Todo lo que soy empezó en la cocina de mi abuela
- 2 jul
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Actualizado: hace 1 día

Hay personas que no pasan por la vida: la empujan. Mi abuela ha hecho eso durante 103 años.
Ciento tres años se dicen rápido, como si fueran un número más. Pero son más de un siglo de mañanas, de pérdidas, de hijos, de comidas servidas, de discusiones, de risas, de funerales, de fiestas, de guerras ajenas y batallas propias. Mi abuela ha sobrevivido a casi todo. A veces con fuerza, a veces con pura terquedad. Y, si soy sincera, nunca he sabido dónde termina una y empieza la otra.
Ella me enseñó muchas cosas. Algunas quiso enseñármelas. Otras se le escaparon mientras simplemente vivía.
Me enseñó a resistir. A no doblarme tan fácil. Si algo se le metía en la cabeza, buena suerte al que intentara hacerla cambiar de opinión. Quiso lo mejor para sus hijos y fue capaz de cruzar la frontera para vender fayuca cuando hacía falta. Siempre pienso que si en esos años hubiera existido WhatsApp o las ventas por internet, se habría vuelto millonaria. Tenía un talento natural para encontrar oportunidades donde los demás solo veían necesidad.
Nació pobre y probablemente así se irá. Como casi todos. Pero nunca fue pobre para querer.
Eso fue lo más importante que aprendí de ella.
Mi abuela nunca supo querer a medias. Quería con una intensidad que a veces se confundía con el control, con el regaño o con la necedad. No todos la entendieron. Yo creo que sí. Dio todo por sus hijos. Después, por sus nietos. Nos alimentó, nos cuidó, nos defendió como pudo. Para mí fue refugio y también disciplina. Consuelo y también lágrima. El amor, con ella, nunca fue tibio.
De hecho, nada le gustaba tibio. Ni la comida ni la vida. O frío o caliente. A medias, nunca.
Su cocina fue un territorio sagrado. Ya no cocina. El tiempo también le fue apagando el fogón. Pero hubo años en que, mientras yo corría de un lado a otro tratando de sacar adelante la vida, ella alimentó a mis hijos. Todavía puedo cerrar los ojos y ver aquellas cazuelas de barro hirviendo sobre el fogón, el olor del arroz rojo, los frijoles acompañando cada comida, las tortas de arroz que nadie ha vuelto a hacer igual, la natilla que esperaba como si fuera un premio.
Ahora entiendo que no solo cocinaba comida. Cocinaba hogar.
Cuando pienso en ella no recuerdo grandes acontecimientos. Recuerdo escenas.
La recuerdo yendo por mí cuando el camión me dejaba lejos. Recogiendo con paciencia las pelusas de las alfombras como si el mundo dependiera de que la casa estuviera impecable. La recuerdo cuando la operaron de la vesícula y parecía imposible verla vulnerable. La recuerdo enamorada de mi abuelo, a pesar de todo lo que cabía en ese "a pesar". Guapa, muy guapa. Siempre arreglada. Le gustaba bailar y cantar. Tenía compadres, amigas, vecinas con las que compartía la vida. Era amiga de la señora de la plancha como si las amistades también fueran una forma de cuidar el mundo.
La recuerdo nerviosa mientras cocinaba, convencida de que algo iba a salir mal, aunque al final todo sabía delicioso. La recuerdo en las Navidades, con la chimenea encendida y la casa llena. Esa casa con la que todavía sueño algunas noches.
Siempre tenía tuppers llenos de comida para nosotros. Siempre encontraba espacio para un nieto más, para una visita inesperada, para un plato servido. Me prestó dinero cuando se lo pedí. Nunca me lo cobró. Como tampoco me cobró tantas otras cosas que hoy entiendo que eran impagables.
Con ella aprendí a comer garnachas en las esquinas y, sin darme cuenta, me enamoré de la comida mexicana. Aprendí que una mesa llena puede curar tristezas. Aprendí que hay personas que dicen "te quiero" sirviendo otra tortilla.
Tenía frases de otro tiempo. Ideas que hoy suenan antiguas. "Con azúcar juntas más abejas", decía. Y aunque muchas veces discutí con esas formas de pensar, también sé que terminaron formando parte de mí.
Nunca me sentí completamente sola mientras ella estaba bien.
Quizá por eso ahora pesa tanto mirar sus ojos y descubrir que el tiempo también puede cansar a quienes parecían invencibles. Siento ese peso en su mirada. Como si una parte de ella todavía no quisiera irse. Como si aún tuviera algo pendiente.
Mi abuela siempre fue un poco loca. Voluntariosa. Dramática. Trabajadora. Hormonal. Generosa a su manera. Mujer, antes que cualquier otra cosa.
Ojalá hoy pudiera entender todo lo que quiero decirle. Ojalá pudiera decirle que gran parte de quien soy nació en esa casa, entre cazuelas de barro, regaños, abrazos incómodos y platos de arroz rojo.
Que llevo algo suyo cada vez que cuido a alguien. Cada vez que insisto. Cada vez que resisto.
Porque cumplir 103 años impresiona.
Pero haber dejado una vida entera sembrada en los demás... eso sí es extraordinario.


















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