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El sonido que sostiene una tradición

  • anitzeld
  • 3 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

De manera oficial, la Secretaria de Cultura ha declarado un oficio para que el trabajo de las y los organilleros sea considerado Patrimonio Cultural Inmaterial.


El sonido que sostiene una tradición



A Isauro Villegas siempre lo despierta el mismo sonido: el golpecito seco de la tapa del organillo cuando se cierra bien. Ese ruido, mínimo pero firme, marca el inicio de la jornada. Antes de que él gire la manivela, la música ya vive en sus manos, como si fuera un impulso heredado.


Aprendió el oficio a los catorce años, viendo a su padre revisar cada pieza del instrumento: las correas, la caja, el cilindro alemán que guarda ocho melodías fijas. Su padre le contaba la historia mientras trabajaba, como si fuera parte del mismo mecanismo:


Hoy, Isauro no viaja solo. Camina junto a Omar Flores, organillero de 36 años, también de la Ciudad de México. Llegaron a Hermosillo hace unas tres semanas con un motivo concreto: reunir dinero para celebrar los XV años de la hija de Omar. El viaje no fue improvisado.


“Salimos de la Ciudad de México y primero llegamos a Guanajuato, al Festival Cervantino, y de ahí nos venimos para acá”, cuenta Omar mientras acomoda la caja de madera. No es la primera vez que un organillero emprende un recorrido así. Ocho años antes, Isauro había venido por el mismo motivo: juntar lo suficiente para la fiesta de 15 años de su propia hija.

Ambos forman parte de la tercera generación de organilleros en sus familias. El oficio, transmitido por padres y tíos desde hace más de veinte años, fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México, un gesto que ellos consideran un acto de dignidad para quienes han sostenido estas melodías por más de un siglo.


La tradición viene de lejos. Isauro la aprendió observando a su padre revisar con paciencia el mecanismo alemán del cilindro, mientras le contaba la historia del oficio como si fuera parte del mismo aparato:


Que a finales del siglo XIX, alrededor de 1880, los primeros organillos llegaron desde Alemania.

Que entre 1890 y 1910, en pleno Porfiriato, se volvieron parte del paisaje urbano: plazas, mercados, parques.

Que en los años veinte y treinta surgió el uniforme color caqui inspirado en los Dorados de Villa, junto al famoso changuito que pedía monedas.

Que entre los años cuarenta y sesenta resistieron el avance de la radio y de la música moderna.

Que en los setenta tomó forma el primer gremio, y en 1975 nació la Unión de Organilleros del Distrito Federal.

Que en los noventa y dos miles el oficio se volvió frágil por falta de instrumentos y técnicos.

Y que, aun así, nunca se extinguió.


Isauro creció escuchando esa línea del tiempo como si fueran capítulos de un mismo cuento familiar. Entendió pronto que el organillo no se toca: se acompaña. Las melodías siempre son las mismas, pero cambian con cada calle donde se detiene.


Su familia ha girado esa manivela por tres generaciones. No son dueños del instrumento —casi nadie lo es—, pero lo cuidan como si fuera un libro heredado. Cuando viajan por el país, la gente a veces les pregunta por qué seguir con algo tan viejo. Él no se molesta. Sabe que no están defendiendo un objeto, sino un modo de estar en la calle, un sonido que ya es memoria colectiva.


Por eso, cuando en la Ciudad de México se anunció que el oficio del organillero sería reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial, Isauro pensó en su padre. En su abuelo. En todos los que caminaron las ciudades mexicanas cargando una caja de madera que pesa más de cincuenta kilos pero guarda un siglo y medio de historia.


Ese día, no hizo falta celebrar. Para Isauro, el homenaje ocurre cada mañana: colocar el organillo sobre el suelo, ajustar la correa y girar la manivela. En cuanto el cilindro comienza a moverse, el aire se llena con notas que vienen de 1880, que sobrevivieron al Porfiriato, a la modernización, a la ciudad cambiando sin parar.


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En Hermosillo, Omar e Isauro se colocan en el Centro. Llevan el uniforme clásico color café claro, el que recuerda la indumentaria de los Dorados. Sobre el organillo llevan un mono de peluche que mira a los transeúntes.


“Ahorita son de peluche, pero antes se usaba un changuito con un pocillito; él pedía la moneda”, explica Isauro. Esa tradición viene justamente de aquellos primeros años del organillo en México, cuando la música y el gesto iban siempre juntos.

La gente se acerca. Algunos escuchan, otros preguntan, otros simplemente sonríen. Omar lo nota y agradece:

“Da gusto llegar a un lugar donde aprecien el oficio”, dice, después de una mañana a buen ritmo.

Las melodías que salen del cilindro son parte del repertorio clásico: Cartas a Eugenia, Hermoso Cariño, Amor Eterno, Barita de Nardo, Flor de Capomo, Las Mañanitas. Son canciones que no eligieron ellos, sino el mecanismo, y aun así las defienden como si fueran propias.


Antes de emprender camino hacia Chihuahua, a mediados de diciembre, invitan a quienes pasan por el Centro a escuchar un momento más. Esa es la esencia del oficio: no pedir tiempo, sino ofrecerlo. Un instante de pausa en medio del movimiento general.


Isauro sonríe.

Omar ajusta la correa.

El cilindro gira.


La música, igual que su historia, sigue viajando. Y mientras existan manos dispuestas a girar la manivela, el organillo —ahora Patrimonio Cultural Inmaterial— seguirá viviendo en las calles, acompañando a quienes lo escuchan sin saber que ese sonido viene de un pasado que nunca se dejó vencer.



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