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Matando monstruos

hace 1 hora
6 min de lectura

Los miedos que se meten debajo de la piel


Ya no necesitamos fantasmas, monstruos ni casas encantadas. Basta con abrir el teléfono, escuchar las noticias o mirar un poco más allá de nuestra propia ventana para encontrar motivos de sobra para tener miedo.



«Lo único que tenemos que temer es al miedo mismo». — Franklin D. Roosevelt


Tengo una relación bastante complicada con el miedo. No soy de esas personas que disfrutan las películas de terror, que pagan por sentir que alguien las persigue en un pasillo oscuro o que se divierten imaginando qué podría esconderse debajo de la cama. Nunca he entendido muy bien el gusto por pasar un mal rato voluntariamente. Bastante tiene una con la vida.


Y, sin embargo, últimamente pienso que vivimos rodeados de una especie de terror cotidiano. Uno que no necesita maquillaje, efectos especiales ni música de suspenso. Está ahí, en las noticias que aparecen mientras tomamos café, en las imágenes que llegan al teléfono, en las conversaciones que terminan inevitablemente hablando de lo mal que están las cosas. El miedo se ha vuelto una compañía frecuente. A veces ni siquiera lo reconocemos, pero se mete debajo de la piel y se queda.


Hay días en que me pregunto cómo hacemos para seguir con nuestras rutinas con semejante catálogo de preocupaciones sobre la mesa. Nos levantamos, preparamos el desayuno, contestamos mensajes, hacemos planes para el fin de semana, compramos flores, pensamos qué vamos a comer. Mientras tanto, en alguna parte del mundo caen bombas sobre una ciudad, familias enteras abandonan sus casas, alguien busca a un hijo desaparecido y un bosque arde hasta convertirse en cenizas.


Y nosotros seguimos. No porque no nos importe, sino porque de alguna manera hay que seguir.


Me da miedo el mundo que estamos dejando. Me da miedo la crisis climática, no como una predicción lejana que algún día aparecerá en un documental, sino como algo que ya se asoma en nuestra vida cotidiana. Los incendios, las sequías, las inundaciones, los ríos que pierden agua, los glaciares que desaparecen, las especies que se extinguen sin que alcancemos siquiera a conocerlas. Me asusta pensar que estamos aprendiendo a convivir con lo extraordinario como si fuera normal. Que una temperatura insoportable sea solamente una conversación sobre el calor, que la falta de agua se convierta en una molestia doméstica y que un bosque quemado termine siendo parte del paisaje.

Me da miedo que nos acostumbremos.


Me dan miedo las guerras. La facilidad con la que se habla de territorios, fronteras, ofensivas, objetivos militares y daños colaterales, como si detrás de esas palabras no hubiera personas. Niños que dejan de ir a la escuela, madres que no saben dónde dormirán sus hijos, hombres y mujeres que pierden en una noche la casa, la familia y todo aquello que llamaban vida. Me da miedo la indiferencia que puede producir la repetición de las imágenes. La primera vez nos estremecemos; la décima, quizá pasamos de largo.


Me da miedo la violencia que se vuelve paisaje, los desaparecidos que terminan convertidos en una cifra, las familias que buscan solas, los discursos que dividen a las personas entre buenas y malas, entre los que merecen vivir tranquilos y los que, por alguna razón, parecen merecer menos.


También me da miedo la facilidad con la que nos enojamos. La conversación pública convertida en una competencia de insultos, la crueldad disfrazada de humor, la intolerancia presentada como carácter y la pérdida de la capacidad de escuchar a alguien que piensa diferente. Me preocupa que estemos criando generaciones que confundan tener una opinión con tener la razón y que aprendan a responder antes de entender.

Pero hay otro miedo, más contemporáneo, que merece capítulo aparte: la información.


Nunca habíamos tenido tanto acceso a lo que ocurre en el mundo. Podemos enterarnos en segundos de un terremoto al otro lado del planeta, de una elección, de una masacre, de una nueva amenaza ambiental, de una epidemia o de una decisión política que afectará la vida de millones. Tenemos noticias, videos, fotografías, análisis, opiniones, expertos y supuestos expertos a todas horas. El mundo cabe en la palma de la mano, aunque a veces parece que también quiere aplastarnos desde ahí.


La información es necesaria. No quisiera vivir de espaldas a lo que sucede ni refugiarme en una burbuja de tranquilidad artificial. Pero hay algo agotador en esta exposición permanente. Una noticia desplaza a otra antes de que hayamos terminado de procesarla. Una tragedia se mezcla con una polémica, una alarma con una conspiración, un dato verdadero con diez interpretaciones interesadas. Y cuando creemos haber entendido algo, aparece otra noticia que cambia el escenario.


A veces cierro el teléfono y me descubro pensando en cosas que ni siquiera sabía que podían preocuparme hace unas horas. Es como si hubiéramos perdido el derecho a la distancia, a la pausa, a ese pequeño espacio que antes existía entre lo que ocurría y el momento en que nos enterábamos.


Me pregunto cuánto miedo cabe en una persona antes de que el cuerpo empiece a cobrarle la factura.


Porque el miedo no siempre llega como un sobresalto. A veces es una inquietud que aparece por la noche, cuando todos duermen y una empieza a repasar mentalmente las cosas que podrían salir mal. Es esa llamada que no quieres recibir, ese mensaje que tardan en contestarte, esa preocupación por la salud de quienes amas. Es pensar en los hijos, en su futuro, en el mundo que encontrarán cuando nosotros ya no podamos protegerlos. Es descubrir que, aunque crezcan y hagan su propia vida, una nunca termina de dejar de preocuparse por ellos.


Me da miedo perder a las personas que quiero. La enfermedad, la muerte, la fragilidad del cuerpo. Me da miedo que el tiempo pase demasiado rápido y que algunas cosas que hoy parecen cotidianas se conviertan mañana en recuerdos. Me da miedo mirar hacia atrás y descubrir que estuve tan ocupada preocupándome por lo que podía suceder que no disfruté suficientemente lo que sí estaba sucediendo.


Y ahí está la paradoja: tenemos miedo de perder la vida y, a veces, nos pasamos la vida anticipando todas las maneras en que podríamos perderla.


No creo que la solución sea dejar de mirar las noticias, apagar el mundo y dedicarnos a regar las plantas como si nada estuviera pasando. Tampoco creo que vivir preocupados nos convierta automáticamente en personas más conscientes. Hay una diferencia entre estar informados y vivir permanentemente alarmados. Entre reconocer los problemas y permitir que nos roben toda posibilidad de disfrutar, pensar y actuar.


Quizá necesitamos aprender a ponerle límites al miedo, no a la conciencia.


Porque también hay cosas que me dan esperanza. Me conmueve la gente que sale a buscar a sus desaparecidos, la que defiende un río, la que organiza una comunidad para cuidar un bosque, la que acompaña a quien está enfermo, la que enseña a los niños a pensar y no solamente a repetir. Me conmueven quienes, frente a la violencia, siguen apostando por la solidaridad; quienes, frente a la indiferencia, insisten en mirar; quienes, frente a la desesperanza, hacen algo, aunque parezca pequeño.


Pienso que quizá ahí está la diferencia entre el miedo que nos paraliza y el que nos recuerda lo que importa.


Si me da miedo que desaparezcan los bosques es porque los amo. Si me aterra que el agua falte, es porque entiendo que sin ella no hay futuro posible. Si me duele la guerra, es porque todavía puedo imaginar el sufrimiento de alguien que no conozco. Si me preocupa el mundo que heredarán mis hijos, es porque deseo que puedan vivir en uno donde la bondad no parezca una ingenuidad y la justicia no sea una aspiración extravagante.


No quiero convertirme en una persona que ya no se sorprende ante la crueldad. No quiero que las tragedias sean solamente otro titular que leo mientras espero que se caliente el café. No quiero que el miedo me quite la capacidad de indignarme, pero tampoco la de reírme, enamorarme, hacer planes, leer un buen libro, caminar entre árboles o disfrutar una sobremesa larga con la gente que quiero.


Tal vez de eso se trate: de no dejar que el miedo ocupe todos los espacios.

Se acerca el Día de Muertos y volvemos a llenar las casas de calaveras, fantasmas, brujas y esqueletos. Me gusta pensar que nuestras tradiciones tienen una manera muy particular de relacionarse con el miedo: lo miran de frente, lo invitan a la mesa, le ponen flores, le ofrecen comida y hasta se permiten bromear con él. No para negar la muerte, sino para recordarnos que la vida merece celebrarse precisamente porque es frágil y pasajera.


Los monstruos de utilería tienen una ventaja: sabemos dónde están, podemos reconocerlos y hasta reírnos de ellos. Los otros son más difíciles. Algunos se esconden en los discursos, otros en las decisiones, otros en nuestra indiferencia. Y algunos viven dentro de nosotros, alimentándose de todas las cosas terribles que imaginamos que pueden suceder.


No sé si alguna vez dejaremos de tener miedo. Sospecho que no. Pero sí quisiera que, en medio de tantas razones para sentirlo, no olvidáramos que también tenemos razones para vivir con alegría, para cuidar, para querer y para defender aquello que todavía podemos salvar.


Porque no quiero que el miedo sea lo que nos defina. Quiero que sea, de vez en cuando, una advertencia para no perder de vista lo que amamos.


Y, sobre todo, no quiero que un día miremos alrededor y descubramos que, por miedo a todo lo que podía pasar, dejamos de vivir todo lo que todavía estaba pasando.



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