Los amigos que no volvimos a tener; un hasta luego a Rob Reiner
- anitzeld
- 15 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Rob Reiner convirtió la infancia en un lugar al que se regresa sin mapas. Hoy, tras su muerte, Stand by Me vuelve a recordarnos que crecer fue aprender a despedirse, y que algunas historias —como algunos amigos— no se van nunca.

Stand by Me no fue solo una película: fue una forma de entender la amistad cuando todavía no sabíamos nombrarla. Rob Reiner tomó un recuerdo de Stephen King y lo volvió universal: cuatro niños caminando por las vías del tren, buscando un cuerpo, sin saber que en realidad iban rumbo a su propia despedida de la infancia.
En ese verano de 1959 no hay teléfonos, ni adultos que expliquen el mundo. Hay mochilas ligeras, bromas torpes, miedos que se dicen a medias y una lealtad que todavía no ha aprendido a romperse. Gordie, Chris, Teddy y Vern avanzan entre rieles y bosques como si el tiempo no existiera, pero el tiempo ya los está alcanzando. La película marcó a una generación porque habló de ese instante exacto en que los amigos lo son todo, antes de que la vida se complique, antes de que cada quien tome su propio rumbo.
Años después, cuando volvemos a verla, la pregunta duele más: ¿alguna vez volvimos a tener amigos como los de los doce años? Sabemos que no. Pero también sabemos que algo de ellos se quedó con nosotros. Eso hacen las historias que importan: crecen con quien las mira, cambian de sentido con los años y se vuelven memoria compartida. No envejecen; acompañan.
Cuando el arte de verdad trasciende, se queda. No como un recuerdo bonito, sino como una marca. Stand by Me permanece porque no quiso explicar una época, sino tocar algo más hondo: la amistad como refugio, el paso silencioso del tiempo, la certeza de que crecer también es perder.
Y entonces llega la noticia y todo se recoloca. El cineasta y actor Rob Reiner fue hallado muerto junto a su esposa, Michele Singer, en su casa de Brentwood, en Los Ángeles. Tenía 78 años. La policía investiga el caso como homicidio. Hollywood, la política y varias generaciones quedaron en silencio. Llegaron los mensajes, los homenajes, las palabras que intentan explicar una ausencia.
Pero quizá esa sea la prueba final de que el arte, cuando importa, no muere con su autor. Reiner se va, pero sus películas se quedan: Stand by Me, La princesa prometida, Cuando Harry conoció a Sally. Historias que nos formaron sin pedir permiso y que siguen apareciendo cuando hablamos de amistad, amor o memoria.
El cine —el que tocó algo hondo— permanece. Como esos amigos de la infancia: ya no están, pero siguen caminando con nosotros. Hoy veré de nuevo Stand by Me.




















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