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Lo que puede pasar si no actuamos ya

  • anitzeld
  • hace 6 días
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día

Imagina que es 2035 y que las conferencias climáticas —esas que hoy prometen miles de millones y hojas de ruta ambiciosas— quedaron como una larga lista de compromisos que nunca llegaron a convertirse en realidad. El calentamiento global superó los 1.7 °C y las consecuencias ya no son proyecciones: son la vida diaria.


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En el norte de Brasil, el humo de los incendios forestales se volvió una estación más del año. El Fondo Bosques Tropicales para Siempre, que alguna vez buscó reunir 25 000 millones de dólares para frenar la deforestación, nunca pasó de ser un fondo “parchado” con aportaciones a medias. Las áreas de conservación se redujeron, los incendios crecieron, y la Amazonia —ese pulmón del planeta— comenzó a emitir más carbono del que absorbía. Los científicos lo llaman “punto de no retorno”. Los habitantes lo llaman, simplemente, el calor que no deja dormir.


En las islas del Pacífico, la historia no fue distinta. El Fondo de Pérdidas y Daños —concebido para apoyar a las naciones más vulnerables— logró entregar unas cuantas decenas de millones, insuficientes frente a ciclones que arrasan en minutos lo que tomó generaciones construir. Los gobiernos locales enviaban propuestas, informes, llamados urgentes. El mundo respondía con comunicados diplomáticos, aplazamientos y montos que nunca alcanzaban. Las primeras evacuaciones permanentes ya ocurrieron: pueblos que ahora solo existen en fotografías.


Mientras tanto, la desinformación crecía como una ola silenciosa. A pesar de aquella Declaración sobre la Integridad de la Información Climática firmada por una docena de países, los bulos se movieron más rápido que los datos. Influencers que aseguraban que “no era para tanto”. Campañas de petróleo y gas disfrazadas de ciencia. Gobiernos que pedían paciencia, negocios que pedían tiempo, y plataformas que nunca lograron frenar la desinformación a la velocidad necesaria. La crisis se hizo más confusa, más politizada, más rentable para algunos… y más mortal para millones.


El financiamiento climático, que aspiraba a movilizar 1.3 billones de dólares según el “Baku to Belém Roadmap”, se quedó corto año tras año. Países en desarrollo recibieron apenas una fracción de lo prometido. Las sequías se volvieron crisis alimentarias. Las inundaciones, emergencias humanitarias. Migrar dejó de ser una opción y se convirtió en un destino inevitable.


En las ciudades, la gente hablaba del clima como quien habla de un familiar enfermo: cómo estará mañana, si se pondrá peor, si todavía queda algo por hacer. Las olas de calor superaban los 50 grados en verano y colapsaban redes eléctricas diseñadas para un mundo que ya no existe. La contaminación del aire se disparó. Los sistemas de salud, también.


Y sin embargo, nada de esto era inevitable.Era el resultado directo de haber pospuesto decisiones que debían tomarse ya: regular emisiones, combatir la desinformación, financiar la transición energética, proteger bosques, apoyar a quienes menos contaminaron y más perdieron.


Porque el futuro del clima no es una predicción mística: es una ecuación de acción y omisión.Y cada año sin actuar inclina más la balanza.

La pregunta en 2035 no es qué pasó, sino por qué lo dejamos pasar.



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