A qué sabe un Mazapán de la Rosa
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¿Quién no se acuerda de haber abierto de niño un Mazapán de la Rosa y sentir esa mezcla de nervios y precisión quirúrgica para que no se rompiera antes de llegar a la boca? Había algo casi ritual en esos discos de cacahuate que se desmoronaban con apenas tocarlos. En México, intentar abrir un mazapán sin romperlo era casi un reto nacional antes de que existieran los desafíos virales de internet. Había quienes presumían lograrlo como una hazaña de precisión absoluta. Porque el mazapán no solo sabía a cacahuate y azúcar. También sabía a recreo, a tiendita, a domingos, a infancia.
Uno crecía pensando que el mazapán siempre estaría ahí, intacto, eterno, como ciertas cosas que parecen demasiado simples para desaparecer. Pero detrás de ese dulce frágil había también una fábrica llena de manos. Manos que limpiaban cacahuates, acomodaban cajas y, sobre todo, envolvían uno por uno los mazapanes que terminarían en millones de hogares mexicanos.
Porque el punto más importante de esta historia no es menor: el dueño de Mazapanes de la Rosa decidió no automatizar el proceso de envoltura de su golosina para que sus trabajadores siguieran teniendo empleo.
A Enrique Michel Velasco le ofrecieron modernizar la producción con máquinas capaces de envolver mazapanes mucho más rápido y más barato. Los números eran tentadores: más producción, menos costos y mayores ganancias. Bastaba una firma para reemplazar buena parte del trabajo humano. Pero antes de hacerlo caminó por la fábrica y vio a las personas que llevaban años ahí. Bertita y Romina limpiando cacahuates. Juan, Luis, Damaris, Esther en el área de empaque. Madres solteras, jóvenes pagando sus estudios, familias enteras dependiendo de ese sueldo.
Entonces entendió que automatizar la envoltura del mazapán no solo significaba hacer más eficiente una línea de producción. También significaba que muchas de esas personas dejarían de estar ahí.
Cuenta que una trabajadora se le acercó un día y le dijo: “Don Enrique, gracias a este trabajo saqué adelante a mis hijos y uno ya se graduó de ingeniero”. Hay frases que desarman cualquier lógica empresarial. Porque de pronto el mazapán ya no era solamente un producto. Era una cadena silenciosa de vidas sosteniéndose unas a otras.
Hace años, el abogado laboralista Néstor de Buen planteaba una paradoja que hoy retumba más fuerte que nunca: si las máquinas sustituyen a los trabajadores y la gente se queda sin dinero, ¿quién comprará después lo que producen las máquinas? Durante décadas la modernidad nos vendió la idea de que automatizar era inevitable, casi un destino. Y quizá lo sea. El problema es que nadie explicó qué pasa con las ciudades cuando empiezan a desaparecer los salarios. Qué pasa con las familias cuando el progreso llega acompañado de desempleo.
Por eso la historia de De la Rosa conmueve tanto. Porque ocurre en un tiempo donde las empresas suelen presumir despidos masivos como si fueran logros de eficiencia. Mientras medio mundo compite por reducir personas, alguien decidió conservarlas. Incluso sabiendo que eso podía afectar los números de la empresa.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿es económicamente viable resistirse a la automatización? Tal vez no bajo la lógica más agresiva del mercado. Tal vez las máquinas sí producen más rápido y dejan márgenes más amplios. Pero también es cierto que una economía donde nadie tiene trabajo termina por derrumbarse sobre sí misma. El consumo no nace de los robots. Nace de la gente que tiene un sueldo, una mesa, hijos, antojos, domingos y ganas de comprar un mazapán.
Quizá el verdadero problema es que dejamos de medir el éxito con parámetros humanos. Convertimos las ganancias en la única brújula posible. Y en medio de eso, historias como la de De la Rosa parecen sacadas de otro tiempo: uno donde todavía existía cierta lealtad entre quienes daban empleo y quienes levantaban las empresas todos los días desde la línea de producción.
A veces pensamos que el futuro llegará lleno de pantallas, inteligencia artificial y fábricas vacías. Pero tal vez el verdadero acto de rebeldía, en estos años, sea algo mucho más sencillo: seguir eligiendo personas. Aunque salga más caro. Aunque tome más tiempo. Aunque el mercado diga que es un error.
Porque quizá un mazapán nunca fue solamente un dulce. Quizá también era eso: la prueba de que detrás de las cosas pequeñas todavía puede sobrevivir un poco de humanidad.


















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