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México: la democracia que se fue desdibujando en nombre del pueblo

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura
  • De las urnas al control: el lento viraje hacia la autocracia electoral



El diagnóstico del Instituto V-Dem no es menor: México, sostiene, ha dejado de ser una democracia liberal para convertirse en una “autocracia electoral”. La frase incomoda porque no habla de un golpe de Estado ni de la cancelación de elecciones, sino de algo más sutil y, por ello, más difícil de detectar: la erosión desde dentro.


La llegada de Claudia Sheinbaum al poder aparece en el informe como punto de observación, pero no como origen. Para entender el señalamiento hay que mirar hacia atrás, al sexenio de Andrés Manuel López Obrador, donde comenzó a delinearse un cambio profundo en la relación entre poder político e instituciones.


Durante décadas, la democracia mexicana —imperfecta, desigual, muchas veces capturada por intereses— se sostenía en una arquitectura de contrapesos: organismos autónomos, un árbitro electoral robusto, tribunales con margen de maniobra, una prensa crítica. Nada de eso garantizaba justicia plena, pero sí un equilibrio inestable que impedía la concentración absoluta del poder.


El giro empieza cuando ese entramado deja de verse como garantía democrática y comienza a narrarse como obstáculo. Desde el discurso presidencial de López Obrador, los órganos autónomos fueron etiquetados como costosos, elitistas o corruptos; el Poder Judicial, como distante del pueblo; los organismos reguladores, como herencias de un régimen neoliberal a desmontar. El argumento no era menor: democratizar el Estado. El problema —diría V-Dem— es el método.


Reducir presupuestos, promover reformas para rediseñar instituciones, confrontar públicamente a jueces y árbitros electorales, concentrar decisiones estratégicas en el Ejecutivo: cada acción, por separado, podía justificarse políticamente. En conjunto, sin embargo, dibujaban una tendencia: menos intermediación, más centralización.

Ese proceso no anuló las elecciones. Al contrario, las mantuvo como eje de legitimidad. Pero empezó a modificar el terreno en el que ocurren: mayor peso del aparato estatal, mayor influencia del Ejecutivo en la conversación pública, menor capacidad de los contrapesos para corregir o frenar decisiones. Ahí es donde el concepto de “autocracia electoral” cobra sentido: no se elimina la democracia formal, se redefine su funcionamiento.


Con Sheinbaum, lo que observa V-Dem no es una ruptura, sino una continuidad. La pregunta ya no es si el cambio comenzó con su gobierno, sino si su administración profundiza una inercia previa. La concentración de poder no se construye en un solo sexenio; es el resultado de decisiones acumuladas que, poco a poco, reconfiguran el sistema.


Hay, por supuesto, otra lectura. Para sus defensores, lo ocurrido desde 2018 no es un deterioro democrático, sino una corrección histórica: el desmontaje de élites enquistadas y la restitución de un mandato popular largamente postergado. Bajo esa lógica, los contrapesos no eran tales, sino mecanismos de bloqueo; debilitarlos no erosiona la democracia, la libera.


Entre ambas narrativas —la de la erosión y la de la transformación— se juega hoy la interpretación del momento mexicano. Lo que hace el informe de V-Dem es tomar distancia de la disputa política y medir tendencias: autonomía institucional, equilibrio de poderes, calidad electoral. Y en esos indicadores, México retrocede.


“La democracia se ha derrumbado en México”, dice el informe. Tal vez la frase sea excesiva si se entiende como colapso inmediato. Pero resulta precisa si se lee como advertencia: las democracias no suelen caer de golpe; se desgastan, se reconfiguran, se vacían lentamente.

La pregunta, entonces, no es solo cuándo empezó el giro, sino cuándo se volvió normal. Y en esa normalización —más que en un momento exacto— está la clave del diagnóstico.

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