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¿Las redes sociales son adictivas o simplemente son el nuevo chivo expiatorio tecnológico?

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Cada generación parece tener su villano favorito. Hoy son las redes sociales. Antes fue internet. Antes la computadora. Antes la televisión. Antes la radio. Si uno revisa la hemeroteca —esa máquina del tiempo moral— encuentra titulares casi intercambiables: “los jóvenes ya no leen”, “la atención está en crisis”, “la nueva tecnología está destruyendo la convivencia”. Cambia el aparato. No cambia el miedo.



Ahora le toca a TikTok, a Instagram, a X. Se dice que son adictivas. Que nos roban horas. Que alteran el cerebro. Que convierten la validación en una moneda urgente. Y algo de eso es cierto: están diseñadas para que no salgamos. El desplazamiento infinito no es un accidente, es una arquitectura. Las notificaciones no son cortesía, son estímulos. El algoritmo no es neutral: aprende qué nos detiene y nos da más de eso. Si algo genera emoción —ira, deseo, indignación, ternura— lo prioriza. La emoción retiene. La retención monetiza.


El cerebro, por supuesto, responde. La dopamina no distingue entre una ruleta y un “me gusta”. Responde a la recompensa variable, a la promesa de algo interesante en el siguiente gesto del pulgar. Pero aquí empieza la zona gris: ¿eso es una adicción en sentido clínico o es un hábito intensificado por diseño? No todo uso compulsivo es una patología. No toda repetición es enfermedad. Sin embargo, tampoco es ingenuo pensar que millones de personas interactuando con sistemas optimizados para capturar atención no tendrá consecuencias.


Lo interesante es que este debate no nació con el wifi.


Cuando apareció la radio, hubo quien dijo que las familias dejarían de hablar. Que la imaginación se atrofiaría. Que los niños vivirían pegados al aparato. Después llegó la televisión y se convirtió en la culpable universal del embrutecimiento. El término “adicto a la tele” no suena nuevo; suena doméstico. Luego fueron las computadoras: adolescentes encerrados en cuartos oscuros, absorbidos por pantallas luminosas. Más tarde, internet: foros, chats, mundos virtuales. “Adicción a internet” fue un diagnóstico mediático antes que clínico.


Siempre hay un momento en que la novedad parece excesiva. Siempre hay un adulto convencido de que el mundo anterior era más sano, más profundo, más humano.



¿Entonces nada cambia? Sí cambia.


La diferencia hoy es la escala y la intimidad. La televisión no sabía quién eras. Las redes sí. No solo transmiten contenido; lo ajustan a tus reacciones. No esperan a que te sientes frente a ellas; viven en tu bolsillo, vibran, interrumpen, insisten. No hay horario de transmisión ni final de capítulo. El corte ya no es externo. Depende de tu autocontrol. Y el autocontrol compite contra equipos enteros dedicados a estudiar cómo retenerte.


Ahí la conversación se vuelve menos nostálgica y más estructural. No es solo una cuestión de fuerza de voluntad individual. Es una economía de la atención donde el tiempo se traduce en datos y los datos en dinero. El diseño no es inocente. Tampoco es satánico. Es funcional a un modelo de negocio.


Pero reducirlo todo a “son adictivas” también simplifica demasiado. Las redes son espacio público, escaparate, comunidad, entretenimiento, trabajo, activismo, afecto. Para algunos son escape; para otros, sustento. Demonizarlas por completo sería repetir el guion histórico: exagerar el peligro y olvidar la complejidad.


Quizá lo que realmente nos inquieta no es la tecnología en sí, sino lo que revela. Nuestra dificultad para sostener la atención. Nuestra necesidad de validación. Nuestra ansiedad por no quedar fuera. Cada notificación es una pequeña promesa de pertenencia. Y la pertenencia siempre ha sido un motor poderoso.


La radio no destruyó la conversación; la transformó. La televisión no eliminó la lectura; la desplazó en ciertos momentos. Internet no acabó con la realidad; la expandió y la confundió. Las redes sociales tampoco son el apocalipsis definitivo. Pero sí son el espejo más eficiente que hemos construido de nuestros impulsos.


Tal vez la pregunta no sea si son adictivas en abstracto. Tal vez la pregunta sea por qué funcionan tan bien con nosotros. Y qué estamos dispuestos a regular, rediseñar o aprender para que la tecnología no sea solo un anzuelo brillante, sino también una herramienta consciente.


Cada época teme perderse en su invento más reciente. Y, sin embargo, seguimos avanzando, ajustando, discutiendo. No es la primera vez que una pantalla parece demasiado poderosa. Probablemente no será la última.



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