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Qué ciudad encontraremos cuando escampe

  • hace 13 horas
  • 2 min de lectura

Hoy entré a la ciudad y no la reconocí.


Había camiones, patrullas, policías, Guardia Nacional. Uniformes negros bajo un cielo gris. Llovía. Ayer ni siquiera pudimos llegar: la ciudad estaba cercada. Mientras avanzábamos por calles que he recorrido miles de veces, me llegó al teléfono una invitación para una gran celebración. Un evento mundial. Música, baile, luces, discursos, fiesta.


Y entonces sentí algo difícil de explicar.


Llevo más de cincuenta años caminando esta ciudad. Aquí crecí, trabajé, me enamoré, lloré y me perdí. Esta ciudad y yo hemos sobrevivido juntas. Dos veces la vi sacudirse hasta quedarse casi en silencio. También la vi levantarse. La vi celebrar victorias mínimas y enormes, gritar en las plazas, bailar en las calles por cualquier pretexto. La vi ser generosa incluso en sus peores momentos.


Pero hoy no reconocí ni las avenidas, ni los puentes, ni el sonido. Ni siquiera el olor.


Por primera vez sentí que estaba entrando a un lugar ajeno. Como si mi barrio no fuera mi barrio. Como si mi calle no fuera mi calle. Como si mi casa estuviera detrás de una frontera invisible.


Y me dolió.


Más que el tráfico interminable del que siempre me quejo. Más que la contaminación. Más que el ruido que nunca se detiene.


Me dolió porque parecía una ciudad preparándose para algo que nadie quiere nombrar.


Siguen llegando promociones, anuncios, invitaciones para celebrar. El evento se acerca. Al mismo tiempo leo convocatorias para una, dos, tres, cuatro manifestaciones. Y pienso que habría sido tan bonito celebrar. Pero más bonito habría sido tener algo que celebrar.


Hoy quienes cerraban las calles no eran los manifestantes. Eran las Fuerzas Armadas, o como deban llamarse ahora esos hombres que ocupaban cada esquina. Y no sentí miedo. Tampoco enojo.


Sentí tristeza.


Porque una ciudad sitiada, aunque sea por quienes dicen protegerla, sigue siendo una ciudad sitiada.


Ahora vuelve a llover. Escucho el agua golpear las ventanas y pienso en todo lo que esta ciudad ha resistido. Pienso en la gente que mañana tendrá que salir temprano, buscar rutas alternas, llegar tarde, seguir adelante. Pienso en los que protestan, en los que celebran, en los que simplemente intentan llegar a casa.


Y me pregunto qué pasará mañana.


Qué pasará el jueves.


Qué ciudad encontraremos cuando escampe.





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