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Me duele el dolor que no le duele a nadie -Parte 2

  • anitzeld
  • 12 sept
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 12 sept

No olvidemos los nombres, ni los rostros, ni las historias...


Me duele el dolor que no le duele a nadie, ese que se diluye en la indiferencia cuando la realidad es enterrada por el silencio. Otra tragedia cimbró a México; historias cortadas de tajo por vivir solo con el impulso de no morir. Al final no queda más que recordar; contar para honrar.



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Las sirenas se apagaron hace horas, pero el eco de la explosión sigue rebotando en Iztapalapa. No es solo el estruendo del metal y el gas, es el ruido de las historias que quedaron a medias.


Dicen que el chofer de la pipa, un hombre de unos cuarenta con gorra azul, alcanzó a gritar “¡apártense, va a tronar!” antes de que todo ardiera. Que intentó abrir válvulas, que no corrió para salvarse, sino hacia los demás. Nadie sabe si fue él quien empujó a una niña de nueve años contra la barda, pero varios lo recuerdan tambaleándose entre las llamas.


En otro extremo del puente estaba Alicia Matías, la abuelita que trabajaba como checadora. Su nieta de dos años jugaba a su lado cuando el tanque se encendió. Alicia la abrazó y la cubrió con su cuerpo. Hoy, ella tiene quemaduras en casi todo el cuerpo; la niña, en cambio, está viva, estable, con el recuerdo de esa coraza de carne que fue su abuela en el último segundo.


En la lista de desaparecidos está Ana Daniela. Nadie la encontraba hasta que su celular, chamuscado, empezó a sonar entre los escombros. Francisco Bucio, un brigadista de Protección Civil, contestó. Era su familia, que la buscaba desesperada. Ese aparato, ennegrecido pero aún con vida, se volvió el hilo que unió a los suyos con la certeza más dura. Ana murió.


Un padre da la vida por sus hijos. Los bomberos, siempre héroes son testigos de lo inimaginable. Los mexicanos salen a ayudar, siempre, tras cualquier tragedia. Misael Cano, un padre y abuelo que dio su vida para salvar a los suyos viajaba con su hija, Tifany Cano de 17 años, y su pequeño nieto, Santi. Cuando la pipa estalló en llamas, él no dudó. De acuerdo con testigos, Misael hizo todo lo posible por sacar a los dos de la zona de la explosión. Logró que fueran rescatados y trasladados a un hospital.


En los hospitales del Valle, otros nombres empiezan a sonar: mujeres que vendían quesadillas bajo el puente, niños que corrían de la escuela, choferes que apenas alcanzaron a frenar. Un hombre pidió, antes de perder el conocimiento, que entregaran su cartera a sus familiares: “no quiero morir como desconocido”.


Oficialmente, nueve personas murieron hasta ahora, y 94 están heridas. De esas, 22 se encuentran en estado crítico. 67 siguen hospitalizadas, mientras que otras 18 ya fueron dadas de alta. Pero detrás de esas cifras hay gestos que la estadística nunca contará: el grito de alerta de un chofer, los brazos abiertos de una abuela protegiendo a su nieta, la insistencia de un teléfono que sonó hasta que alguien contestó.


El estruendo ya no se escucha. Lo que queda es el murmullo de estas historias, pasándose de boca en boca, en la fila de las tortillas, en los grupos de WhatsApp, en las calles del Valle de México.


No dejemos que se borren los nombres, ni las miradas, ni las vidas detrás del ruido de las sirenas. Que el incendio no se vuelva paisaje sin recordar a quienes lo enfrentaron hasta el último aliento.


¿Cuántas tragedias más?


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El dolor invisible: la indiferencia ante la tragedia Me duele el dolor que no le duele a nadie, ese que El dolor de un país que sangra Me duele mi país. Me duelen los funcionarios que encubren o ignoran. Me duele la sociedad apática, conformista, que ha aprendido a vivir con el horror. Me duelen los futuros

 
 
 

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