México obtiene nominación al Oscar con ‘La pequeña Amélie’, la animación íntima que desafía a Disney y Netflix
- anitzeld
- hace 6 días
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En una categoría dominada por franquicias, secuelas y presupuestos millonarios, La pequeña Amélie o el carácter de la lluvia se siente como una anomalía feliz. La película del estudio independiente francés Ikki Films, coproducida por la mexicana Nidia Santiago, logró colarse entre las cinco nominadas al Oscar a Mejor Largometraje Animado, compitiendo contra apuestas de Netflix y Disney como Las guerreras k-pop o Zootopia 2. No es poca cosa: es la historia de una niña mínima peleando espacio en una industria que suele premiar el ruido.

Basada en la novela autobiográfica La métaphysique des tubes de Amélie Nothomb, la cinta narra los primeros años de una niña blanca criada en Japón, hija de un diplomático belga, convencida —durante un tiempo— de ser Dios. En el libro, Nothomb abre con un guiño bíblico; en la película, ese complejo divino se condensa en un breve prólogo para dar paso a algo más visual: el mundo visto desde los ojos de una niña que todavía no entiende dónde empieza ella y dónde termina el resto.
El equipo de Maybe Movies —los mismos detrás de Long Way North— apuesta por una animación minimalista y distintiva. No hay líneas duras ni contornos clásicos: los bordes son difusos, los colores pocos, los fondos casi abstractos. Los rostros humanos se construyen con apenas cuatro tonos, como si lo importante no fuera el realismo sino la percepción. Todo converge en los ojos de Amélie: grandes, verde lima, hipnóticos. Basta eso para sostener la mirada.
Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, la película se aleja del anime tradicional y dialoga más con una sensibilidad europea: algo de Rémi Chayé, algo de las pinturas tardías de David Hockney, algo —inevitable— del imaginario Ghibli, sobre todo en la forma en que Japón aparece como paisaje emocional y no solo como escenario. Es un Japón de rituales cotidianos, de festivales como el Obon, de jardines y silencios, pero también atravesado por la memoria de la posguerra, esa que se cuela en una escena clave cuando Nishio-san, la joven ama de llaves japonesa, habla de la devastación que presenció.
Ese vínculo entre Amélie y Nishio-san es el corazón de la película. Antes está la abuela belga que llega con chocolate blanco —primer gesto de afecto humano— y después la lenta comprensión de que el mundo no gira solo alrededor de una misma. La película no idealiza la infancia: hay abuso, hay miedo, hay experiencias cercanas a la muerte. Pero todo está contado desde esa lógica infantil donde lo absurdo convive con lo revelador, donde una niña puede creerse un tubo —la comida entra por un lado y sale por el otro— antes que aceptar cualquier explicación adulta.
Con apenas 78 minutos, La pequeña Amélie no busca ser universal. Su fuerza está justo en lo contrario: en lo específico de crecer siendo extranjera, en habitar dos culturas sin entender del todo ninguna, en mirar Japón desde la extrañeza occidental de los años setenta. Ahí es donde la película se vuelve más política sin proponérselo, más profunda sin subrayarlo.
La nominación al Oscar no solo reconoce una propuesta estética distinta; también coloca a la animación independiente —y a una productora mexicana— en una conversación global que suele estar reservada para los gigantes. Pase lo que pase en la ceremonia, La pequeña Amélie o el carácter de la lluvia ya ganó algo más difícil: recordarnos que la animación también puede ser un espacio para la memoria, la fragilidad y la duda.








