Entre montañas y fuego, un llamado a la paz: Milano Cortina 2026
- anitzeld
- hace 20 horas
- 3 Min. de lectura

La noche en Cortina d’Ampezzo no se abrió con estruendo, sino con equilibrio. Armonía, dijeron sin decirlo. Armonía entre ciudad y montaña, entre pasado y futuro, entre la fragilidad humana y la vastedad del invierno. Así comenzó la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno Milano Cortina 2026, como si Italia hubiera decidido contarse a sí misma a través del hielo.
El primer gesto fue antiguo: Cupido y Psique aparecieron entre cuerpos danzantes que parecían desprenderse de mármol. Bailarines vivos dialogaron con figuras inmóviles, evocando estatuas neoclásicas, recordándonos que la belleza —como el amor— siempre exige pruebas. La mitología no fue nostalgia, sino cimiento: una manera de decir que toda modernidad nace de una historia larga.
Después, el tiempo se abrió en capas. Dante cruzó el escenario como un eco de la Divina Comedia; Pinocho recordó la desobediencia y el aprendizaje; el Carnaval de Venecia trajo máscaras y exceso; y, entre luces suaves, apareció la Dolce Vita de Fellini, no como postal turística, sino como estado de ánimo: el arte de vivir incluso cuando el mundo tiembla.
La innovación no rompió el hechizo, lo amplió. Los pebeteros —encendidos en el Arco della Pace, en Milán, y en la Piazza Dibona, en Cortina— se entrelazaron como dibujos imposibles, inspirados en los estudios geométricos de Leonardo da Vinci. Fuego pensado, fuego que obedece a la razón y a la poesía. Una llama que no divide, que conecta.
En el centro del relato apareció entonces una figura inesperada: una astronauta italiana descendió lentamente, suspendida entre cielo y tierra. No venía a hablar del futuro lejano, sino del presente compartido. Desde el espacio —dijo su cuerpo antes que sus palabras— la Tierra no tiene fronteras. Su aparición dio paso al discurso por la paz: sobrio, directo, sin grandilocuencia. En un mundo fracturado, el deporte como uno de los últimos lenguajes comunes. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier consigna.
La moda, fiel al espíritu italiano, también fue mensaje. Un desfile de uniformes diseñados por Giorgio Armani (EA7) avanzó como una coreografía cromática: verde, blanco y rojo fragmentados en bloques que evocaban hielo, geometría, orden. La elegancia como forma de poder suave, como identidad que no necesita imponerse.
La imagen de los Juegos se fue fijando en símbolos claros: el emblema Futura, ese “26” trazado como con un dedo sobre la nieve, recordando que los grandes cambios empiezan con gestos mínimos. La fusión visual entre el Duomo de Milán y los picos de los Dolomitas selló la promesa: la metrópoli y la montaña no compiten, se sostienen. Y Tina y Milo, los armiños, aparecieron como guardianes del frío, emblemas de resiliencia; Tina, en particular, como memoria viva de Cortina 1956.
Cuando finalmente desfilaron los atletas, la ceremonia se volvió íntima. Cada delegación traía consigo una historia comprimida en pasos. México avanzó sobre el hielo como una anomalía luminosa. Su presencia fue histórica no por cantidad, sino por significado. Un patinador volvió a desafiar la idea de que el invierno nos es ajeno, escribiendo su trayectoria con filo y paciencia. Y una madre junto a su hijo, compartiendo competencia y destino, recordaron que el deporte también es herencia, vínculo, continuidad.
Al encenderse la llama final, Cortina dejó de ser solo paisaje. Se convirtió en relato. La inauguración no prometió récords, prometió sentido. Y en medio de esa armonía cuidadosamente construida, México encontró su lugar: pequeño en escala, profundo en resonancia. Porque a veces basta con estar —y con resistir— para hacer historia.
---
El rapero italo-tunecino Ghali recitó un potente poema sobre la paz titulado "Memorándum" (Promemoria), del reconocido autor infantil italiano Gianni Rodari.
Memorándum
(de Gianni Rodari, recitado por Ghali)
Hay cosas que hacer todos los días:
lavarse, estudiar, jugar,
preparar la mesa a mediodía.
Hay cosas que hacer todas las noches:
cerrar los ojos, dormirse,
tener sueños para soñar,
tener oídos para no escuchar.
Hay cosas que no hay que hacer nunca,
ni de día ni de noche,
ni por mar ni por tierra:
por ejemplo, la guerra.




















Comentarios