *Las batallas en el desierto* pertenece a esa rara especie. Desde la primera vez que lo leí, hace ya varios años, no pude volver a recorrer la colonia Roma sin pensar que, en alguna de esas banquetas, Carlos iba persiguiendo una pelota mientras el país entero creía que el futuro era una promesa.


A veces hago ese recorrido sin darme cuenta. Salgo del Metro, camino unas cuadras, entro a una cafetería donde un café cuesta lo mismo que antes costaba una comida completa y miro las fachadas restauradas, las bicicletas, los árboles viejos resistiendo entre edificios nuevos. Entonces recuerdo a José Emilio Pacheco y pienso que la Ciudad de México tiene una extraña costumbre: desaparece sin irse del todo.


Mi ciudad siempre ha sido una colección de fantasmas.


Los edificios guardan personas que ya no están. Las calles conservan nombres que pocos recuerdan. Hay cines convertidos en tiendas, vecindades donde ahora hay departamentos de lujo y mercados que siguen oliendo igual que hace cincuenta años. La ciudad cambia tan rápido que, a veces, pareciera tener prisa por olvidar quién fue.


Quizá por eso la novela duele tanto.


Porque uno descubre que las batallas nunca fueron solamente las de los niños en el recreo. Eran las de una ciudad intentando crecer sin romperse. Las de un país empeñado en parecer moderno mientras seguía escondiendo las mismas desigualdades. Las de familias que aprendieron a cambiar el radio por la televisión, el tranvía por el automóvil, las conversaciones largas por la prisa.


Y pienso en nosotros.


En esta Ciudad de México donde ya casi nadie levanta la vista porque el teléfono ocupa las manos y también los silencios. Donde el Metro sigue siendo el corazón que bombea millones de historias todos los días; donde uno puede escuchar cinco idiomas distintos caminando por la Roma o la Condesa y, al doblar una esquina, encontrar una señora vendiendo quesadillas como hace treinta años. La ciudad siempre ha sido contradictoria. Ahí radica buena parte de su belleza.


Mi abuelo solía decir que una ciudad se conoce por los negocios que desaparecen. Nunca entendí esa frase hasta que comenzaron a cerrar librerías, fondas, papelerías y esos cafés donde los meseros sabían el nombre de los clientes. Cada cortina que baja es un pedazo de memoria que deja de existir. No hace falta demoler un edificio para perder una ciudad; basta con que ya nadie recuerde quién vivía ahí.


Eso fue lo que entendió Pacheco antes que muchos urbanistas.


Que las ciudades no desaparecen por los terremotos. Desaparecen cuando dejan de contar sus historias.


Tal vez por eso sigo buscando la Ciudad de México de *Las batallas en el desierto*. No porque quiera regresar a una época que también estaba llena de injusticias, machismo, racismo y silencios. No. La busco porque ahí todavía cabía la lentitud. Había tiempo para mirar por la ventana del tranvía, para caminar sin destino, para conocer al vecino, para que los niños jugaran en la calle hasta que oscureciera.


Hoy la ciudad parece correr incluso cuando está detenida en el tráfico.


Y, sin embargo, de vez en cuando ocurre un milagro. Un organillero rompe el ruido de los motores. Un bolero sigue esperando clientes en una plaza. Una jacaranda florece en medio del concreto. Una vecina riega las plantas de la banqueta. Un señor abre el periódico en un café como si el mundo todavía pudiera leerse despacio.


Entonces entiendo que la Ciudad de México nunca perdió del todo aquella versión que Pacheco escribió.


Simplemente aprendió a esconderla.


Quizá leer *Las batallas en el desierto* sea eso: una forma de encontrar la ciudad secreta. La que vive debajo del asfalto nuevo, debajo de las torres de cristal, debajo de las rentas imposibles y de las prisas cotidianas. Esa ciudad donde todavía caben los recuerdos de nuestros abuelos, las historias que nos contaron nuestros padres y las nuestras, que algún día también serán pasado.


Porque las ciudades, igual que las personas, no mueren cuando envejecen.


Mueren cuando ya nadie las recuerda.


Y mientras exista alguien que abra las páginas de José Emilio Pacheco o camine por estas calles preguntándose quiénes las habitaron antes, la Ciudad de México seguirá encontrando la forma de regresar. Aunque sea por un instante. Aunque sea únicamente en la memoria.


Si buscas un texto todavía más cercano al estilo que has trabajado en otras ocasiones —más sensorial, con escenas, recuerdos de infancia, lluvia, jacarandas, el Metro, puestos de periódicos y una reflexión que parezca surgir de una caminata— puedo llevarlo un paso más hacia la crónica literaria.


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La colonia que cambió de idioma, pero aún conserva su memoria


Si Carlos volviera hoy a la colonia Roma, probablemente también se sentiría extranjero. Las calles siguen llevando los mismos nombres, pero el idioma ha cambiado. En muchas esquinas el inglés se escucha tanto como el español; los menús aparecen primero en otra lengua y los edificios que alguna vez albergaron familias enteras hoy reciben visitantes que llegan por unos días o nómadas digitales que encontraron aquí un hogar temporal. La Roma se volvió un lugar de moda para el mundo. Es, al mismo tiempo, una de las postales más atractivas de la Ciudad de México y uno de los barrios donde con más fuerza se discuten la gentrificación, el aumento de las rentas y el desplazamiento de quienes le dieron vida durante décadas.


Y, sin embargo, la colonia resiste. Entre cafeterías de especialidad, galerías, hoteles boutique y terrazas llenas de turistas, todavía sobrevive la señora que barre la banqueta desde hace cuarenta años, el bolero que espera clientes en la plaza, la fonda donde el menú cambia poco porque las recetas siguen siendo las de siempre. Quizá esa sea la verdadera batalla de la Roma contemporánea: encontrar un equilibrio entre abrirse al mundo sin dejar de reconocerse en el espejo. Porque las ciudades están hechas para transformarse, sí, pero también necesitan conservar aquello que les da alma. De lo contrario, corren el riesgo de convertirse en escenarios perfectos para la fotografía, pero incapaces de contar una historia. Y la Roma, la de José Emilio Pacheco y la de quienes todavía la caminan con memoria, siempre ha sido mucho más que un destino de moda: ha sido un lugar donde la Ciudad de México aprendió a narrarse a sí misma.


Anitzel Díaz



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